Un pájaro negro


Por: Tomás Mendez
Ilustración: Darío Coronda


Mamá está frente al espejo delineándose los ojos. Suena el timbre. 

-¿A dónde vas?  -pregunto. 

-Llegó tu remis -me dice.

-¿Qué vas a hacer? -insisto

-Salgo -dice, parpadeando, sin sacar los ojos del espejo-. ¿Estás listo?

Mamá me acompaña hasta el auto, me abre la puerta y le da algunas indicaciones al remisero. Antes de arrancar, apoya la mano en mi ventanilla y dice algunas cosas que no llego a escuchar por el ruido del motor, pero puedo ver en sus labios que me dice “cuidate”.

El auto arranca y al rato me doy cuenta de que el remisero me está mirando por el espejo retrovisor. Veo cómo me buscan sus ojos.

– ¿Cuántos años tenés, pichón?- me pregunta.

– Doce- digo, mirando por la ventanilla.

No dice nada. Ahora yo lo miro por el espejo y lo veo encender un cigarrillo.

-En Primera Junta hay que doblar a la derecha porque Maipú es contramano- digo.

El remisero se ríe, larga humo por la nariz y me vuelve a clavar los ojos por el espejo.

-Pichón -dice- antes de que vos estuvieras en la panza de tu mamá yo ya estaba arriba de este remis.

Cuando llegamos me dice que son veinte pesos. Le digo que me espere, que ahora mi papá me pasa la plata y le pago. Toco el timbre y me quedo con la oreja pegada a la chapa del portero eléctrico. Espero, escucho un zumbido; vuelvo a tocar.

-Estás seguro de que es acá pichón -me pregunta el remisero.

Me doy vuelta pero no le digo nada. Vuelvo a tocar, esta vez por más tiempo. Escucho que gritan mi nombre. Miro para arriba. La luz del reflector de la entrada no me deja ver, entonces uso mi mano de visera y lo veo a papá medio cuerpo afuera, buscándome.

-Son 20 pesos pá.

Me dice que ahí va, que aguante. A los pocos segundos vuelve a asomarse y me tira unas llaves envueltas en el billete rojo de veinte. Intento atajarlas pero me golpean en la mano y caen al suelo. Estiro el billete y le pago al remisero. Hay tres llaves en el llavero. Trato con una, con otra y con la tercera consigo entrar.

Subo los dos pisos por las escaleras, no hay ascensor en su edificio. Papá me espera en la puerta. Tiene una camisa arremangada con tres botones desabrochados y una malla escocesa. Está descalzo. No tiene ni un pelo ni en el pecho ni en las piernas; es lampiño como yo. Tiene un vaso en la mano y al verme aparecer por las escaleras sonríe. Me dice que me apure, que acaba de llegar la comida. Me dice “chango” y a mí me parece raro, como si fuera de otro país,  pero me gusta.

Voy a la cocina. Papá está encorvado sobre la mesada manipulando una milanesa que parece una alfombra bañada en tomate y queso. Levanta una cuchara y, desafiante, me dice:

-Mirá, esta milanesa se corta así -y con la cuchara empieza a cortarla y a mí mucho no me sorprende porque ya había visto a los mozos de La Farola hacer lo mismo, pero igual sonrío. Me dice que ponga la mesa, que ya estamos, mientras pone con la mano papas fritas en cada plato. Agarro un vaso para mí (él ya tiene el suyo), los cubiertos, la mayonesa y la Coca la dejo en el freezer hasta el último momento. Me siento y aparece papá con un plato en cada mano y el rollo de cocina debajo de una axila.

-Para limpiarse los garfios -dice- que esto va a estar duro de voltear.

Me pregunto por qué compara la comida con una pelea. Deja los platos, el rollo y vuelve a la cocina. Escucho el tapón de la botella, a los hielos chocando entre sí al caer en el vaso y el sonido que hacen cuando los moja el whisky. Le digo que traiga la Coca que está en el freezer. La trae, se sienta y me sirve; pero me sirve tanto y tan de golpe que la espuma rebalsa. Mete un dedo de lleno en mi vaso para frenar el derrame y pienso que es el mismo dedo que segundos atrás se hundía en el whisky para girar los hielos. Consigue parar la espuma y, canchero, se chupa el dedo antes de mirar el plato, relamerse y empezar a comer.

Papá mastica. No suelta los cubiertos. Mete un bocado sin tragar el anterior. Se le inflan los cachetes y larga mucho aire por la nariz. Puedo ver en su frente que está transpirado; frena para tomar un trago y me mira por sobre el filo del vaso. Sonríe. Me doy cuenta que es la primera vez que estamos solos, que no está mi hermano ni nadie, que solo somos él y yo; y también que no sabría qué contestar si me preguntaran de qué trabaja o cuántos años tiene.

Terminamos de comer y papá me hace saber que queda media milanesa todavía en la cocina por si quiero repetir. Me quedan papas en el plato pero apenas puedo tomar Coca. Suena un disco de música brasilera.

-“Ao vivo” -dice papá, con acento portugués. Termina la canción y se escuchan los aplausos de un Maracaná enloquecido.

