Volver con la frente marchita


Por Mauro Scarpati

“Alguien dijo una vez
Que yo me fui de mi barrio,

¿Cuándo? …¿pero cuándo?
¡Si siempre estoy llegando!”

En la última década me había dedicado a hacer todo lo que debía hacer, pero también lo que no. Conseguí que me dieran dos títulos, para los que invertí horas de estudio metódico en saber un poco de todo, pero no mucho de nada. Pasé jornadas interminables sobre trenes, colectivos y subtes, en dirección a factorías humanas que se enriquecían a costa de mi inocencia. Me independicé y compré muchas cosas que no necesitaba. Pero tampoco escatimé en borracheras memorables, algunos arrebatos creativos, relaciones tóxicas, leves inclinaciones autodestructivas y muchas (pero muchas) horas de introspección. No había cumplido 30 años y si bien estaba lejos de utopías como el “éxito profesional” o “vivir de lo que me apasiona”, ya sabía bastante de mis luces y mis sombras. Sobre todo, contaba con un florido repertorio de anécdotas y gestas picarescas en mi colección.

Con algo de plata fresca en el bolsillo tras un juicio que gané por un accidente con la moto, empecé a debatirme sobre mi próxima aventura. No sabía bien que quería, pero sí lo que no. También que debía ser algo que no hubiera hecho antes. Entre comentarios de peregrinos amigos y tiempos muertos, comenzó a germinar la idea. Hay quienes aseguraban que es una experiencia “que hay que vivir”, que el “crecimiento personal” que se obtiene es impagable. También que “el mundo es demasiado grande para vivir confinado en las mismas fronteras”. Otros más pragmáticos iban por el lado de que “acá es imposible vivir”. A mí a veces todo eso me sonaba medio pelotudo, pero otras sumamente convincente. En verdad, una vez que la fantasía penetra casi que no hay vuelta atrás.

¿Por qué despierto otra vez bajo este cielo conocido y no a miles de kilómetros, allí donde me espera mi nueva vida? ¿De qué estaré perdiéndome mientras hago lo que siempre hice hasta ahora? Entonces la vida se empieza a parecer a un desplazamiento vulgar de una “zona de confort” a la otra, donde todo aquello que alguna vez te hizo sentir bien y seguro, ahora solo despierta tedio y hasta cierto fastidio. Así, de a poco, como un virus que se hospedó en mi organismo y que la rumia obsesiva no hizo más que alimentar, se instaló dentro y me conquistó. Ya no tengo nada que hacer acá. Me voy.

En pocas semanas rescindí el alquiler, vendí mis modestas posesiones y envié el telegrama de renuncia. Tenía en mi poder un pasaje Buenos Aires-Madrid-Valencia-Catania. Me iba a ir Italia a tramitar mi ciudadanía por descendencia. Como no sabía si iba a querer quedarme o volver (y todavía pensaba que era una decisión ligera) me pareció un buen punto de partida. Además, no sé si por el ristretto o las películas de gánsteres siempre tuve una cierta fascinación por el Bel Paese.

Cuánto más cerca estaba de viajar el entusiasmo se acrecentaba en forma directamente proporcional a las dudas. Estas no pasaban por el dinero – algo que estúpidamente siempre creí que va y viene – ni por el miedo a lo desconocido. Más bien temía perder amistades y a la chica con la que había empezado a salir hacía pocos meses. Su aparición me tenía ardiendo. Pero la realidad es que sabía que no había otra opción. Buenos Aires, mi vida conocida y yo, ya no funcionábamos. En definitiva, hice los 10 mil kilómetros que separan estas pampas del viejo continente dejando atrás un trabajo gris, una rutina tan previsible como asfixiante y un incipiente noviazgo que – para mí – prometía mucho de verdad. Pero en su momento razoné que, si en verdad era tan rotundo, podría sobrevivir hasta que terminara mi peripecia de algunos meses, o que ella decidiera acompañarme (lo que me obligué a considerar posible).

Mi destino final era Ragusa, una pequeña ciudad siciliana de piedra caliza, más cerca de Túnez que de Roma. Según se rumoreaba en los grupos de argentinos en Italia, allí los trámites se terminaban en “tres o cuatro meses”. Al llegar, el contraste con las opulentas capitales europeas fue algo chocante. La vida en Ragusa es sencilla, también su gente. Hay casi más iglesias que habitantes, que doblan sus campanas 12 veces al día religiosamente. Hay también un breve casco histórico reconstruido luego que fuera arrasado por un terremoto, con callejuelas en vericuetos. Las primeras excursiones entre los dos hondos valles que la custodian fueron amenas. De contemplación en aquel entorno bucólico me sentía como Michael, andando a paso cansino las afueras de Corleone. Y aunque por momentos tanta paz me inquietara, al punto de extrañar el bullicio porteño, aprendí a encontrarme en calma. Empecé a familiarizarme con mis nuevas compañías; Mina y Adriano Celentano, el Nero d’Avola con aranciata San Pellegrino, el gelato de pistacchio, y el hit del verano:

È bello se mi chiami, è bello se rimani
È bello se rimandi un po’ quando stai per venire
Ha un fascino più forte tutto ciò che può finire

Mientras reí y lloré. Escribí cuando me visitó la inspiración. Tuve una luna de miel con mi chica, recorriendo la isla, que me encontró en lo más alto del romance. Por ello le agradecí a la vida mientras me sumergía en el cálido Mediterráneo de junio. Fueron quince días de gloria total. Después, el vacío absoluto.

