Platónica adolescencia


“Vamos negrita bailá hasta el fin.”

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

 

Llevo tres días sin tener celular. Me lo chorearon y no tengo guita para comprarme otro, tampoco tengo amigos a los que les sobre uno. 

Es impresionante la adicción que genera una pantallita de 15 centímetros. Recién cuando no la tenés te das cuenta de lo dependiente que sos de ella. 

Como no tengo reloj, la mayoría del tiempo no sé qué hora es. Tampoco tengo teléfono fijo asique no puedo hablar con nadie. Y, como hace dos meses dejé de pagar el cable y no tengo computadora, tampoco puedo informarme.

Tuve que desempolvar mi minicomponente y mis viejos CDs para poder escuchar música, que es lo único que hago ahora. Quizás eso sea lo mejor de que me hayan choreado el celular.

Con la vida análogica volvieron varios recuerdos. Me había olvidado lo mucho que en algún momento me gustaron Los Redondos. Me había olvidado cómo los conocí.

Cuando tenía diecisiete años me sentía bastante solo. Por eso, me la pasaba en la calle recorriendo galerías, librerías y, por sobre todo, disquerías.

No hablo de Musimundo o Tower Records, sino de esos sucuchos bien chiquititos donde podías encontrar rarezas de todo tipo y el que te atendía no era un empleado sino su dueño, un melómano capaz de explicar la historia de cada disco que vendía. 

Cada vez que salía del colegio hacía un recorrido que empezaba en la Lef de Corrientes y Rodríguez Peña y terminaba en Artaud de Soler y Bulnes. En el medio pasaba por la Galería 5ta Avenida, donde estaban la disquería de Boom Boom Kid y Abraxas, por la Bond Street donde estaban Lee Chi y Thor, una chiquitita que no me acuerdo el nombre sobre Santa Fe llegando a Paraná y Notorious en Callao y Marcelo T.

Aunque no compraba mucho porque no tenía guita (salvo cuando le afanaba algo a mi abuela), como en todas ya me conocían me dejaban escuchar los discos.

Un día llegué a Artaud y el vendedor de siempre no estaba, en su lugar había un chico rapado con un arito en la nariz y una remera de básquet. Le pregunté qué había pasado con el tipo, un hombre igual a Jorge Guinzburg pero más alto. Me dijo que era su viejo y que estaba internado porque había tenido un infarto así que, hasta que se recuperara, él lo iba a reemplazar.

Ese día no hablamos mucho más, no supe como seguir una conversación después de eso. Pero ese fin de semana volví y de vuelta estaba él.

 

“¿Te quedaste con ganas de un disco? ¿Volviste a buscarlo?”, me preguntó apenas entré.

“Ahora estoy sin guita, pero vine a escuchar algunos así cuando tenga ya sé cual llevarme.”

“¿Te puedo recomendar alguno?”

“Dale”.

“¿Escuchaste la Velvet?”

“No sé que es”.

“Te va a volver loco. A la gente le gusta más el primer disco que sacaron pero yo te recomiendo que arranques con este”. Sacó un CD que en la tapa decía “Loaded”.

“Escuchalo en este equipo que es mejor”, me dijo señalando un aparato gigante que tenía debajo del mostrador. 

 

Pasó unos auriculares por arriba de la mesa y me acercó un banquito. Quedé sentado casi frente a él, apenas en diagonal.

El pibe se puso a leer un libro en inglés. Cada tanto me miraba y me sonreía y eso me gustaba. Nunca me había pasado algo así con un pibe, creo que en realidad nunca me había pasado algo así con alguien.

De repente me sentí incómodo, incapaz de poder disfrutar ese momento. Me saqué los auriculares de un tirón, los dejé en la mesa y le dije: “me tengo que ir.”

 

“¿Te gustó?”

“Sí”, le mentí, hacía rato que había dejado de concentrarme en la música.

 

Durante dos semanas no volví a Artaud, de hecho no fui a ninguna disquería. Me iba del colegio directo a casa, como si quisiese evitar cualquier cosa que me hiciera acordar a él. 

No sabía su nombre ni su edad. En realidad no sabía nada, pero no podía dejar de pensarlo. 

Como en ese momento creía en Dios, Jesús y todo el combo, cada noche rezaba para olvidarlo. Pero era como si el cielo entero quisiese lo contrario.

Pensé que la mejor forma de ponerle fin era volver a verlo para así convencerme de que lo que había sentido había sido nada, un simple cosquilleo en las piernas y un poco de taquicardia. Nada que no pueda pasarle a cualquiera en cualquier momento, un sentimiento, nada más.

Entré inflando el pecho como si con esa acción encontrase seguridad. Me saludó con un hola seco, estaba hablando con una vieja. La disquería estaba llena, algo bastante raro. Todo el tiempo alguien se acercaba a preguntarle algo.

Yo me hacía el que miraba discos. Tardaba varios minutos en leer las contratapas. A veces iba y volvía sobre los mismos. Quería que la gente se fuera y me dejara solo con él.

Pude haber estado 35, 70 o 122 minutos simulando hacer algo, esperando a que el último intruso se fuera. 

 

“Está lleno de pelotudos”, dijo cuando el último cliente se fue.

“Yo conozco un par”, le dije haciéndome el cómplice.

“¿Te jode si cierro la puerta? Necesito fumarme un porro”.

“Es el local de tu papá, hacé lo que quieras”.

