¿Por qué hablamos?


Me siento a escribir esto un poco más tranquilo después de varios días sin saber muy bien qué hacer o decir. Bah, siento también que tal vez ya dije lo suficiente. No es fácil hablar de algo que te pasó cuando eras chico y no elegiste. No es fácil hablar de algo que tapaste toda la vida. No es fácil hablar de un abuso. 

Quizás ahí me surge la primera gran pregunta después de varios días de estar en silencio (no poder hablar): ¿por qué hablaste? ¿Por qué diste la cara para hablar de algo que tan mal te hace y te avergüenza? ¿Por qué quisiste contar tu verdad a pesar de que seguramente quede en el olvido y termine siendo una gran carga? Lo pensé mucho antes de arrancar este proceso que llevo hace casi tres años, y poco a poco fui entendiendo un poco el verdadero valor de hablar. Poco tiene que ver con la exposición que genera contar en una nota lo que viviste. Al contrario, esa es la cara más dura de todo este proceso. La que acarrea miedos y vergüenza. 

Por el otro lado, contarlo tiene con sí un mensaje mucho más fuerte e importante en lo personal: lograr trasladar la culpa y la vergüenza a donde debería estar; abrirle el lugar a otrxs para que puedan también curar viejas heridas; cuestionarnos hoy en una sociedad de cambios un montón de cosas que arrastramos del pasado y que es hora de enterrar; encontrar una justicia distinta en lugares que no sabía que existían; y por sobre todo aportar un poquito para generar un cambio. 

También tiene un costado más “alegre” (aunque poco hay de alegría cuando uno habla de abusos). El no sentirte solo después de años de soledad. El saber que del otro lado hay personas que atravesaron lo mismo y que, lamentablemente, no tuvieron la suerte de poder compartirlo con nadie hasta hoy. El saber que pasó y pasa en todos los ámbitos, pero que hay gente decidida y con ganas de cambiarlo. Que no debería existir nunca más el “eran otras épocas” o “ya pasó”. Que no te digan más cuándo es momento de hablar y cómo hay que hacerlo. Que cada uno tiene sus tiempos, y que los caminos son personales; pero que aunque a veces parezca que no, hay mucha gente cerca que te va a bancar en todas. 

Hablarlo es desnudar un pasado que aparecía solo en pesadillas. Es vomitar esa comida que te cayó mal. Y es también revivirla con todos los sentidos. Pero de a poco resignificando ese pasado con otro sentido. El que ojalá sirva para muchas otras personas. 

Nadie nunca te va a poder decir cómo te vas a sentir el día después de contarlo, ni si realmente te va a hacer bien. Los caminos van a ser siempre personales. Pero si algo aprendí en estos días es que vivimos en un mundo (que a pesar de todas sus mierdas) tiene una generación que busca un cambio y ya no quiere mirar para el costado. Una generación que se hace cargo de lo que vivió para que no pase más. Que abraza las causas, y lucha porque todos seamos cada vez un poquito más libres. 

Quizás todo este dolor también se resignifique en otra cosa. O tal vez, sólo sirva para estar más tranquilo. Me quedo con un peso menos encima y las ganas de que mi tristeza, sirva para que exista justicia para todos.

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