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Hannah Gadsby

En mayo de este año Hannah Gadsby sacó su segundo especial de Netflix, “Douglas”, en plena pandemia mundial. El lanzamiento me recordó que su primer especial, “Nanette”, había quedado anotado en el bloc de notas de mi teléfono como un pendiente más que jamás vería la luz. Me pareció que si Hannah había tenido pilas para crear otro stand up entero de casi 2 horas, yo podía encontrar la fuerza de voluntad para ver el primero, que me recomendaron infinitas veces y tuvo mucha repercusión. Así fue que el domingo pasado me di de frente con una obra maestra que les recomiendo ver si todavía no lo hicieron, y de la que comparto algunas reflexiones a continuación (¡no hay spoiler!).

 Pensé que me iba a encontrar con un monólogo de corte feminista, con definiciones acertadas, chistes afilados y perspectivas de esas que te dejan pensando; nada mal. Pensé que iba a ver algo un poco polémico y un poco cliché, que me iba a hacer reír pero también a confirmar que está bien que me enoje lo que me enoja. Pero resulta que me encontré con algo que no me encuentro casi nunca: algo inesperado.

Durante el monólogo, Gadsby se despoja de la comedia para sumergirse en una reflexión de una profundidad que solo puede alcanzarse con experiencia. “Debo dejar la comedia”, declara temprano en el monólogo, y al principio no se entiende si está jugando o si solo quiere provocar. De a poco, y manejando la tensión como solo alguien que fue muchas personas puede, va revelando que en esa declaración hay solo verdad, y la desglosa para que los que estamos atrás la alcancemos.

Una de las frases que más resonó conmigo fue: “Uno aprende según la parte de la historia  en la que se focaliza”, y en este caso hacía referencia a la historia propia. Para hacer comedia, uno tuerce, se sale, se mira, se ríe de sí mismo y de los demás, se lleva a un extremo. Y claro que hay terapia en ese proceso, pero mantenido en el tiempo y restringido a las estructuras del Standup – regla de tres, pregunta y punchline- queda sometido a una versión acotada, deformada y tal vez cruel de uno mismo. ¿Hacer reír a expensas de qué?¿Cuándo la comedia es introspección y cuándo autodestrucción? Es algo que, en lo personal, me he cuestionado muchas veces.

Hannah vuelve además sobre un tema recurrente en la trayectoria de varios artistas de diferentes ámbitos, el de la imposición externa a escribir, monologar o pintar sobre ciertos temas, solo porque se forma parte de una determinada comunidad (argentina, LGTBQI, etc). Cuenta en este monólogo la historia de que criticaron su último show por “no tener suficiente contenido lésbico”, como si eso fuese obligatorio o como si ser lesbiana la condenase a hacer eternos chistes sobre su sexualidad. De esta imposición absurda se quejaron varios, Borges incluido, porque a los artistas no les gusta encasillarse ni que se espere de ellos una fidelidad que cercene su vuelo. 

No quiero arruinarles el especial de Netflix con spoilers, solo agregaré Hannah me dejó pensando y me conmovió. Su conclusión, la de que ha llegado el momento de cambiar, de moverse a espacios con  nuevas libertades estilísticas, de buscar formatos que le permitan la honestidad que ahora necesita, me hizo pensar sobre mi propia historia y mi manera de compartirla. ¿Cuántas veces somos crueles con nosotros mismos para hacer reír? ¿Cuántas veces nos tiramos abajo para quitarle importancia a algo si nos preguntan en público? Y, más importante todavía, ¿Qué partes de nuestra historia dejamos en la sombra para que nuestro personaje sea agradable, libere tensiones ajenas, caiga bien? 

Me gusta ver artistas que puedan trascender géneros, estilos y técnicas; y ver que los recorridos largos no se solidifican sino que ganan en liquidez y elasticidad. Agradezco las personas valientes que cuentan las cosas como las sintieron, que desde la primera persona salen al rescate de personas que jamás conocerán, aliviándolas con una historia parecida a la suya, terrible o feliz. Si me la cruzara por la calle le daría un abrazo fuerte y le daría las gracias por ser valiente, por ser clara y por prestarnos palabras para pensarnos mejor.  

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