-Cien mil cristianos entran ahí -me dice, apuntando al grabador como si ahí adentro estuviese el mismísimo Maracaná-.  El doble que en la cancha de River- dice, y sigue apuntando al grabador con los dedos que sostienen un pucho apagado. Yo, no sé por qué, en vez de mirarlo a él miro el grabador.

Me habla de la vez que estuvo ahí adentro, lo describe como algo colosal. Después empieza a hablar de algunas viejas aventuras en Río de Janeiro y parece que va a prender el cigarrillo pero, como si le hubiera caído encima una revelación, me dice:

-¿Lo tenés al Gordo Amaral?

Me quedo pensando, aunque no tengo ni la menor idea de quién es.

-Con el Gordo íbamos por Río como dos piojos resucitados- dice.

Ahora sí, lo miro a él, que se cruzó de brazos y se puso una mano en la pera, como pensando. Sigue:

-Con el Gordo nos sentábamos en todos los restoranes y cuando nos traían la carta muy pitucos pedíamos una panera. La comíamos a las chapas y salíamos rajando. Así íbamos con el Gordo por Río, sin un mango.

Papá se apoya el cigarro entre los labios; antes de prenderlo hace una pausa y, mirando al grabador como si ahí adentro estuviera el Gordo Amaral y aquel Río de su juventud, se ríe, pero no parece contento.

 Levanto los platos y los llevo a la cocina. Veo la botella verde con etiqueta negra. Escucho a papá encender el cigarro. Lavo los platos pero al vaso solo lo enjuago. Papá cambia el disco: pone Serrat. Odio a Serrat, pienso. Odio su voz quejosa, como de gangoso. Me acerco a la botella y leo la etiqueta: Vat 69. Sirvo un culito en el vaso enjuagado y apoyo la nariz en el filo del vaso; el olor me pasa rápido por la nariz y se me queda en la frente. Me cuesta soportarlo; me hace doler la cabeza. Pienso en la venita azul que se le infla a papá en la frente. La misma vena que engorda las pocas veces que lo vi enojado. Abandono la idea de tomar y tiro el culito a la pileta. Vuelvo a enjuagar el vaso y vuelvo a escuchar la voz llorona de Serrat. Hay algo en la voz de ese tipo que me llena de tristeza, pienso, y es tan pesado lo que me genera que no lo puedo soportar, me pesa en la panza. Salgo de la cocina ya decidido a pedirle que cambie la música. Le iba a decir que es un bajón que un viernes a la noche estemos escuchando a este viejo maraca. Le iba a pedir que ponga uno de Pink Floyd o uno de Hendrix. Y yo iba a esperar a que él arranque a decirme qué edad tenía cuando salió tal disco o qué cosas hacía antes de conocer a mamá. Lo iba a hacer, se lo iba a pedir, pero cuando vio que me acercaba con el ceño fruncido levantó un dedo, se lo llevó a la oreja y cerró los ojos. Entiendo que me debo callar y lo hago.

Está disfrutando de la canción, es obvio. Está disfrutando mucho de la canción, como disfruta del whisky o del cigarrillo. Todo su cuerpo, hundido en ese sillón, parece estar muy lejos de mí.  Parece un monje meditando. O un tiburón que soñando se desplaza. Pienso que lo más triste de todo es aburrirse. Miro a papá en el sillón cantando, fumando, tomando y haciendo todo tan despacio, todo tan a su tiempo, que ya no siento tristeza sino envidia. Envidio a mi papá.

Me mira; parece que se da cuenta de que él es el único que la está pasando bien. Se sienta derecho.

– Che- me dice.

– Qué -le digo, sacándome la mugre que tengo entre las uñas.

– ¿Tenés novia?

Digo que no sin levantar la cabeza. Aunque no lo vea sé que me está mirando.

– ¿Cómo anda tu vieja?

– Bien –digo.

Da una larga pitada y tira el humo en forma de círculos. Trato de meter el dedo en uno que me pasa cerca. Vuelve a recostarse.

– ¿Fumás? -me pregunta.

Digo que no con la cabeza aunque, hace unos días, había ido a fumar a escondidas a la salida del colegio. Fui con un amigo a una plaza con otra remera en la mochila, una de mi hermano, para no impregnar de olor a cigarro la chomba del colegio. Si mamá se enteraba, yo sabía muy bien, no solo se enojaría muchísimo sino que también le dolería como un puñal en el alma. Los vicios de papá, siempre lo dijo, habían terminado de arruinar su matrimonio y, verlos en mí, tan joven, sería para ella algo tan insoportable como ver al pasado repetirse.

Papá apaga el cigarrillo en el cenicero con dos puntazos cortos que no llegan a apagarlo del todo. Un hilo de humo crece desde el cenicero. Parece resignado y ahora sí le digo que cambie la música, que es un embole este gallego. Se para y se despereza; no parece prestarme atención. Le veo el ombligo debajo de la camisa y ahí sí que tiene pelos. Menea la cabeza y me dice que ponga lo que quiera, pero que los guarde en la cajita que corresponde. Se va a la cocina y desde ahí me grita:

-No se te ocurra poner Fito Páez, no lo soporto.

