El Síndrome del Delay


Siempre empiezo a escribir sobre una ciudad cuando ya hace mucho que no estoy ahí. Mientras estoy involucrada en vivirla, me resulta imposible narrarla, adjetivarla, alejarme. Escribo de Buenos Aires cuando estoy lejos, así es como mejor la entiendo y describo. Por ejemplo, desde el balcón de mi casa en Nairobi pensé en lo específico de un domingo de enero porteño en Av. Cabildo y La Pampa. Solo quien haya transitado esa intersección -o alguna de alma parecida- sabrá de qué se trata el soponcio capitalino; ese que nos abomba hasta hacer ceder los párpados y arrastrar la ojota; y pone pegajosa hasta la piel que no tenemos. Hace frío mientras escribo sentada sobre las baldosas del balcón, pero me transporto tan claramente al pavimento caliente y al taxista que maneja lentísimo, que casi ni lo percibo. Se sienten los perfumes, se sienten los olores; los que quieren ser sentidos y los que no, mucho más. Qué calor Baires, que humedad despiadada, que olor a apuro mal llevado, a tragedia matutina… a rutina de mortales. Cómo me abruman los veranos en esa ciudad, qué lejos la tengo a veces y cómo extraño mi manera de habitarla.

No sé de dónde viene este Síndrome del Delay, pero no puedo sacármelo de encima. Así, escribí de Ciudad de México en Manila y de Manila en Malabo. De Malabo escribí recién años más tarde desde Buenos Aires y de Buenos Aires pude decir algo de lo que quería cuando estaba en Kenia. A esta la tengo dando vueltas, sin poder bajarla a palabras, todavía no entiendo bien por qué. De Madrid escribí también; de Madrid escribí muchas veces y desde todos lados. A la capital de España me gusta releerla y reescribirla, contar cómo fue distinta cada vez que estuve ahí y cómo me transformó un poquito todas las veces porque me deja ser libre y me da tiempo muerto.

Hay otras a las que solo conocí por un par días. Están Estambul, Santiago, El Cairo, Berlín o Quito. De estas escribí algo, pero son sensaciones de la persona que me sentí estando ahí, decoradas con algunas peripecias sociológicas, antes que un texto que cuente algo sobre esos lugares. Son emociones aisladas, frases rescatadas del anotador de un hostel más o menos roñoso, conversaciones con algún mochilero y otras que no eran mías pero espié para escribir después. Estas ciudades son un poco lo que yo quiero que sean, otro poco Wikipedia y otro poco las fotos que reviso en mi teléfono cuando me pongo melancólica. Después de todo, ¿quién sabe lo que pasó en Ushuaia? Es todo mío, lo que me acuerdo, lo que me pareció y lo que inventé también.

Siendo sincera, no sé si los viajes estén hechos para ser contados, ni siquiera sé si tienen vocación de ser compartidos en algún formato narrativo. Tal vez por eso los blogs de viajes no me atrapan demasiado, o tal vez porque siento que me dejan afuera. No disfruto ser espectadora de lo que sé que en algún momento podría protagonizar – si se concreta o no, esa es otra historia. No me interesa el hostel en donde se hospedó Juana ni saber a dónde puedo comer por 2 euros en París. A mí lo que me importa de los lugares es lo que hacen con las personas; después de todo, solo sirven de escenario para las historias que nosotros decidamos vivir. Algunos escenarios pueden ser más propensos a cierto tipo de situaciones y otros, a unas distintas. Jugar con las variables es la vocación del viajero.

La manera en la que contamos lo que vivimos, a otros y a nosotros mismos, es casi tan importante como la experiencia en sí misma; porque es ponerla en palabras, imágenes, sonidos o movimiento, lo que termina de moldearla y darle significado. Me pregunto por qué nunca puedo escribir sobre lo que me está pasando y necesito que el tiempo haga su trabajo antes de poder armar un par de párrafos honestos. Los textos tal vez se enfríen, pero también ganan una profundidad que yo misma desconocía. Los procesos de poner la vida en palabras son misteriosos, íntimos y sagrados, pero supongo que en algún momento el método tendrá que salir al rescate de la mística o solo quedarán selfies y silencio.

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