 

Salió de atrás del mostrador, cerró con llaves y dio vuelta el cartelito que decía “abierto”.

 

“¿Fumás?”

“Si, pero estoy con antibióticos. No quiero mezclar”, le mentí para no decirle que en realidad no quería estar re loco delante de él.

“Che, cualquiera lo que acabo de hacer. Perdón”.

“¿Qué hiciste?”

“Ni te conozco y cerré la puerta para fumar. Flashé. Pasa que sentí confianza”.

“No me jode nada”.

“¿Cómo te llamás?”

“Tomás ¿Vos?”

“Dante”.

“¿Te gustó el disco de la Velvet?”

“Los temas que escuché me parecieron piolas”.

 

Con el faso en la boca Dante se puso a buscar entre las bateas.

 

“Te lo regalo”.

 

No pude decirle ni gracias. Las cosquillas en las piernas que había sentido la otra vez se multiplicaron, pero esta vez sin la taquicardia.

Dante abrió el disco y lo puso.

 

“Aunque no vendieron una mierda, esta banda es superior a todo. La gente prefiere escuchar los Beatles o Pink Floyd, les gusta que se la dejen servida. Los descubrí a los 16 y nunca más pude dejar de escucharlos”.

“Casi mi edad”.

“¿Cuántos años tenés?”

“17”

“¡Qué piola! Te quedan algunos años para seguir descubriendo bandas. Cuando crecés no te queda tiempo para nada”.

 

Dante me contó que cuando terminó el colegio se fue de Bs. As. a recorrer Latinoamérica y que cuando volvió no se pudo adaptar al quilombo y terminó yéndose a vivir a Córdoba. 

 

“Vine por lo de mi viejo”.

 

Cuando el CD terminó, sacó uno del sector de rock nacional y lo puso en el equipo. 

 

“¿Escuchaste Cordero Atado de Los Redondos?”, le dije que no con la cabeza. “Es otro disco zarpado que la gente no valora”, dijo y volvió a prender el porro. ¿”En serio no querés?”

“Ya fue”, le contesté y le di una seca.

 

Dante se puso a bailar. Me miró fijo, me alzó y me dijo “sentí el pogo más grande del mundo”.

Me empezó a llevar en alzas de una punta a la otra del lugar. Yo no podía parar de reírme y él se reía conmigo.

 

“Te re pegó” me dijo.

 

Le sonreí, cerré lo ojos y, con la excusa de no caerme, le pasé un brazo por atrás de la espalda. Ya no me daba miedo sentir lo que sentía. Cuando la canción se acabó me acostó en el suelo y me dijo: “se acabó el viaje enano”.

Me quedé un rato tirado, disfrutando.

 

“Se hicieron las nueve. Estamos en cualquiera. Tengo que rajar” me dijo.

“La pasé bien” le dije desde el piso. 

 

Me sonrío y me dio los dos discos. “Para que siempre te acuerdes de este momento”.

Tardé nueve días en volver a Artaud. Entre los exámenes del colegio y algunos cumpleaños familiares me costó encontrar tiempo libre. Lo bueno es que tuve una excusa para pasar por lo de mi abuela.

Obviamente esos días me la pasé escuchando los dos discos enteros. No sé si habrá sido por el pogo o qué, pero me gustaba más Cordero Atado. Me quedaba los 44 minutos y un segundo que dura encerrado en el cuarto acostado en la cama sonriendo.

Extrañaba a Dante, ya no me daba culpa. De hecho, ahora, rezaba para verlo.

Le había comprado de regalo una revista Rolling Stone que tenía en la tapa al Indio Solari. La guardé hasta que por fin pude ir a visitarlo. Esperé a que se hiciera un poco tarde pensando en que así podíamos volver a cerrar el local para nosotros.

Cuando entré a Artaud, Dante no estaba. Atrás del mostrador estaba su papá, que sin bigote y más flaco se parecía a Arturo Puig. Me quedé un rato largo mirando discos, esperando a que en algún momento apareciera.

 

“Pibe perdoná que te eche pero tengo que cerrar”.

 

Sin decir nada salí, caminé una cuadra, llegué a la esquina y cuando el semáforo se puso en verde corrí para Artaud. Abrí la puerta y sin entrar pregunté:

 

“¿Y Dante?”

“Está en Córdoba”.

“¿Vuelve?”

“Si me agarra otro bobazo” respondió sonriendo.

 

Nunca más lo volví a ver. La disquería de su viejo, como tantas otras, ya no existe más. Hubo años en los que no paré de pensar en él, pero con el tiempo lo fui olvidando. 

Hoy, que estoy sin celular, pongo sus discos, me tiro en la cama, cierro los ojos y floto en sus brazos por todo Artaud.

9 Commentarios

  1. Avatar
    Belu restucci
    Responder

    Increible.

    • Avatar
      Bri
      Responder

      Wow, esto es… Diablos, me hace acordar a El chico de los CDs. Me fui a llorar chau

  2. Wow, genial.

  3. Avatar
    Agus
    Responder

    Me dejo un vacío en el pecho, esto es normal?

  4. Avatar
    somthmymind
    Responder

    cuántos años tenés ahora? necesito que ese reencuentro

  5. Avatar
    Lean
    Responder

    Que linda historia… La leí escuchando el primer disco ❤️

  6. Avatar
    Facu
    Responder

    Alta historia me encantó! Es tan difícil de olvidar a los que nos hacen sentir vivos! Con simples detalles!

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