Puntos suspensivos para una historia de a dos…


Esa tarde le había costado concentrar la cabeza más de lo normal. Los mails que le habían llegado habían terminado por arte de magia en la carpeta “para leer más tarde”. Las facturas que tendrían que haber sido analizadas y archivadas, seguían esperando que alguien les pegara un ojo. Ese alguien, era él.

El Whatsapp rebalsaba de mensajes y tenía dos llamadas perdidas de su vieja. Pero esas horas, mientras los minutos pasaban sin mucho entusiasmo, él no podía dejar de pensar en esa maldita idea que ella, después de varias copas de vino y un porro, le había metido en su inconsciente la noche anterior: irse juntos. Parecía un imposible, una idea alocada y cercana a la fantasía, pero por algún motivo todo ese día la palabra “juntos” quedó impregnada en su cerebro.

Las ocho y media eran su botón de salida de ese insoportable escritorio. Era también en muchas oportunidades la hora perfecta para tomarse unas cervezas con Facu, su aliado del trabajo que siempre estaba a tiro para despotricar a un jefe mala leche, un político facho o sermonearlo sobre las ideas inmaduras que muchas veces inundaban su cabeza. Pero esta vez, aunque lo necesitaba, prefirió esquivar las birras y con una delicada excusa se fue directo a la calle. Se había comprado unas Nike Air que pedían a gritos que gaste su suela y el atardecer que se escondía sobre los edificios de Palermo parecían ideales para despejar un poco la marea de pensamientos que lo azotaban desde que ella le susurró esa frase.

Caminó tranquilo, mientras el sol se despedía y un pequeño viento lo despeinaba, inventaba una lista de “pros y contras” que lo ayudaban a ordenar sus pensamientos. Eran muchos y se mezclaban sin razón, pero de a golpe se homogenizaban para darle un poco de sentido y claridad a lo que realmente le estaba pasando adentro suyo.

Había una realidad: tenía un trabajo que le gustaba, aunque no lo volvía loco -¿a quién puede hacerlo? `Al fin y al cabo, es un trabajo y te pagan por eso…´, murmuraba una de sus voces-, un grupo de amigos que veía casi todos los día y una familia con la que compartía vacaciones y asados. Una vida muy normal, linda, pero nada salido de lo convencional. O eso creía…

La otra realidad era la que lo acechaba. Generalmente por las noches, cuando no podía dormir porque el insomnio lo atacaba y las preguntas se hacían eco en pesadillas.

“Veintiocho años y todavía me cuesta pegar un ojo”, pensaba muchas de esas noches mientras Netflix ocupaba el lugar de esa preciada compañía. Y peor aún, cuando su filosofía barata millenial le pegaba como una trompada directamente en el ojo y le hacía darse cuenta que todavía le quedaba mucho de su vida para seguir sentado en esa oficina y vivir de asados en el mismo living. No era que no le gustaban, era que quizás le hacía falta algo más.

De esa caminata llegó a su casa con una ensalada todavía más mezclada. No había condimento que lo ayudara a mejorarla. Y sabía que todavía lo esperaba una noche de insomnio, varias horas mirando la pantalla del celular y una nueva rutina por afrontar. Sí, ese ciclo vicioso lo perseguía todo el tiempo, aunque en lo más profundo quería escaparle. Ella quizás tenía esa respuesta. Ella y bueno, sus palabras.

Las meditó más de lo normal. Mucho más teniendo en cuenta el contexto en dónde habían surgido. ¿Las habría pensado realmente? ¿Fueron sinceras? ¿Y después que viene? ¿Una nueva rutina pero en otro lado y con otros protagonistas? ¿Dónde? ¿Hasta cuándo podría durar esa fantasía? ¿Y si no funcionaba? Muchas cosas de las cuales no sabía qué ni cómo responder. Pero algo le quedaba claro: si ella se había animado a deslizar esa frase era porque de alguna manera algo en lo más profundo de ella quería eso. Y él… Bueno, él quería lo mismo: escaparle a ese insomnio duradero, entrelazar sus piernas y despertar todas las mañanas quién sabe dónde.

Agarró una de las cervezas que habían quedado en la heladera, la abrió y respiró bien hondo el olor al lúpulo amargo que salió de esa botella. Por unos instantes se imaginó con ella al lado, en un bar perdido por las ramblas catalanas, mirando la gente pasar sin desperdiciar un segundo de su tiempo, riendo por el simple hecho de hacerlo y pidiendo comidas raras con los ojos achinados. Cuando el tiempo y el espacio se hizo carne, el golpe no fue tan duro como hubiera pensado. El mazazo de realidad no pegó como en otras noches, Netflix no estaba prendido con la excusa de entretenerlo, y la cerveza todavía descansaba esperando enfriar una garganta. Miró su celular. La foto de su perra le sacó una nueva sonrisa, pero no lo suficiente para darle el brazo a torcer. Abrió el Whatsapp, buscó su nombre y escribió: “vamos”. Tomó un trago bien grande, cerró los ojos y dejó los puntos suspensivos para una historia de a dos…

2 Commentarios

  1. Avatar
    Rodrigo
    Responder

    Este texto es puro talento

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