Robar un supermercado


Robar un super

Nunca fui bueno robando. Una vez quise llevarme una silla de un Havanna de Mar del plata y al tercer paso ya tenía la mano de un seguridad en mi hombro. Salí corriendo como si estuviera jugando a la mancha. La segunda: un vaso de vidrio de un bar, lindo y grande. Lo metí en mi mochila después de que el tipo de la barra me puteó porque le pagué una birra con billetes de cinco. Ya fue, dije, ahora te afano la pinta, y me la guardé como si fuera un zafiro. Cuando llegué a mi casa, después de casi una hora, tiré la mochila en el piso. Al día siguiente le faltaba una parte al vaso.

La tercera tiene que ser la vencida, pensé mientras entraba en el Carrefour que queda a la vuelta de casa. Pasé la puerta con el pecho inflado, fui directo a agarrar un changuito. Lo tomé con fuerza, con las dos manos, con la seguridad de los que van y lo llenan sin consultar los precios. Cuando iba por el segundo pasillo, me di cuenta de que era al pedo el carro, si total la idea era agarrar un par de cosas y tomarme el palo. Lo dejé ahí, en las góndolas de los repasadores y los detergentes. Miré para arriba haciéndome el boludo, a ver si alguna cámara me seguía. Empecé a chivar demasiado, así que me fui para el sector de las heladeras. Me paseé un rato entre yogures y quesos untables hasta que por fin me sequé la transpiración. Me crucé con uno de seguridad. Nos miramos un segundo. Me hice el que elegía entre un pan fargo de salvado y uno de la marca del super.

Seguí hasta la parte de los productos importados, los Premium. Si iba a afanar, que no sea a la industria nacional. Me empecé a creer esa idea del Robin Hood tercermundista, que le afana a las grandes corporaciones para darle a los que menos tienen, en ese caso, yo. Agarré una burrata. Trescientos cuarenta y siete pesos. Pesaba cien gramos, y entraba perfecto en el bolsillo de mi bermuda. Me había puesta una ancha, con lugar para toda la picada. Acerqué la pierna lo más que pude a la góndola y con un movimiento ágil la puse en mi bolsillo derecho. Me puse a caminar sin rumbo fijo por el lugar. Se me vino la imagen de Bart cuando afana el videojuego. Di un par de vueltas esperando a que algún gerente me agarrara del hombro. Eran las tres de la tarde de un miércoles. Éramos pocos adentro. Un par de viejos, un grupo de adolescentes comprando papas fritas y cocas, y un extranjero que parecía perdido. No puedo salir con las manos vacías, pensé. Sería sospechoso después de estar dando vueltas hace rato. Elegí una yerba, la de los precios cuidados o corajudos como le llaman acá, unos bizcochitos de grasa Jorgito y encaré para las cajas.

Pasé primero la yerba y después los bizcochos.

  • ¿Algo más? –preguntó la chica con un tono de voz que me hizo dudar.

Me quedé en pausa un instante. Titubeé. Quise decir que no, pero me trabé. La mina me miró como si yo fuera un sordomudo, y me repitió si faltaba algo más. Esta vez lo hizo abriendo bien grande su boca.

  • Eh…sí, me olvidé algo. Ahora vuelvo.

Salí casi corriendo, como si me estuviera cagando. Llegué hasta la parte de los productos Premium, miré a ambos lados y saqué la burrata de mi pantalón. Se cayó al piso. Me agaché rápido y la dejé junto a las otras. Después doble en la última góndola, la más fresca, agarré un Casancrem y me fui para la caja. Se lo di con una sonrisa. Ella me sonrió también. Yo estaba chivado. El frío de la góndola no había llegado a secarme.

  • Son trescientos cuarenta y siete pesos
  • ¿Todavía aceptan billetes de cinco?

 

 

 

 

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