Volver a ser yo


Mapache

Me convertí en una pelota de tenis. Estoy cosido a la mitad de forma ondulada y de acuerdo a como gire o quien me mire, puedo sonreír o tener cara de culo.  Una pelotita de las  viejas, gastada y amarillenta en algunos lugares, con pelusa enmarañada en otros. Una con chichones que rebota y nunca sabe para donde va a salir. Así me siento en estos tiempos.

Y al rato, muto. Paso de ser una pelota a ser un animal. Soy un mapache con dos grandes aureolas alrededor de mis ojos, que se van oscureciendo mientras atraviesan este difícil invierno. Me maquillo porque en una hora tengo zoom familiar. Es el cumple de mi hermano y no quiero que nadie se entere que soy un mapache. Me cubro los ojos con base. Los cierro y me siento que estoy por salir a escena, imagino los flashes de las cámaras, la silla del director, el catering al fondo y acción. Y los abro y ahí están los mismos actores de siempre. Mi hermano, mis papás, mi abuelo. Agregaron a mi tía al elenco. Debe ser la nueva temporada. La familia chica ya no vende, mi abuelo ya aprendió a usar el zoom y es aburrido. Pero mi tía, ella es la mapache reina. Ella no duerme, ella fuma.

El cumpleaños pasa rápido. Ya nos agotamos como familia y como especie. Mi tía tampoco es interesante, no vende, solo fuma y habla de la cuarentena. No hay nada nuevo en estos cuadraditos. Leave meeting. Puedo volver, tranquilo, a ser un mapache.

Dejo el rincón de las videollamadas y me arrastro por la casa. Ahora soy un espantapájaros que más o menos cobró vida. No estoy tan seguro de eso, pero allá voy, de la cocina al baño y del baño a la tele. No hay palomas alrededor. Debe ser el frío o que realmente soy un espantapájaros como el del Mago de Oz. Tengo una manta sobre un buzo, arriba de un pijama largo y gris y unas medias de fútbol hasta las rodillas. Tengo un nido de carancho en la cabeza, como decía mi mamá. Pero no tengo caranchos, porque los espanté a todos. Mi barba, en cambio, es un nido débil azotado por un viento fuerte, lleno de agujeros. Un pesebre triste y desarmado.

Cuando me canso de la montaña de ropa que llevo, me desnudo y llenó la bañadera. Me transformo en una de esas focas que se encallan en la orilla. Moribunda, pataleo cada tanto para demostrar que estoy vivo y luchando. Dejo pequeñas lagunas dispersas por el piso del baño como señales de vida.

Me quedo en el charco hasta que se entibia y logro pararme. Me pongo frente al espejo empañado. Paso la mano para verme. Ahora soy el mismo ser humano indefenso de siempre. Pelos, huesos, grasa y músculos. Me tocó todas las partes que alcanzo. Me peino y me lavó los dientes. Me tiro mucho desodorante y hasta un poco de perfume. Me preparo para mutar de nuevo. No sé todavía en que voy a convertirme, pero salgo del baño con el cuerpo caliente. Debo ser una pava eléctrica. Quizás es el momento de un té, pienso mientras voy hasta la cocina.

Me estiro hasta llegar a una taza y la lleno. Todavía sigo con la temperatura alta. Aprovecho para quedarme un rato más desnudo. No quiero confundirme con una pelota de tenis, ni con una mapache, o un espantapájaros, ni mucho menos una foca sin aire. Aunque sea por un rato, quiero volver a ser yo.

 

 

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