Tarde en el skate park


Por Clementina

¡Mirá, señora!

Cleta, corrijo, recordando que cuando yo tenía su edad, las personas de 30 años también me parecían señores y señoras.

Totin se tira desde la rampa con toda; luego sube, se desliza e intenta un grind. No le sale del todo y la tabla da un golpe seco contra el piso; pero es muchísimo más de lo que puedo hacer yo y no deja de intentarlo.

Ellos son cuatro: dos hermanos, un primo y un amigo. Tienen entre 9 y 12 años y, aunque no lo sé con certeza, asumo que viven en La Cava: por lo que dicen, por dónde señalan cuando hablan de su casa, por las referencias sutiles.

Sentados en el cemento luego del finde largo, como si ninguno de los que estamos ahí se hubiera dado por aludido de que los feriados no son eternos, les pregunto hace cuánto hacen skate y por qué. Totin me cuenta que hace dos años, porque le divierte; Manu, el más chico, responde que no hace mucho, que le da miedo caerse, que solo a veces. Leo me cuenta que para él es un deporte y que nunca viene solo, porque tiene una enfermedad en el cuerpo.

“¿Cuál?”

“Convulsiones. Mi mamá se asusta, no quiere que ande solo por si me agarra y ahí quién me ayuda. Esta semana tenía turno en el hospital, pero por lo de Fernández no sabíamos si ir o no”.

“¿Por las restricciones?”, me dice que sí y me confirma que no fue. Otro caso, pienso yo, del lado B de las restricciones que supuestamente nos cuidan.

Preguntan mi nombre y respondo, como anticipándome, que es un nombre raro. Luego ofrezco apodos, a ver si se las hago más fácil. “Cleta es como le decimos a la bici”, ríen. Me preguntan si tengo bici y si sé manejar moto. Me cuentan de un conocido, menor que ellos, que sabe.

“¿La moto de quién es?”

“Es del papá, y también tiene un auto, uno gris”.

El skate park de Tomkinson les gusta principalmente por dos razones: “nos queda cerca y la poli ya nos conoce, así que podemos quedarnos hasta tarde sin que nadie nos saque, no como en el de San Fer, que ahí sí nos echan”.

Les pregunto por la escuela como si les preguntara por el clima. Parece que sí, que les mandan hojas y que ellos las completan. Yo por cada comentario anoto una palabra clave con birome en la palma de mi mano, pronto empiezo a garabatearme los dedos.

“¿Qué anotás?”

“Ideas”.

Yo escribo y ellos hablan: de la peluquería donde se tiñeron, justo frente al park, de las veces que se probaron en San Lorenzo, de los sueños de sus padres. Totin pregunta si me gusta la música de levante, a lo que respondo que prefiero el rap.

“¿Rapeas?”

“Sí, por diversión”.

“Te tiro una letra, M”.

Entonces invento unas rimas y Totin aplaude al final. Lo invito a probar, pero le da vergüenza. Detrás nuestro, Benja corre y se mueve como bailando capoeira. “Le gusta perseguir las sombras”. Me habla del perro que, efectivamente, salta encima de su sombra como loco, como saltamos todos nosotros, pienso, detrás de aquello que nunca puede realmente atraparse.

Piden prestados el skate, la bici, un poco de agua; piden, aunque sin decirlo, compañía, enseñanzas sobre trucos y la promesa de volver a vernos pronto.

Ese día vuelvo, veo caca de perro en la puerta de mi casa y, pese a que es de las pocas cosas en la vida que me da asco, la levanto con una bolsa. Luego me lavo frenéticamente las manos, producto del rechazo. Abro una birra, bendigo mi casa en silencio recordando que no hay que dar nada por sentado, y me dispongo a transcribir las notas que, para mi triste sorpresa, se han borroneado.

Sin comentarios

Dejar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *