Sala de espera


abrazo invisible

No podía quedarme quieta. Miré la hora en el celular y después lo guardé en la cartera. Lo volví a sacar, lo miré y otra vez lo guardé. Agarré una revista, la abrí por la mitad. Había una foto de Pampita y Vicuña. La tiré con el resto. Me empecé a comer la uña del dedo gordo de la mano derecha. Tiré fuerte. Arranqué un pedazo de carne también. Sangró apenas. Me chupé el dedo. Después me lo apreté con la otra mano mientras largaba pequeños gemidos de dolor. Éramos solo tres en la sala. La secretaria, una paciente más y yo. Había un hombre en el consultorio hace tiempo. La otra, leía como si nada. Tenía el libro la altura de sus ojos, y no se inmutó en ningún momento por mis lamentos. Tampoco la secretaria, que no le sacaba la vista ni un segundo a su teléfono.

Miré la hora en la pared. Habían pasado siete minutos desde que me senté. Me paré como para ir al baño, pero me volví a sentar. Fue en ese momento cuando llamé la atención de la otra paciente. Puso el libro sobre el pecho y me miró rápido. Volvió a la lectura. Yo me quedé mirándola unos segundos, leyendo el título en un volumen suficiente para que ella escuchara. Esta vez me miró por encima. Entonces me animé a hablarle directo.

  • ¿Está bueno?
  • Sí.
  • ¿De qué se trata?

Hizo una mueca, como si tuviera una gran piedra en unas botas difíciles de desatar.

  • Y…es la historia de un pibe y una piba medios freaks que se hacen amigos. Son dos adolescentes solitarios que vivieron situaciones traumáticas y entonces quizás encuentren en el otro un sostén. Qué se yo, eso es lo que entiendo.
  • ¿Qué tipo de traumas?
  • Mmm…abandonos, accidentes, presiones sociales. Tampoco quiero contarte todo.
  • Por mí no hay problema. Me gusta escuchar. Además, supuse que tenía que ver con la soledad por el título. Pero pensé que tenía que ver con algo matemático.
  • En cierta forma sí. El pibe es superdotado con los números. Lo que le cuesta es relacionarse con los demás.
  • ¿Por el trauma?
  • Parece que sí.
  • ¿y vos?
  • ¿Yo qué?
  • ¿No tenés miedo?

La chica, de unos treintipico, puso el señalador casi al final del libro, y lo apoyó sobre el banco vacío de al lado.

  • Ya no.
  • ¿Estás curada?
  • Pienso que sí.
  • ¿Cómo es eso? ¿Por qué “pienso”? ¿Acaso no te dijeron? ¿Qué onda este doctor? –me acerqué hasta tenerla bien cerca. Hasta sentir el olor a café escapándole entre la media sonrisa.
  • Pará, tranquila. Digo que pienso, porque con esta enfermedad viste… mejor estar atenta.
  • ¿Cómo?
  • Que siempre puede volver.

Le agarré la mano. Tuvo un reflejo de sacarla, pero la dejó.

  • Tengo miedo. Me tienen que dar los resultados ahora.
  • Es normal. Yo estaba igual que vos. Y peor cuando me dijeron que estaba enferma. –ahora puso su mano libre sobre las dos que estaban agarradas.
  • ¿Cómo hiciste? ¿Cómo pasaste todo este tiempo? No entiendo, te juro que no lo entiendo.
  • Como se puede. No sé, no te voy a mentir, fue un año de mierda. Tampoco te quiero enroscar con esto. Esperá a que te den los resultados.

En ese momento, justo cuando estuve a punto de tirarme encima de ella, se abrió la puerta del consultorio. Primero salió un tipo petiso y panzón, sonriendo y saludando al doctor con una alegría insoportable. Atrás se asomó el Dr. Mosquera que tiró un apellido al aire y se volvió a meter. No era el mío. La chica me miró fijo con los ojos expandidos. Como si ella fuera la responsable de estar primera en la lista. Se quedó quieta. Iba a decir algo, pero le hice el gesto para que entrara. Se levantó y fue hasta la habitación. Se había olvidado el libro en el banco celeste de goma espuma. Lo agarré con la intención de dárselo, pero ya la puerta estaba cerrada.

Miré la tapa primero. Después, me fijé por dónde iba. Le faltaban seis páginas. Lo habría terminado, si no fuera por mí, pensé. Empecé a leer.

                “Alice Della Rocca odiaba la escuela de esquí. Odiaba tener que despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba, su padre la mirase meciendo su pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa…”

                ¿Cómo será esquiar?, pensé. Algún día me gustaría probarlo. Bueno, depende de lo que me digan ahora. Quizás no tenga oportunidad de hacerlo, quizás nunca más vuelva a ver una montaña. No lo sé. Un calor me subió de golpe por el cuerpo y se acumuló en la garganta. Tosí un par de veces. Me levanté y fui hasta el dispenser de agua. Tomé un vaso de un solo trago. Después otro. El nudo que tenía se achicó. Me volví a sentar y seguí leyendo. Pasaron varias hojas. Al principio lentas. Después, empezaron a volar. Sin darme cuenta, ya estaba por la página treinta. No volví a sacar el celular de la cartera. Tampoco volví a mirar el reloj de madera que colgaba de la pared. Ni siquiera las risas intermitentes y chillonas de la secretaria me alcanzaban. Me había armado una coraza invisible y potente, un submundo donde los únicos problemas eran los de Alice y Mattia. No había lugar para otros. Me fui encogiendo, me hice una bolita. Creo que el libro llegó a cubrirme entera. Me protegía. Me hubiera quedado a vivir ahí adentro, de no ser por la mano que me agarró del hombro y me devolvió al mundo de los humanos de carne y hueso y enfermedades.

  • Ey…te están llamando. Es tu turno.

Me asusté. Dejé caer el libro.

  • Dale, entrá. Te está llamando el doctor.

Me agarró la mano y me llevó hasta el consultorio. Caminé aturdida. La voz parecía venir desde lejos. De repente me sentaron en una silla, y la puerta se cerró, aunque no pude escuchar el golpe. Recién pude ser arrancada de ese limbo, cuando escuché al doctor decirme que los resultados eran malos. La palabra maligno me atravesó como un rayo cruel y me electrificó entera, despertándome para entender que la muerte estaba ahí, o acá, dentro de mí. El resto de las palabras se me metieron solas, de manera automática. Asentí a todo lo que me dijo el doctor y tardé en darle la mano cuando me estiró la suya.

Salí. En la misma silla celeste, con un tajo en el lado izquierdo, estaba el libro. Lo agarré, y quise apurarme para decirle a ella que se lo había olvidado. Corrí hasta el ascensor. Mientras bajaba, lo volví a abrir. Había algo escrito en la primera página.

“Espero que esté todo bien. Y si no, te deseo toda la fuerza. Nadie dice que es fácil, pero se puede. Te dejo el libro para que lo leas. Creo que al menos te puede distraer un rato. Soy Claudia, te dejo mi teléfono por si querés devolvérmelo, o al menos hablar. Vos sabrás si sos un número primo o no. Suerte”

 

Arte por vedevalle

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