Una noche en Koh Rong: la maldición del paraíso


Son las doce y media de la noche de un martes. Suena una música electrónica africana de fondo y en la barra se asoman algunos cadáveres de ron, vodka y cerveza. Una chica de rastas hasta la cintura mezcla algún trago para que los que estamos del otro lado probemos su especialidad. Es dulzón con un dejo de sabor entre alcohólico y ácido. Una especie de piña colada alimonada y sin el toque caribeño. Las olas del mar se escuchan romper y las hojas de las palmeras susurran melodías teñidas de arena y sal. Son las doce y media de la noche de un martes en Koh Rong, un paraíso tropical en el sur de Camboya. 

Llegué acá por recomendación de mi hermano y porque sabía que el Pelado y Lucho, dos amigos que había conocido hace cuatro años en Australia, se habían puesto unos bungalows ahí. Hace mucho que no nos veíamos y me parecía buena idea aprovechar esos días en la isla para ver cómo andaban y conocer un poco de esa vida de ensueño que tanto veía en sus instagrams: arena blanca, mar turquesa, peces de colores, palmeras verdes y cocos en cada esquina.

La electrónica semi africana sigue sonando de fondo mientras les cuento un poco lo que fue de mi vida en estos últimos años: vuelta a Buenos Aires, algunos trabajos por ahí, viajes y… El Pela me interrumpe con poca delicadeza, cómo esas personas torpes que perdieron la costumbre de interactuar con humanos en mucho tiempo, y me aclara que esta música es la que está de moda en la isla, un techno-trance lleno de tambores y voces intensas que te transportan a una tribu en medio de la selva. Pero acá, aunque haya selva, estamos muy lejos de las tribus del sur de África o el Amazonas. O quizás, pensándolo mejor, mucho más cerca de lo que creía. 

Estamos en un bar que los dos compraron con otros tres amigos hace unos meses con la intención de hacer afters después de la playa, desayunos y cenas con vistas increíbles. Planeaba ser refugio de turistas de todo el mundo que llegaban a Koh Rong para vivir unos días en el paraíso. Pero un par de desperfectos en el camino, varios meses de fiestas sin parar y poca alarma para preparar los desayunos terminó de truncar el sueño. El proyecto ahora no es más que un par de tablas de madera sirviendo de barra para un bar que abre solo para amigos y una cocina de fondo que lo último que vio prepararse es ketamina en Baño María.  

La compramos en la farmacia del puerto y la armamos acá, todas las mañanas y todas las noches. Es lo único que nos ayuda a escaparnos de esta pesadilla“, me tira Lucho con una sonrisa sedativa. Si es que el “sueño del pibe”, ese de arena blanca y cero preocupaciones del otro lado del mundo, terminó siendo una maldición que los condenó hasta el día de hoy. “Llegamos los dos con 10 mil dólares y pensando que como era un paraíso podíamos hacer lo que quisiéramos, pero la isla nos ganó, nos consumió“, se resigna el Pela mientras arma un porro que lo va a dejar colocado un par de horas más. Yo miro de reojo, veo como poco a poco la escena se va transformando en una imitación trash de La Playa pero sin Di Caprio ni los campos de marihuana. 

Al lado nuestro, casi tirado en la barra, un inglés borracho de unos casi cien kilos y con anteojos de sol le habla a mi novia sobre “su música”. Dice que pocos la entienden en Koh Rong, pero que su dubstep en Manchester hace bailar a miles de personas. [La música y la droga, a todo esto, parece ser lo que más interesa en la isla. Los dos temas de conversación más explayados y a los que todos recurren a la hora de hablar con alguien.] No hace falta ver sus ojos a través de los anteojos para entender que hace varios días que no duerme. No se lo dice, pero sus balbuceos y tildadas hablan por sí solos. “Tenía pasaje para volverme a Inglaterra ayer a la tarde, pero me olvidé qué día era. Saqué otro para mañana, espero esta vez acordarme… Aunque ya ni sé qué día es”, dice el gordo agarrándose la cara y fondeando el culo de su cerveza. 

