Yo no me caí del cielo


Hace un tiempo que tengo ataques de pánico bastante seguido. Al menos una vez por semana. Termino controlándolos la mayoría de las veces, pero el proceso requiere demasiada concentración. Fui diferenciando los picos de ansiedad con esta sensación cuando empecé a notar la expresión física de la angustia. Una falta de aire y pulsaciones al palo que acompañan a una cabeza que piensa mucho más de lo debido.

A veces lo resuelvo con mi psicóloga y otras llamando a un amigo para hablarle de fútbol o comida. Sino, termino escribiendo mensajes preguntando cosas que ya sé la respuesta. Muchos deben creer que soy más inútil de lo que realmente soy.

Hace unos días, ese arma a angustia con tintes de pánico se escurrió por abajo de mi puerta y decidí probar alguno nuevo para combatirlo.

¿Viste cuando te levantás con una resaca galopante y te dicen que la única solución es una birra? Bueno, recurrí a algo similar. Le escribí al Pulso y le dije que iba para su casa, pero le agregué algo más “Quiero escuchar Los Redondos”.

Si hay algo que no hizo en mi vida Patricio Rey fue calmarme. Me excitó, me hizo reflexionar, me obligó a bailar, pero por sobre todas las cosas, me llevó de la mano a cantar. Ya no quería pensar ni analizar nada, quería recitar con ritmo y suavidad letras que sé de memoria acompañado de un amigo que también lo haga. Si él no quería hacerlo, iba a terminar cediendo, porque el canto sentido, como la risa, es contagioso.

Lo bueno de tener mucha confianza con alguien no es necesariamente poder contarle lo que te pasa, sino, a veces, todo lo contrario. Podés quedarte en silencio, o en este caso cantando, sin necesidad de saber en qué anda el otro.

Así fue que caminé, a una velocidad poco común en mi, las once cuadras hasta lo del Pulso con un termo de té. Pensé en llevar mate pero en estás situaciones me acelera más de lo común. Entre y me senté en una reposera. Puse Gulp, sin pensarlo mucho, y empecé a entonar.

Ya pasado la mitad del disco, pude empezar a cambiar mi grado de emocionalidad y a charlar un poquito de cuando escuchamos Superlógico en vivo o de la vez que nos subimos a la mesa de la casa de sus viejos a gritar ¡Yo no me caí del cielo!

Tengo que admitir que “El infierno está encantador” fue difícil de surfear, y menos me acordé, al poner play, que íbamos a terminar con “Criminal mambo”, pero el canto con los ojos cerrados recostando mi nuca en la parte superior de la espalda había hecho su efecto.

Los ataques de pánico son algo normal aunque nos cueste contarlo o explicarlo. Muchas veces está bueno expresarlo, pero también sirve, creo yo, aprender a convivir con ellos e ir quitándoles peso y misticismo. Nos pasa a muchos, con menor o mayor frecuencia. Y no siempre se desenvuelven de la misma manera.

Algo similar, sucede con los amigos. Las “no charlas” con íntimos también deberían ser más normales. Está bárbaro comentarle lo que te pasa a un ser querido pero también, la simple compañía y un canto en voz alta, algunas veces, pueden convertir un infierno desencantador y un mambo criminal en un cielo del que no te caíste.

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