Sexo con amigos


Por Juanse Larroquette

¿Alguna vez te preguntaron si crees en la amistad entre el hombre y la mujer? Me acuerdo que cuando yo era chico esa pregunta era bastante popular. Eran los 90, el machismo estaba al palo y en la cabeza de la época si un hombre y una mujer tenían buena onda era porque querían garchar. 

Más allá de lo estúpida que resulta esa idea, siempre me llamó la atención esa visión dicotómica entre amistad y sexo, como si la combinación fuera algo completamente imposible. 

Podés garchar con alguien que acabás de conocer en un bar o en Tinder pero no podés hacerlo con alguien que conocés hace diez años, sabe hacerte reír, reconoce tu mal humor y, además, tenés infinidad de cosas en común.

Suena raro.

La primera vez que tuve algo parecido al sexo con un amigo fue a los 13 años. Estábamos en un campamento del colegio. Nos habían dado hora libre y todos nuestros compañeros se habían ido a jugar al fútbol. Como a los dos nos aburría cualquier deporte, nos fuimos a la carpa.

Ya no me acuerdo quien se lo propuso a quien, pero de repente nos estábamos tocando. Aunque éramos vírgenes, teníamos bastante información y muchas horas de ISAT acumuladas. Sabíamos exactamente lo que queríamos hacer y nos parecía ideal poder hacerlo juntos.

Fue como una especie de Secreto en la montaña, pero en San Clemente del Tuyú y con un disco de Los Redondos como cortina musical de fondo.

Entre nosotros no había amor romántico, idealización o un deseo reprimido, simplemente queríamos explorar la sexualidad con alguien de confianza.

Fueron besos y roces en lugares del cuerpo a los que solo había llegado nuestra propia mano. Algo bastante inocente, pero que a los dos nos dio infinito placer. 

Los días que siguieron aprovechamos cada minuto a solas para seguir jugando con nuestros cuerpos. Llorábamos de la risa cada vez que le decíamos a un profesor que nos íbamos a la carpa a buscar algo. Nos sentíamos unos punks en ese mundo escolar tan acartonado. 

De vuelta en Buenos Aires, no volvimos a buscarnos. 

Aunque siempre mantuvimos el cariño, con el tiempo nos fuimos distanciando. No pasó nada puntual, simplemente cada uno fue tomando distintos caminos a medida que crecimos.

Hace dos años nos volvimos a cruzar en el cumpleaños de una amiga en común. Ya nos habíamos visto varias veces desde que terminamos el colegio, pero hacía mucho que no teníamos la posibilidad de hablar durante un tiempo largo. 

Como suele pasar con los amigos, el tema sexo fue parte de la conversación. Justamente, por la amistad que todavía tenemos, pudimos contarnos cosas muy personales llegando a la conclusión de que tenemos gustos parecidos. Por eso, una vez más, nos dijimos: probemos esto juntos. 

Esta vez fue en la comodidad de una cama. No hubo sentimientos raros, al revés fue pura risa. Entre polvo y polvo bailamos en pelotas temas de Rodrigo y jugamos a comparar los discos de Charly García del 80.

Tengo otros amigos con los que no garché pero con los que me di unos muy lindos besos. El primero fue con el mejor amigo de mi mejor amigo de la facultad, alguien con el que siempre me llevé muy bien.  

Fue un diciembre, de esos en los que Buenos Aires se derrite del calor. Estábamos en la casa de nuestro amigo en común, un afortunado con pileta en su edificio. Era de noche y teníamos varias latas de Quilmes encima. 

El dueño de la casa había bajado a su departamento a buscar unas toallas. Yo estaba semi agachado en la parte baja de la pileta, con el agua hasta el cuello. Él estaba en la parte onda y se fue acercando hasta mí nadando estilo perrito. Cuando ya lo tenía a un metro, cerré los ojos, bajé la cabeza y la hundí en el agua. De repente, sentí sus labios en los míos. Salí a la superficie de golpe, no esperaba ese beso. Tampoco esperaba su reacción. Riéndose me dijo “cagón”. Apoyó su pecho contra el mío, me agarró de la cabeza y me mordió el labio de abajo, esta vez lo seguí. Frenamos cuando escuchamos a nuestro amigo entrar. Hasta el día de hoy me sigo calentando con ese recuerdo. 

Cada vez que nos volvemos a encontrar en algún cumpleaños, boliche o bar nos quedamos horas hablando. Aunque no tengo una relación de cotidianeidad, tenemos algo lindo, que es nuestro y de nadie más. Solo nosotros dos sabemos que existió ese beso.

El otro beso con un amigo fue hace dos años. Estábamos en una fiesta y habíamos tomado éxtasis. Veníamos de tener una charla larguísima sobre los vínculos (familia, amigos, compañeros, etc). En un momento me dijo que nunca había besado a un hombre y me preguntó si podía hacerlo conmigo. 

No esperaba para nada esa pregunta y menos de él, pero le dije que sí. Me pareció un gran gesto de amistad, sentí que depositaba su confianza en mí porque sabía que eso no iba a cambiar nuestra relación. De hecho, creo que la mejoró. 

Con otros, en cambio,  primero cogí y después se convirtieron en grandes amigos. 

De todas esas amistades rescato a Marcos. Lo conocí hace tres años a la salida de una fiesta Bresh en Costanera. Yo estaba sentado en la vereda esperando a que mi amigo con el que había ido a bailar saliera. Marcos estaba en una situación parecida a la mía, me vio solo, se sentó al lado mío y me empezó a hablar. Enseguida nos dimos cuenta que nos caíamos muy bien. Intercambiamos teléfonos y en la semana nos volvimos a ver.

Ya no me acuerdo del orden de los hechos, pero en estos tres años nos vimos mil veces e hicimos de todo.  Con el tiempo, nos convertimos en buenos amigos. Los dos sabemos que no funcionaríamos como pareja, pero disfrutamos nuestra relación.

Como con cualquier amistad, nos gusta hablar, compartir ideas, discutir por política y recomendarnos bandas, pero además cuando pinta cogemos. 

Cada vez que lo hacemos, a nuestra amistad se le agrega un grado más de intimidad que la vuelve única. Somos eso, grandes amigos que garchan.

Mi experiencia me dice que sexo y amistad pueden ir de la mano. Pero, como con cualquier otro aspecto de la vida, no todos los amigos están hechos para todo.

Así como hay amigos con los que disfrutás ver una película y otros con los que te divertís yendo a un recital, hay otros con los que podés disfrutar del sexo y no por eso dejan de ser grandes amigos. 

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