El Pela y Lucho hablan igual, mimetizados, con los mismos gestos y palabras. Como si la isla, además de consumirlos, los hubiera transformado en una sola persona. “Somos unos retardados, ¿Entendés? Nos gastamos toda la plata en vivir en el paraíso y acá estamos, no llegamos a hacer ni un check-in y le debemos plata a Booking. Esto es un infierno“, escupen los dos al unísono. No sé si reírme, llorar, prestarles unos pesos o escapar de ahí. De a poco el sueño de ponerme un barcito en la playa de Brasil pasa a ser una pesadilla. Una de esas de las que cuesta levantarse y te deja contracturado toda la semana. 

Lo intentaron, eso no se los puedo negar. Esa fantasía de levantarse todas las mañanas con la arena blanca y el mar de fondo la hicieron realidad. Pero los malos cálculos, una temporada bastante más baja de lo esperado y fiestas que duran bastante más que una noche, terminó de arruinarla. 

De la nada, como si fuera una de esas sitcoms donde los personajes aparecen porque si y sin avisar, se acerca una mole de metro noventa con rulos. Trae un vino bajo el brazo y una tonada mendocina que le enganchó al toque. Javi, un pibe de 33 años que hace más de nueve que no vuelve a Argentina y que es la segunda vez que vive en Koh Rong. Me cuenta que está bancando a un amigo que tiene una posada y que se la está cuidando. Pero al igual que la mayoría de los que están ahí, se perdió en la isla y ya no sabe cómo salir. “Vengo de trabajar tres meses en Vietnam como profesor de inglés para juntar plata. Me hice un diploma trucho que armé con photoshop, mandé un par de CV’s y enganché laburo al toque. Pero bueno, volví acá y la plata se me fue muy rápido… no sé muy bien en qué”. El vino se empieza a bajar, el porro pega varias vueltas -o fueron varios los que empezaron a circular, ya no lo sé- y el tiempo en el paraíso se va consumiendo sin avisar. 

Sin darme cuenta se hacen casi las cuatro de la mañana. El gordo ahora está pegado al parlante moviendo la cabeza con intensidad. La chica de rastas, que un poco después me enteré que es la novia de Lucho, está pegada a una botella de ron casi vacía. Hay un par de personas más desparramadas entre la cocina, la barra y la zona de la música. Varias líneas de ketamina decoran la madera del bar y la mayoría de los presentes le dan sin asco. Hay otras drogas también, todas -o casi todas- compradas en la farmacia del puerto. El dealer de la isla. El diablo, como le dicen ahí. Son las cuatro de la mañana y poco a poco me doy cuenta que si me quedo unos minutos más la isla va empezar a coquetear conmigo. No quiero darle el gusto, y mucho menos caer en sus encantos. Los veo a Lucho y el Pela bailando en trance, el mismo trance con el que esperan milagrosamente vender sus bungalows y cortar con la maldición de Koh Rong. El trance que los ayudó, hasta ahora, a sobrevivir al paraíso.

3 Commentarios

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    Nico
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    Increíble, estuve hace unos meses ahi y me encontré 100% las mismas historias, quizas cambiaban los nombres de los chicos y “el mendocino” era coterraneo de la mona jimenez. Pero vi la misma triste historia. Gente perdida y sin rumbo, padeciendo el paraiso

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    Mauricio
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    Todo paraíso tiene su infierno y la keta es un ticket de entrada.

  3. Avatar
    Marcos
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    Me parece que la nota esta orientada para que la gente que la lea se imagine lo peor, antes de escribir algo asi podrias haber preguntado o creo que lo hiciste si no me equivoco en las demas razones por las cuales los negocios no funcionaron, disculpame que te contradiga pero no es como la nota lo explica, si que hay droga por supuesto, y muchas cosas, pero en todos lados también, me parece un toque de cuarta hacer una nota solo enfocando algo y de ahí desarrollarlo sin explicar los otros factores, pero bueno, tu revista tus cosas.

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