Y ahora dónde lloraremos


Por Lea Sibile

Hoy se discuten muchas cosas. La necesidad de regular el teletrabajo – o Home Office si lo decimos en inglés-, el efecto de las clases por Zoom en niñes y adolescentes, la mala postura de quienes trabajamos en el sillón porque el ánimo nos queda corto para llegar al escritorio que improvisamos en la mesa del comedor. Hay mucha crisis, mucho cambio, mucha cuestión que acomodar; y donde hubo pérdida algunos ven oportunidad. Pero a mí me preocupa una ausencia que a nadie parece importarle. Un espacio tan polifacético como roñoso, tan evitado como imprescindible. El baño del laburo. 

Tuve muchos trabajos. Pasé por oficinas grandes y chicas; lindas y feas; con y sin ventanas. Fui contratada y monotributista, desgraciada y feliz; pero en todos mis espacios laborales comulgué con ese espacio confesional posmoderno que representan los cubículos del baño de cualquier oficina. En cada uno de mis trabajos pasé por momentos en los que refugiarme a llorar fue no solamente imprescindible, sino urgente. Jamás me descubrieron, y como casi todas las cosas importantes de la vida, recuerdo con claridad mi primer llanto en horario laboral. 

Era un martes o un miércoles, alguno de esos dos porque era un día sin esperanzas. Me habían pedido que hiciera un informe que consistía en copiar y pegar más de 800 fotos de Google en un documento de Word 98´. A la tercera hoja sentí que un nudo apretado se formaba en mi garganta y como, sin ningún reparo, mis ojos se empezaban a humedecer. Entré en pánico, sin entender de dónde venía ese aluvión emocional en pleno territorio enemigo.

Mis ojos se llenaban de lágrimas a paso firme y podía imaginar, como si se tratase de un dibujo animado, dos ojos grandes, a punto de rebalsar y delatarse en la forma de lágrimas que arrastran maquillaje y eventualmente desatan la tragedia del sonido. Ah, llorar en espacios públicos tiene su magia; quien lo ha hecho, lo sabe. Una imagina que es lo mismo que hacer sonar una vuvuzela en un vagón de subte en hora pico pero, en realidad, lo más probable es que nadie siquiera note el pequeño episodio de angustia existencial. Esto lo convierte en uno de los actos más solitarios.

Pero volvamos a mi primera vez. Mi escritorio era uno más de los aproximadamente 50 que ocupaban la explanada cubierta por una alfombra color gris rata. No había privacidad, la privacidad no es costo-eficiente. El único lugar en el que se nos ofrecía ese lujo, era aquel en el que era necesaria por cuestiones de buen gusto y moral pública.

Agarré el celular, me levanté de la silla y caminé lo más rápido que pude hacia el baño rezando para que alguno de los 3 cubículos estuviese libre. Empujé la pesada puerta azul apoyando el peso de todo mi cuerpo y sintiendo como la primera lágrima rebalsaba y caía por mi cachete izquierdo. Me encontré con algo mucho mejor que un cubículo libre: el baño vacío.

Sentí un alivio divino. El templo todo para mí. Elegí el cubículo más alejado de la puerta y procedí con la coreografía que repetiría cientos de veces en años venideros: bajé la tapa del inodoro, hice un rollo de papel higiénico alrededor de mi mano derecha, me senté sobre la tapa, subí las piernas y las abracé con ambos brazos. Apoyé mi cabeza sobre mis rodillas, el jean se sentía raro sobre mi cachete mojado, exhalé.  No hizo falta más nada. 

Lloré con congoja y haciendo ruido durante 7 minutos. Lloré como si alguien cercano hubiese muerto. Como si me acabaran de dar una noticia tremenda. Lloré sintiéndome cada vez más liviana y, de a poco, un cansancio raro se apoderó de mí, uno que tenía que ver más con una relajación del alma que con una cuestión del cuerpo.

En el medio de mi purga, un sonido de metal crujiendo interrumpió el desahogo y me dejó petrificada como si en vez de estar llorando estuviese cometiendo un delito. Quedé dura intentando descifrar quién había entrado y quebrando el hechizo, hasta que me di cuenta de que no hacer ruido en lo absoluto era igualmente sospechoso que hacer demasiado. Empecé a moverme un poco y corté más papel para no levantar sospechas. Es complicado fingir actividad normal en el cubículo de un baño porque cuando todo es, efectivamente, normal, la experiencia entera se trata de minimizar los sonidos. 

En un acto de lucidez apreté el botón de la cadena y sentí que con eso había convencido no solo a la intrusa sino a toda la oficina; a mi jefa, a mi compañero, al señor de seguridad. Satisfecha con mi performance, caí en cuenta de que estaba encerrada hacía 20 minutos y tenía que volver.

Junté coraje, respiré profundo y miré por última vez el espacio que me había servido de refugio. Sentí gratitud. Abrí la puerta con cautela, la intrusa estaba en el compartimento del medio. Me apuré a lavarme las manos y observé mi cara en el espejo; roja, hinchada y atravesada por surcos negros de maquillaje. La evidencia estaba por toda mi jeta, pero di por finalizado el asunto y volví a mi escritorio.

Ese ritual secreto marcó el comienzo de muchas otras jornadas de llanto silencioso y break downs emocionales en cubículos de baños. No siempre fue por temas de trabajo, no siempre fue por alguna razón. Muchas veces simplemente era momento de frenar y llorar. Lo hice en oficinas, eventos corporativos, casamientos, fiestas de cumpleaños y navidades. El comfort es instantáneo y representa para mí un pequeño acto de reivindicación de la libertad individual.

Hoy, estamos preocupados por las clases por Zoom, la mala postura por culpa del home office y los jefes que abusan del Whatsapp. Estos temas son importantes pero yo no puedo evitar sentir melancolía por ese oasis de privacidad en el medio de un lugar muchas veces hostil, que sirve de fortaleza para los que muchas veces necesitamos un recreo autogestionado, clandestino y emocional. 

Llorar en el baño de casa, si vivo sola, no es lo mismo. No representa un acto de autopreservación ni tiene el mismo significado sin el peligro de que alguien me descubra. No tiene, tampoco, el efecto sanador de poder construir un espacio seguro cuando la rutina o el ambiente asfixian; de protegernos cuando así nos lo demanda el ánimo. Trabajar desde casa nos ha robado el refugio que supimos construir y que, aunque ya no tengamos que ir físicamente al campo de batalla, seguimos necesitando por el mero hecho de procurarnos alivio entre tantas balas.

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