Relación de dependencia


Desde el 2011 que trabajo en relación de dependencia formal. Esto quiere decir que llevo alrededor de 8 años destinando 45 hs. semanales de mi tiempo a una empresa. A dos en realidad, porque en el medio cambié de trabajo, pero siempre dentro del mismo rubro, siempre en fábricas. Empiezo a sentir que pertenezco a ese enorme grupo de personas que prefieren descansar en la seguridad de las leyes laborales a enfrentar la incertidumbre económica de ser tu propio jefe.

Cuando pienso en toda la gente que conocí, en todas las cosas que pasaron y lo efímero que fue, me siento un poco asfixiado. Me aterra imaginar lo que será de mí en diez años si sigo trabajando acá. Por eso siempre me llamaron mucho la atención los compañeros con mucha antigüedad en “la compañía”. Es como si vieras salir del consultorio del dentista al que estaba adelante tuyo en la fila.

Me crucé a muchos viejos lobos, pero el primero que se me viene a la mente es Daniel. Cuando entré a mi primer trabajo, recientemente egresado de la secundaria, él ya tenía 25 años laburando ahí.  Para la misma empresa, el mismo sector, el mismo jefe. Yo lo miraba como si fuese una herramienta medieval. Un tipo que había arrancado a los 19 y que se mantenía como aquel primer día: pelo lacio y largo hasta la cintura, barba candado, bien a la moda de los ‘90 y con un único objetivo de fondo, llamar la atención de las mujeres que trabajaban ahí. Como era nuevo, él me veía como una oportunidad para repetir sus “literalmente” increíbles historias, que yo escuchaba con la atención que ya nadie le ponía. Lamentablemente, no le duró mucho, algunos meses después le agarró un infarto.

Daniel era de un pueblo de la  provincia de Buenos Aires, de Giles.  Vino a la Capital a probar suerte, hizo una tecnicatura en química y consiguió trabajo rápidamente. El drama de la su vida es que no se pudo aggiornar. A lo largo del tiempo fue dejando paulatinamente de ser el empleado estrella para ser un tipo al que le dejaban únicamente las tareas sencillas. Incluso les pusieron un término: “APB” (a prueba de boludos). Y eso le costó primero su status dentro de la empresa, luego su dignidad y finalmente su psiquis. Es evidente que no fue hábil para protegerse de ese desgaste, pero lo que le pasó es responsabilidad de sus jefes y empleadores.   

Después del desafortunado evento y varios meses de licencia, Daniel volvió. Estaba contento de vernos y de sentirse nuevamente útil. Al menos durante los primeros días antes de regresar a la rutina perversa que lo había llevado hasta ahí.

Seguí teniendo largas charlas de autoayuda con él, hasta que conseguí un puesto un poco mejor en otro lado. Cuando nos despedimos lloró bastante (no le costaba mucho) y yo, en medio de toda esa incomodidad, pensé que ojalá tenga un hombre joven que me aguante dentro de 25 años. La relación entre Daniel y esa empresa no terminó bien, al menos para él. Me contaron que entre psiquiatras, problemas familiares y más llantos, le descubrieron unas herramientas en la mochila que estaba tomando prestadas y lo echaron con causa, es decir, sin que vea un peso.

Pensé que un espécimen como este era una anécdota que impresionaría a cualquiera, pero no fue así. Recién ingresado a mi nuevo laburo, una de las primeras personas que conocí fue a Raúl, un tipo de 60 que trabajaba en “la compañía” desde hace 40 años. Pero el paso del tiempo no había podido erosionar ni un poco el temple de Rulo. Todos los días llegaba  al lugar con la mejor sonrisa que su arrugada cara le permitía.

Rápidamente nos hicimos amigos. Me contó sobre sus hijos, que tenían mi edad, sobre “La Morocha”, su mujer, y sobre su larga trayectoria. Durante casi treinta años, después de salir de la fábrica, se subía a un taxi y manejaba cuatro o cinco horas más. Eso le había permitido comprarse su casa, que ahora le había dejado a sus hijos. Lautaro, su orgullo, se recibió de economista en la UBA con nueve de promedio, haciendo valer cada gota de sudor que se deslizó por la calva frente de Rulo.

Yo le dije que lo admiraba y que creía que si en este país hubiese más gente como él, no tendríamos tantos problemas. Que me llamaba la atención que siguiera trabajando tan concienzudamente cuando podría hacer la plancha hasta que quisieran echarlo, como hacía la gran mayoría de los empleados que superan los 15 años de antigüedad. Le conté que estaba preocupado y le pedí que me explique cómo había hecho para no terminar como Daniel.

Claramente la respuesta no podía condensarse en una conversación, pero en el día a día, Rulo me fue enseñando su filosofía. Me instruyó en cómo protegernos a nosotros mismos y evitar que el hombre alienado de Marx conquiste nuestro espíritu, nos convierta en mano de obra, en valor económico de la multiplicación del capital, en seres casi vivos que se pasean con la cabeza gacha.

