Tu misterioso alguien 


Tu misterioso alguien

Cuando mi primer novio me dejó, escuché en loop la canción de Miranda “Misterioso Alguien” con tanta intensidad que, 10 años después, es el tema que empiezo a cantar por default cuando estoy distraída, me estoy duchando o estoy muy aburrida en el trabajo. Me llega desde el más allá, como si hubiésemos establecido algún tipo de conexión transpersonal a fuerza de lágrimas y repetición; Ale Sergi, Juliana Gattas y yo.

¿Quién es tu seductor?

¿Tu rey y tu peón?

¿Quien ocupó el lugar que siempre ocupé yo?

Tu misterioso alguien

Me robó

Sentada en un escritorio-cubículo, de lo más pedorro que podía encontrarse en Microcentro, repetía una y otra vez las estrofas que me hacían sentir estafada y me aseguraban que alguien me había arrancado de las manos algo que me pertenecía. 

Lloré mientras escribía gacetillas de prensa que nadie nunca leería. Lloré en el subte, lloré en mi cuarto, lloré en el baño de la oficina. Lloré en todos los lugares en los que se puede llorar. Sentí que el mundo se me había venido abajo y que nunca pero nunca más iba a volver a enamorarme. Tenía 22 años. 

Con los meses todo cambió. Me enteré gracias a Facebook que mi galán me había metido los cuernos y que la aventura derivó en amor. Entendí que nadie me había robado nada, que la vida seguía y que, tarde o temprano, iba a superar el infortunio. Tuve que dejar de escuchar la canción por un rato, porque me devolvía a un estado emocional de alteración que no me hacía bien; pero excepto por la censura musical, mi vida retomó su curso normal y solo lloraba en horario laboral ocasionalmente, cuando el hartazgo cotidiano lo ameritaba.

Nunca más volví a hablar con él después de mandarle el último mensaje: un insulto escrito en mayúsculas rematado con un emoji. 

Al tiempo se mudó a otro país con su nueva novia. Me enteré porque alguien me contó, ya todos saben que el primer paso para olvidar es eliminar a la persona de todas las redes sociales habidas y por haber. Sin bloqueo no hay olvido, amigue. Yo también me fui del país por un rato y empecé a descubrir que, tal vez, lo que me había pasado era lo mejor que me podía pasar.

Volver a pararse después de que una relación se termina es doloroso, eso lo sabemos todes. Volver a sentir atracción es difícil, volver a coger parece imposible, volver a construir un proyecto en común te genera pánico. Por lo menos así fue para mí. A tal nivel cuesta imaginar esa reconstrucción que, por lo general, si algo de todo lo anterior efectivamente ocurre es casi de casualidad…o al menos esa es la historia que nos contamos.

Todo lo que tenía que volver a suceder, sucedió. Los años pasaron y el drama vivido me parecía una película. Conté la historia miles de veces, tal vez más de las que me gusta admitir: desde el dolor, desde el resentimiento, desde la reflexión, desde la risa. Las etapas del duelo, los cinco pasos para volver a ser feliz, llamalo como quieras; pero repetí la misma anécdota en una veintena de países, a personas diferentes y bajo la luz de una emoción que evolucionó con el tiempo. Pensé que no iba a verlo nunca más, e hice de nuestra historia una anécdota de sobremesa. 

Pero ya sabemos como funcionan estas cosas. 

Hacían treinta grados de sensación térmica en Buenos Aires, y Cabildo y Juramento tenía la mayor densidad de volanteros de todo el continente americano. Avanzar entre la gente era una tarea que requería una falta total de escrúpulos y la habilidad de empujar sin empujar, esa forma de correr cuerpos que no llega a ser violenta pero es definitivamente inapropiado. 

Tenía puestas unas sandalias baratas que estaban destruyéndome los pies y avanzaba todo lo lento que se puede avanzar en esa intersección infernal popularmente bautizada ‘Jurabildo’. Levanté la cabeza para ver qué tanto tendría que soportar el embotellamiento, como un Waze analógico, y entonces te vi, después de 10 años de no verte.

Sucedió lo que tantas veces había temido, estabas agarrado de la mano con una piba. Tuve la sensación de estar haciendo algo malo, de estar espiándote, me dio pánico que me descubrieras. Diez años atrás, había pasado meses de mi vida diseñando cómo sería el diálogo si nos volviéramos a ver. Cada vez terminaba de una manera distinta, nunca era un final feliz.

El gentío me pareció de repente una bendición. Te examiné, te miré interactuar con la chica que agarrabas de la mano. Me acordé de la primera vez que estuvimos juntos en tu cama y te pedí que bajaras las persianas. Me acordé de lo que me dijiste cuando tuvimos un accidente y tuvimos que correr a la farmacia a comprar una pastilla. Me acordé de la promesa que te hice el día después de tu cumpleaños.

Pensé que verte iba a darme cringe. Pensé que iba a retroceder diez años y volverme loca, tal vez enojarme, tener algo para decir. Me acerqué hasta donde estabas. Tardaste varios segundos en darte cuenta de quién era yo. 

Estabas contento de verme, me abrazaste y me presentaste a tu novia. Preguntamos por nuestras familias, resumimos algunos acontecimientos de mediana importancia. Sonreímos y hasta hicimos algún chiste que logró risas sincronizadas. Nos despedimos y seguí camino para mi casa. Contrario a todo pronóstico, había sido fácil: vos ya no eras vos y yo ya no era yo. Los dos habíamos vivido lo que teníamos que vivir para estar bien.

Mientras volvía a casa pensé en el último mensaje que te mandé hace 10 años cuando sentía que la vida se terminaba, el de la puteada en mayúscula, me reí. Del drama musicalizado a un encuentro sin glamour ni sobresaltos en la intersección más transitada, volanteada y épica del barrio de Belgrano, casi casi como una canción de M!randa.

 

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