Me agacho e inclino la cabeza todo lo que puedo para leer el lomo de cada disco. Me cuesta decidir. Siento la necesidad de elegir uno rápido, antes de que vuelva papá. Elijo el álbum blanco de los Beatles. Escuché a papá decirle a Santiago, mi hermano mayor, que es el mejor que hicieron, mientras Santiago decía que para él el mejor era Abbey Road. A Santiago también le gusta la música moderna, como Radiohead o Blur, y papá siempre le dice lo mismo cuando discuten sobre música: que son putos y faloperos como todos los músicos de ahora. Él contesta que Freddy Mercury era puto y falopero y sin embargo era un fenómeno. Ahí papá cierra los ojos, se muerde el labio de abajo y mueve la mano como si se le aflojara la muñeca y le dice: pero el trolo ese era bueno enserio. Y fin de la discusión.

Arrodillado meto el disco y le doy play. Escucho cómo empieza a girar en el equipo y luego escucho la batería de Ringo, que para papá era tan bueno como demás. Lo defiende mientras que Santiago dice que cualquiera hubiera podido ocupar su lugar, que los genios eran los otros tres.

Vuelve tarareando la canción, “Back to the USSR”, golpea el aire con el dedo y me dice que escuche la batería, que preste atención. Se sienta con delicadeza, tratando de no volcar su vaso que está hasta el tope de hielos y whisky. Ya sentado, apoya el labio de arriba en el filo del vaso y da un trago chiquito antes de apoyarlo en la mesa ratona que nos separa.

– Este es el mejor disco que hicieron- me dice con dificultad, con un puño en la boca.

Tose dos, tres veces. Cuando finalmente termina de toser le digo que para mí el mejor es Sargent Peppers. Lo digo porque alguna vez escuché a Santi decir que ese disco fue el más “transgresor”. Papá me dice que esa fue la época en la que empezaron a falopearse y que el ácido les terminó de arruinar la cabeza y que por eso se separaron. No digo nada. Imagino a Santiago rompiéndose la remera, con los ojos incendiados por la bronca que le hubiese causado ese comentario, y solo me río.

Papá se recuesta. Una mano en la nuca, la otra firme en el vaso. Lo veo tomar un trago con los ojos cerrados. La nuez patinando en su garganta. Veo cómo se marcan las arrugas de sus ojos cuando traga y cómo suelta la mandíbula al exhalar. Empieza “While my guitar gently weeps” y, al escuchar los primeros acordes del piano, se inclina para dejar el vaso en la mesa y luego cruza los dedos arriba de la panza, hundiendo todo su cuerpo en el sillón. Con la nariz hace la melodía de la canción y apenas se balancea.

Voy a la cocina a buscar un vaso de Coca. En la mesada sigue la botella verde, ahora está destapada y el líquido por debajo de la etiqueta. En la pileta está la hielera con algunos hielos aguachentos y en la mesada la caja de cartón de La Farola, blanda por el calor de la milanesa. Sirvo Coca en un vaso y le pongo todos los hielos que quedan. Pienso que si mezclo el whisky con la Coca y los hielos quizás sea más fácil tomar. Agarro la botella y la huelo poniendo la nariz en el pico. Vuelco un poco en el vaso, lo revuelvo con el dedo y luego me lo chupo: un whiscola, pienso.

Vuelvo al living y veo a papá que respira como un oso congestionado. Tiene una mano arriba de la panza y la otra le cuelga a un costado. Pienso en decirle que vaya a la cama, que va a estar más cómodo ahí, pero me quedo mirando, mojándome los labios con mi trago. El disco está terminando, lo sé porque suena “Black bird”. Un pájaro negro canta en la muerte de la noche. No puedo evitar traducir en mi cabeza el comienzo de la canción, ni puedo evitar mirar a mi papá dormido en el sofá. No puedo tampoco sentir bronca o algo malo hacia él. Me acerco a su cara: respira con dificultad y su aliento es asqueroso. Pienso en la cara de mamá. De repente papá hace unos ruidos raros con la boca y la nariz y luego parece respirar mejor, parece estar más dormido todavía.

La melodía es tan dulce como una canción de cuna. Siento miedo de que se despierte; me agacho despacio y aprieto el botón de stop. Silencio. Desde la calle se escucha el maullido feroz de una gata en celo. Tomo su mano y la pongo sobre la otra, arriba de la panza. Lo miro así: ¿cuántos años tiene?, me pregunto.  Agarro la caja de Marlboro, el encendedor y voy a la cocina. Abro la puerta del lavadero y me siento en el piso, en el lugar donde debería estar el lavarropas. Un pájaro negro canta en la muerte la noche, digo en voz alta, levantando el vaso como si brindara con un fantasma y tomo un trago a garganta abierta. Me da una arcada que casi me hace vomitar, escupo  y tiro el trago por la rejilla. Voy a fumar un cigarro, pienso. Pero antes me voy a sacar la remera.

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    Luján
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