Tengo el pito chico


Por Juanse Jones

Tengo el pito chico. En realidad, según Google el tamaño de mi pito es de la media, pero desde los trece años esa etiqueta me acompaña. 

No sé cómo surgió. No tengo recuerdos de alguien burlándose de mí o diciéndome algo al respecto. Pero hubo un día en el que el tamaño de mi pito me empezó a importar y sobre todo, a dar vergüenza. 

Muchas veces, antes de bañarme, me encerraba en el baño, me subía al inodoro y contemplaba su reflejo en el espejo. Pensaba que así como me habían crecido pelos, también él podía crecer.

Incluso, de noche, cuando rezaba, colaba ese pedido entre el resto de mis intenciones. 

En mi colegio era obligatorio hacer natación, por eso cada vez que me cambiaba en el vestuario usaba un sinfín de tácticas para que nadie lo pudiera notar: me sacaba el calzoncillo con la remera puesta y dejaba que lo tapara; extendía conversaciones para que todos se cambiaran antes que yo; o llegaba con la maya puesta abajo del pantalón. 

Crecí evitando un montón de situaciones en las que mi pito pudiera quedar expuesto. Por ejemplo, cada vez que meaba en un baño público me pegaba al mingitorio para que ningún curioso pudiera verlo.

Hubo una vez en la que mi mayor miedo se materializó. Tenía 17 años, fue en el cumpleaños de uno de mis mejores amigos. 

Yo estaba parado enfrente de una gran ronda contando una anécdota graciosa que mantenía a toda la audiencia pendiente de mi relato. Sin darme cuenta, otro amigo, que siempre se caracterizó por hacer lo que no hay que hacer, me bajó los pantalones. 

Todas las miradas pasaron de mi cara hacia abajo. Treinta ojos viendo lo que siempre quise ocultar. 

Aunque no recibí ningún comentario más que risas, esa noche no dormí. Me imaginaba a todos mis amigos llamándome a mis espaldas maní.

Hace poco les recordé esta escena y ninguno la registraba. Fue un trauma que solo tuvo lugar en mi cabeza. 

Obviamente, este miedo también hizo que tardara en animarme a coger.

Las primeras veces intentaba que siempre estuviera parado, para que por lo menos fuera visto en su máximo tamaño. Antes de que volviera a su estado normal, me ponía un calzoncillo.

A medida que empecé a tener más experiencia me di cuenta que mi pito era uno más. 

De a poco empecé a conocer la variedad de pitos que existen y a desmitificar la idea de que un tamaño potente es sinónimo de algo bueno. 

Creo que hay tanta variedad de pitos como razas de perros. Y no hay ninguno que de por sí asegure placer sexual.

Los conocí del tamaño de la falange de mi dedo anular; también curvos apuntando en diagonal para arriba; con prepucios que no se corren; otros finitos como un palito de la selva; y algunos gruesos como una lata de cerveza.

En el circo de la variedad también entendí la cantidad de inseguridades que existen alrededor del pito. Los que sufren porque es grande, acaban rápido, muy poco, tienen lunares, pelos gruesos o cicatrices difíciles de ocultar. 

Chicos copados, graciosos e inteligentes, que cuando llegaba la hora de desnudarse sentían vergüenza como yo, pero por motivos totalmente distintos al mío. 

Ahí empecé a darme cuenta de la estupidez de pensar que hay una forma ideal. ¿Ideal para qué?

Es hora de que dejemos de tenerle miedo al cuerpo. Un pito es un pito y no es nada más.

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