Treinta Oktubres


Hoy, 18 de octubre de 2016, se cumplen treinta años de la primera de las presentaciones del disco Oktubre en vivo. Yo no había nacido, y recién lo hice casi un año después de aquel recital.

Cuando escuché por primera vez el disco, el mundo ya había cambiado. Del muro solo quedaban las ruinas y la revolución le había dado paso al capitalismo más feroz que dominaba gran parte del planeta. En los mundiales de fútbol había solo una Alemania, y un montón de países que parece que antes no existían. En Argentina la democracia ya se había consolidado hace rato pero igual alguna que otra bomba seguía manchando todo.

Yo era chico, claro, y mucha cuenta no me daba de lo que pasaba ni de lo que presagiaban algunas de las letras frenéticas de ese disco tan oscuro como sincero. Palabras como “estandarte”, “semen”, “soviéticas” o “fuhrer” sonaban dulces en mi pequeña boca, y hasta me hacía reír aquello de que ya nadie iba a escuchar mi remera. Cómo si ella pudiera hablar, pensaba. Mi remera de Bugs Bunny.

El disco era un interminable catálogo de cosas inentendibles para un chico de apenas diez años, pero yo lo disfrutaba muchísimo. No entendía el capitalismo incipiente que se pregonaba, ni el fin de una revolución ideológica, ni mucho menos de la paranoia que produce la cocaína.

Para mí, uno podía rascar la alfombra por amor solo por una madre, o por el superhéroe favorito. Para mí, Jijiji, no era más que una risa pícara de alguien que sabía que se estaba mandando una cagada. Para mí, hacerle el amor a un drácula con tacones era una imagen surrealista y devastadora, y la idea de un motorpsico era algo que hasta el día de hoy me sigue resultando misterioso.

Así fue con todas las letras, y con todos esos ritmos oscuros y reveladores. De a poco se fueron metiendo en mi piel y en mi memoria, y ayudaron a hacer de mí lo que soy hoy en día. No importaba si las canciones estaban fuera de mi alcance. Lo que realmente importaba era lo que me pasaba con ellas, lo que sentía y lo que aún siento cuando las escucho. Porque la canción, o el disco, entendido como obra de arte, es un regalo del artista para nosotros, y cada cual lo disfruta como quiere.

Es por eso, que desde Wacho queríamos dedicarle este pequeño homenaje a uno de los discos que cambió para siempre la historia de nuestro rock.

Siempre se regresa a Oktubre!

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