Me dio algunos tips básicos, como usar las cosas de la empresa como si fuesen nuestras. Material de librería, contenedores, pallets, sobres de azúcar o de queso rallado. Todo lo que pueda significar un ahorro doméstico nos corresponde, es nuestro derecho. Por ejemplo, los precintos pueden solucionar cualquier problema, desde emparchar alguna reja de casa hasta atar la patente de la moto al guardabarro.

También me invitó a usar el tiempo del laburo como si fuera mío. Me explicó que pasamos poco más de un tercio del día dentro de nuestro lugar de trabajo, con lo cual, debemos garantizarnos que el tiempo que nos queda cuando salgamos sea completamente libre. Para esto hay que hacer usufructo de cada segundo que pasemos encerrados. Este ejercicio empieza tímidamente con trámites por internet y puede llegar tan lejos como permita nuestra imaginación. Desde cualquier tipo de tarea de higiene personal, como bañarse, lavarse los dientes (con todos los utensilios que sean necesarios), afeitarse o cortarse las uñas, pasando por capacitaciones o hobbies, como estudiar para la facultad, escribir un artículo para Wacho o hacer yoga, hasta arreglar electrodomésticos de casa que se te hayan roto, incluido tu vehículo, si es que hay forma de hacerlo entrar.

Me enseñó a no hablar nunca en serio, a reírme de todo y de todos, especialmente de mí. A saludar a todo el mundo, usando un tiempo para preguntarles cómo están, ellos y su familia. Nunca tomarse a pecho lo que te diga un jefe y reaccionar siempre con una queja, con desconfianza, que sepa que te debe una.

Una vez, a los pocos días de haber entrado, tuve un pequeño malentendido con Rulo. Me había enseñado a limpiar una máquina repitiendo varias veces que no podía levantarla solo, que se me iba a caer al piso. Cuando me tocó hacerlo, no quise molestar a ninguno de mis nuevos compañeros y pensé que con mi edad no tendría problemas para efectuar el trabajo. Haciendo muchísima fuerza, conseguí lavar todo solo y volví a mi casa con el pecho inflado y un incipiente dolor de espalda que iría creciendo con los días.

La mañana siguiente, estaba sentado en una computadora haciendo un poco de papeles cuando sentí un fuerte impacto en la nuca y buena parte de la oreja derecha. Cuando giré, aturdido por ese silbido agudo que te queda cuando te pegan en el oído, me encontré con el corpulento metro noventa del viejo, justo frente a mí. Me apuntó con su gran dedo índice y dijo: “Me volvés a desobedecer y va en los huevos. No me importa que rompas algo, pero nadie se lastima en mi sector”. Por supuesto que no volvió a suceder.

Me sigo viendo con Raúl eventualmente, pero ahora con menos frecuencia. Tuve la oportunidad de cambiarme a una sucursal más cerca de mi casa y previa manifestación de mi disconformidad, decidí aceptar.

Otra vez volví a creer que no encontraría otro hombre récord como este, pero a veces la vida se empecina en hacerte ver ciertos fenómenos. En los primeros días en la nueva planta, ni bien pude, conté la historia de Rulo. Mi nuevo y más próximo compañero me contestó con un provocador “eso no es nada”, muy propio de dos niños que se pelean por quién tiene al abuelo más viejo. Es que resulta que en esta sucursal trabaja un tal Atilio hace 46 años, un ejemplo de selección natural, de la supervivencia del más cagón.

Sacando cuentas llegamos a estos números: de sus 67, Atilio pasó 11 años, 8 meses, 22 días y 19 hs netos dentro de este predio. Casi el 18% de su vida. Cuando entró, Perón era presidente, Argentina nunca había salido campeón del mundo y Mirtha tenía cuarenta y pocos. Intentamos también calcular cuánta plata le tendrían que pagar si lo rajasen, pero no pudimos, no supimos cómo resolver el tema de los australes y la hiperinflación.

Todo ese tiempo no fue suficiente para sacarle las ganas de romper las bolas. Cada día camina los pasillos provocando a todo el que pasa y recibiendo a cambio severas golpizas en las que siempre termina desparramado por el suelo. Al principio me asustaba un poco, pero rápidamente comprendí que yerba mala nunca muere.  

Todavía no pude conocer a fondo a este tremendo personaje, pero sí tuve la suerte de compartir con él varias veces la mesa del almuerzo. Un mediodía, frente a muchos otros compañeros, en medio de jodas y risas, le hice la pregunta de rigor: cómo hacía para que la relación de dependencia no le chupe toda la sangre. Su respuesta fue sencilla pero reveladora: “Solo tu hermana lo sabe.”

3 Commentarios

  1. Avatar
    El tito
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    Espectacular, trabaje 10 años en una financiera y casi me matan en la calle, fui un camión de caudales de la plata en negro y renuncie, me encantó sigan a si wachos

  2. Avatar
    Mauricio
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    Como siempre, gracias wacho.

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      Maria Lujan Viaro
      Responder

      Me encantó, cómo hacer para que la relación de dependemcoa no te chupe la sangre? Pregunta que no supe responder a tiempo, pero me encantó la respuesta final de Atilio jajaj.

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