Razón #102 para dejar Nueva York


Por: I. Benson

Apenas llegué a Nueva York me compré un libro que se llama 101 razones para dejar Nueva York. A la fecha de escribir estas líneas todavía no lo abrí. El libro hace alusión a un ensayo famoso, escrito por Joan Didion, que se llama Goodbye To All That. La amamos, pero Manhattan es una ciudad de paso. El libro habla de esa relación amor-odio que tienen sus habitantes con la ciudad. Y acá te cuento mi razón para abandonarla, la razón número 102.

A los 19 años fui sola y sin motivo a una expedición por 3 meses en Europa que terminó durando un año y sentó base en una Alemania ex soviética y atrapada en el tiempo: Dresden. Después de aprender alemán y con la ventaja de contar con un pasaporte europeo, después de haber hecho amigos nuevos, conocido las marcas de galletitas que me gustan, de conseguir ‘mi’ bar y de recibir muy, muy pocas visitas, decidí volver a mi país para siempre. Decidí que amaba a Argentina y nunca más irme a vivir a otro país.

En Argentina era una estudiante. No importaba qué tan seca esté o buena haya sido en el secundario. En Argentina me duele la panza y voy al medico. No me cuesta pedir en los restaurantes y siempre hay una amiga para tomar mate.

Apenas llegué a Nueva York, empecé a mandar 20, 35 curriculums por día. Me sorprendió la cantidad de llamados que tuve para entrevistas. Después de las primeras 10, me di cuenta que eran todos trabajos de esquemas piramidales, en los que había que trabajar 12 horas 6 veces a la semana por 350 dólares con la promesa de ser rico en algunos años. Nueva York es segura, no te van a punguear. Te van a estafar.

Pasé a buscar voluntariados. Déjame decirte, es más fácil ser escritor que voluntario en Nueva York. La cantidad de requisitos absurdos se apilaban: carreras universitarias con promedios altísimos; experiencia en ONGs; saber de programación y de historia; ser fluido en 3 idiomas y estar dispuesto a ser el cajero de los tickets. Pronto me di cuenta que no eran voluntariados sino empresas tan prestigiosas que no se esmeraban en pagarle a sus empleados. Aparentemente, saber un idioma no quería decir que sepa los códigos.

Después de muchas entrevistas para trabajos calificados, me rendí. Necesitaba tener un lugar al que ir todos los días, comentar el clima con alguien que no sea el portero del edificio. Imprimí 50 curriculums y caminando por la calle los repartí en dos días en restaurantes. Mi hermana, que vivía en Miami, me había preparado para esto: “Te van a tratar mal”, me había jurado, “Nunca fuiste moza”. Y efectivamente: ”Sin experiencia acá, nada, nena”.

Tenía que verme cara a cara con un solo manager que confiara en mí. Que le cayera bien mi personalidad. Algunos días volvía destrozada. Claro está, más lindo es llorar en el MET que en Plaza Miserere, pero tristeza al fin. Uno de estos tantos días entré a un lugar y el dueño me dice que soy perfecta para su bar, pero que ya contrató. Me recomendó un bar amigo en el norte de la ciudad. Me tomé el subte y llegué ilusionada, currículum en mano en una carpetita azul, de blazer y camisita. Era un antro metalero y no me importaba. Me echaron a patadas por no tener los papeles al día y me fui de ahí una vez más con el alma en pedazos.

Volviendo a casa pasé por un último restaurant con pinta snob. Casi no entro, me sentía demasiado humillada. No había nadie en la entrada y una moza se me acerca, pido por el gerente y me dice que le va a preguntar. Vuelve rápido a decirme que suba que me va a recibir. Era un coreanito de 1 metro 60 máximo. No se río ni de uno de mis chistes, y se reía en los momentos menos graciosos y más inoportunos. Cuando estamos terminando esa entrevista rara y yo estando medio ausente, me pregunta que cómo pienso que me fue. Le dije que no sabía. Su cara, la nada misma. Me dijo que el dueño era un hijo de puta y que le iba a hablar.

Me fui de ahí mejor que como entré pero cansada. Ya habían pasado tres meses y me quería ir a mi casa. No a la 3ra Avenida, a Buenos Aires. Antes de hacer dos cuadras para llegar, me llama el coreanito. Me dice su nombre por enésima vez pero no le entiendo. Me dice el nombre del restaurant y no lo puedo repetir. Me dice que venga mañana, que el dueño fue complicado pero que me toma en negro. Me acordé que había sido el último y por suerte había agarrado la tarjeta. Me fui a comer un crépe de Nutella y me abrí un tinto mendocino en casa para festejar.

El primer día, el bartender que ya me había cagado a pedos seis veces por meterme atrás de la barra, me pregunta qué me parece Nueva York. Está muy sobrevalorada, le respondí, por no decir una mierda.

Demasiado rápido me acostumbré al servicio americano: quién iba a dejar más propina y quién no. Con quién gastar mi tiempo y, sobre todo, jugar la carta argentina. En el mundo ser argentino siempre es tema de conversación. Hice cursos de arte y de fotografía, de teatro y de escritura. Cada vez que prendía la tele, la escena era a la vuelta de casa. Y cada vez que salía de casa, habían rodajes a la vuelta. Así me enamoré de Nueva York. Escribí mucho, salí a la noche como nunca y fui a más museos que a clases de gimnasia en el secundario. El bartender malhumorado pasó a ser mi primer amigo neoyorkino, y nos hicimos abonados del bar Boxers, que se llama así por ser un bar gay en el que los mozos atienden usando solamente este tipo de calzoncillos. Practiqué la resilencia al volver de trabajar y masticarme los resultados de las elecciones proyectados en el Empire State. ´Te van a deportar, jaja´ me decían mis amigos.

Una vez en el dentista un paciente casi llora al ver su factura. Conste que el paciente no era ni pobre ni inmigrante. Le conté que en Argentina el sistema de salud es gratuito, a lo que el empleado responde: ¿cómo paga tanto un país así, pobre?

“No lo gastamos en bombas” le contesté con humo en las orejas. Se quedó helado. Dije lo único que todo americano sabe, y que está implícito, no se puede mencionar: que están en guerra.

El último día mi familia me rogó que me despidiera del Central Park, pero mi novio tuvo que viajar antes y lo pasé sola en mi living acariciando los muebles y tomando un vino rosé mediocre de Long Island. Hoy veo fotos y stories de Nueva York y me explota el corazón de los celos. No es como las películas. No es que o te escupe o te abraza. Siempre te escupe y escupe a todos. Todos amamos a Nueva York pero Nueva York no quiere a nadie. Te caga a palos y cuando pensás que no podes más, una señora te paga el boleto del subte. Te engaña y te pone un Magnolia Bakery para que llenes de azúcar tu corazón. Nueva York te da mozos cómplices, happy hours baratos y tormentas de nieve. Te da sales y racismo con free refill. Te da un coreanito de un metro 60, un amigo drag y una relación odio-amor-odio con una compañera de ultra derecha. Es ese ex al que le fue mejor cuando se separaron, que me va a perseguir en cada marco de fotos y Facebook ajeno hasta que me enamore de nuevo. Pero como a toda pareja agresiva, siempre hay que dejarla ir.

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