Contra cualquier pronóstico, me ayudó conocer a un grupo de argentinos. Llegué a convencerme de qué no importa el lugar del mundo; si levantás una piedra, aparecen argentinos. Lejos de casa los prejuicios pierden fuerza. Éramos un yogui, un cantante de folklore, un rugbier, un pseudo empresario y lo que fuera que yo fuera. Pronto conformamos una cofradía de bandidos en la cuna de la mafia. Nos acompañamos hermanados en las buenas y en las no tan buenas. Especialmente cuando la burocracia italiana se empeñaba en boludearnos. Así pasaron los “tres o cuatro meses”. El burgués que habitaba en mí fue muriendo lentamente. Aprendí a ducharme con agua fría. A repetir la ropa. A comer lo que me convidaran. A dormir donde me invitaran. En resumidas cuentas, a endurecer el carácter. Varios se iban yendo: a Barcelona, Australia o Dinamarca. Otros aún esperábamos el día D. Ese en el que un funcionario público amargado que maneja tu destino a voluntad te dice: “complimenti, sei italiano”. A mí me tocó un 27 de noviembre. Habían pasado siete meses.

Con el objetivo cumplido era momento de analizar mis próximos pasos. En ese tiempo tuve oportunidad de comprobar personalmente algunas cosas obvias. Que la calidad de vida y las posibilidades en el primer mundo son infinitamente mayores. Pero también me percaté de que era visitante, y siempre lo sería. A su vez, mi bronca con Buenos Aires fue mutando en una nostalgia tanguera. Por el barrio conocido y el olor del pavimento mojado, por los festejos con amigos, por ir a la cancha, por la idiosincrasia y las no tan sanas costumbres, pero sobre todo por la historia que había dejado inconclusa. Sabía que al irme la había decepcionado y quería reivindicarme. Además, creía en nosotros con un fervor adolescente. Aún con varias señales que daban cuenta de una lógica oxidación y poco proclive a creer en los amores de película, solo podía pensar en volver con ella. Y todas aquellas razones, que me hubieran resultado completamente idiotas si alguien más me las argumentaba, me hicieron tomar la decisión. Iba a volver después de once meses.

Lo que nadie te cuenta cuando te vas es que mientras vos no estás, todo sigue su curso. El gobierno cambia de color, los amigos están más viejos y quemados por sus mambos. La paz que trajiste en la valija por el año sabático de exploración y autoconocimiento es solo tuya y para los demás es un souvenir extraño. Te convertís en turista en tu propia ciudad. Y casi lo único que se repite es la pregunta que te hacen propios y extraños: “¿Y qué planes tenés?”. No tuve ni tengo una buena respuesta, aunque siempre me las ingenié para maquillar algo. Por dentro tal vez siempre pensé que el mejor plan era no tener ninguno. Con ella fue la crónica de una muerte anunciada. Lo intentamos un tiempo prudencial. Viendo que estaba roto, hice lo imposible por juntar los pedazos y volver a pegarlos. Al final resultó lo que estaba cantado. La autopsia de lo que no pudimos, el misterio de lo que hubiera podido ser. Loco, estás mojado, ya no te quiero.

Confinado en el ostracismo de mis pensamientos, algunos me visitan a menudo. Los que culpan al destino. Los que juzgan a la suerte. Otros se ensañan conmigo. Pero mientras busco pasajes para cuando se abran las fronteras, solo uno cobra real sentido. Todo cambia, nada permanece. Y es imposible sumergirse en el mismo río.

 

Imagen por Pablo Vio

3 Commentarios

  1. Avatar
    Sara
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    Hermosa historia. Gracias, me hizo volver a tantos momentos.

  2. Boludo, estoy en Catania haciendo la ciudadanía ahora mismo. Llegué hace 6 meses, algunos llevan algunos meses mas en la espera.
    Lo que contas es foto de mi decisión: sobre todo lo de la relación.
    Gracias por anticiparme q volver no es lo que se espera, de igual manera tengo decidido quedarme acá. Qué es este destino? Amor por la aventura?

  3. Avatar
    Mauro
    Responder

    Justo leo esto es una noche desvelado por la incertidumbre de volver o no..llegue el 18 de febrero, paseamos x roma con mi chica que ya estaba aca tramitando la ciudadanía, di un par de vueltas, tome unas birras y pummm se pudrió todo. Llegó el covid para quedarse y truncar casi todo.

    Saludos desde roma y gracias. Sabias palabras.

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