Soy gordo por amor


No desayuno nunca. Hoy no paso de unos mates y cuando iba a la facultad a la mañana a veces me tomaba un café, pero solo si no había dormido mucho o si había ido a algún fiestita la noche anterior. No tengo hambre cuando me despierto y aunque sé que no es lo ideal, casi siempre esquivo la primera comida del día. A pesar de esto, hubo un momento en el que desayunar era lo más importante en mi vida y no por hambriento o goloso, sino por otra razón.

Antes de contarles la causa por la cual tomar el desayuno de forma excesiva me inició en mi sobrepeso tengo que explicarles una cosa. Mi vieja es chilena y mi papá es argentino. Del lado de mi viejo no tengo tíos ni primos, pero del lado de mi mamá hay una familia más extensa.

En las vacaciones, durante los primeros dieciocho años de mi vida, iba a un campo que tenían mis abuelos en el centro oeste del país trasandino. Hoy sigo yendo pero mucho menos que antes. En su momento concurríamos alrededor de quince personas juntas, un poco más o un poco menos y compartíamos almuerzos, cenas y sobremesas todos juntos. Pero había un momento del día en el que yo aprovechaba para tener un cara a cara más íntimo con varios de ellos: el desayuno.

No todos se despertaban a la misma hora y yo era el segundo en levantarme a eso de las siete y media de la mañana. Siempre me costó conciliar el sueño, pero en ese lugar que lo siento como mi  verdadero hogar, no importaba cuanto durmiese, me levantaba por placer y de un salto.

Cuando me sentaba en la mesa de la cocina mi tía ya estaba instalada ahí y desayunaba conmigo por segunda vez aclarándome: “Cuando venís vos siempre subo unos kilitos, levantante un poco más tarde que si no me hacés comer dos veces”. Lo que ella no se imaginaba es que esa era la primera de las seis o siete veces más que yo iba ingerir alimento hasta las once de la mañana.

Después de comer unos panes recién sacados del horno con mermelada casera de damasco o frambuesa, se levantaban los más pequeños y era hora del cereal con yogurt para acompañarlos y ver qué cosas tenían para contarme. Al verlos una vez al año quería aprovechar para charlar con ellos lo más posible y que no se olviden de mí durante los 365 días que nos separaban para volver a vernos.

A eso de las nueve llegaba el turno de mi abuela, esta vez no era en la cocina sino sentado en el piso al lado de su cama y comiendo chocolates que ella escondía para nuestras charlas matutinas. Estas eran las conversaciones más largas e intensas, desde distintas anécdotas de mis tíos y mi vieja, hasta quejas sobre el matrimonio con mi abuelo. No entendía mucho porque me contaba a mí sus enojos con su marido, pero la verdad que me hacía reír hasta quedar doblado en la alfombra.

Luego me pasaba al cuarto de mi abuelo para escuchar la radio con él mientras me clavaba otra tostada de pan casero, aunque ahora con jamón y queso o miel y volvía a enriquecerme de historias fantásticas de otro adulto mayor más copado que cualquier amigo. Cuando me cruzaba a la habitación de él tenía que ser sigiloso, ya que si mi abuela se daba cuenta se podía poner celosa u ofenderse. Era un poco teatrera y me quería con toda su alma. De hecho, cuando falleció fue a la única persona a la cual me animé a ver en el ataúd y aunque no podía mirarla a los ojos tuve una pequeña última charla como las que tenía esas mañanas en el campo.

Ya pasadas las diez llegaba uno de los momentos que más disfrutaba del horario matutino. Toda esa comida que me venía mandando debía ir a mi cerebro para estar súper atento y ver el momento en que mi prima y mi primo más grandes iban a desayunar. Tenía que ser pillo, no daba que se den cuenta que los estaba esperando.

Cuando los veía lllegar a la cocina, daba una vuelta a la casa y entraba haciéndome el que había estado pateando la pelota un rato y me había dado hambre de nuevo. Este momento creo que fue el que me hizo ser un poco más gordito de verdad.  Comía y comía con ellos porque quería escucharlos hablar. Por la alegría de esa situación debo haber mezclado, en un pan, pate con dulce de leche y huevo más de una vez e ingerirlo sin darme cuenta. Es probable que yo no dijese ni una palabra durante esa media hora, pero me producían tanta admiración que no me importaba. Ellos, además de mis padres, eran mi ejemplo a seguir- lo siguen siendo- y ya me lastimaba mucho verlos tan poco tiempo durante el año, así que no perdía ni un segundo cuando estaban en una mesa y no se podían escapar de mí.

Por último, a eso de las once, me encontraba con mi prima de mi misma edad que era la que más tarde se levantaba. Con ella no desayunaba, pero no por eso era menos importante. Pasábamos todo el día juntos y nuestro tiempo a solas que no vivíamos en el desayuno era el más divertido de las vacaciones. Igual no se crean que con ella no morfábamos. En nuestras escapadas por el campo comíamos más caramelos y chocolates que todos los umpa lumpas de la fábrica de Charly.

No sé cuántas veces más podré sentarme en un mismo día a desayunar hasta explotar con toda esta gente a la que tanto quiero. Ya todos estamos grandes y las responsabilidades que no existían en ese momento aparecieron. Hoy sigo teniendo sobre peso por distintas razones, pero el origen de ser gordo no fue realmente por glotón o goloso. Yo, me hice gordo por amor.

1 Commentario

  1. Avatar
    Micky
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    Me encantó, quedé empalagado, grande Juampi, como me hacés reir amigo, y que prosa nene, que prosa!!!

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