Perreo intenso


Por Lucas de Simone Vera

Murió Galo. Joven, enorme, sus ladridos eran gruesos y espesos, si le ponía una melena era un león. Falleció una noche, se le dio vuelta el estómago y no pudieron hacer nada. Según los veterinarios, es algo que le suele suceder a ese tipo de raza. La casa era la representación de la tristeza. A los meses, Tío creyó que traer un perro iba a reparar un poco aquel dolor y lo hizo. Le puse Vita. No para de jugar ni un segundo. Cualquier cosa con forma cilíndrica que yo pueda tirar la trae devuelta. Salta, cada vez más alto, casi me llega hasta la cabeza. Ventaja para ella cuando quiere agarrar un palo en el aire; desventaja para mí, cuando dejo la ropa colgada en la soga. Necesitaba compañía.

En familia creímos conveniente adoptar a una perra callejera. A los días nos enteramos que habían dejado tirada a una dentro de una bolsa de consorcio al lado de la Autopista General Paz. La trajimos. Tenía los ojos tristes, apagados y, sorpresivamente, cuatro cachorros en el interior de la panza. La llamamos Tota y enseguida respondió moviendo la cola. Al poco tiempo su mirada cambió, sus ojos empezaron a prender y parió a sus cuatro hijos en la cocina de casa. ¡Cuánto amor hay que tener para comerte la placenta de tus hijos! Tota parece un auto planchado al piso. Esto le impedía cargar a sus cachorros, pero Vita estaba ahí. Ambas necesitaban compañía.

El Pepo

El Pepo te recibe en dos patas y con una sonrisa. Empuja a sus hermanos cuando vienen todos a saludarme. Quiere ser él solo. Fue bautizado con ese nombre en honor a un rockero cantante de cumbia. Días atrás aprendió a hacer pis levantando la pata. Por la noche, cuando los demás perros del barrio están durmiendo o de vigilia, y los autos dejan de pasear, mientras los postes de luz renuncian a su función, y los grillos se cansaron de cantar, El Pepo ladra. No para de ladrar. No sé si por las dudas o porque tenga un oído vidente. Todas las noches, en algún momento comienza a ladrar y no para. La noche le demuestra que en el barrio no pasa nada, pero él insiste. Sabe que algo o alguien va a pasar. Y pasa. Un perro perdido, algún grupo de muchachos alegres, motos plagiando disparos, un bebé llorando, la alarma de un auto, un imbécil con ataques de bocina. Y cuando sus hermanos y los vecinos lo imitan desesperados, El Pepo los acompaña victorioso por unos segundos, como diciéndoles: “¿Vieron? yo sabía que iba a pasar algo”.

La Morci

La Morci la llamamos así porque parecía la mitad de una morcilla. No tan grande como la del Negro de Whatsapp y no correspondía decirle Negrade. No sé si cambiarle el nombre porque con el tiempo le creció el pelo y unas mechas marrones que le cubren toda la cara, parte del pecho y sus patas. Era sumisa. En el momento de comer se corría de la fuente cuando El Pepo la gruñía. No obstante, el tiempo pasó y hoy la tengo que retar cuando le gruñe a sus hermanos. Tiene una fascinación por los insectos voladores y los pájaros. Y al parecer, en el fondo de casa hay una ruta aérea donde pasan mariposas, libélulas, colibrís, gorriones y abejorros. Los persigue, y cuando vuelan muy alto, a sus sombras. Puede pasarse horas siguiéndolos, tratando de atraparlos. Jamás alcanzó a ninguno. No creo que su sueño sea cazarlos, más bien volar como ellos. Sinceramente, no me animo a preguntarle.

Karoma

Karoma es todo lo contrario a los estereotipos de belleza canina. Está parada tan al extremo de la fealdad que se convierte en hermosa. No puede mantener la mirada fija. Mira y esquiva, inclina la cabeza, vuelve a mirar, saca la lengua. Si no tuviera la cara cubierta de pelos me animaría a decir que se sonroja. Abuela le eligió el nombre por un personaje de la novela Moisés y los 10 mandamientos. Comparada con sus hermanos es alta. Mientras come de la fuente, se olvida de la comida, sale a galopar alegremente y luego regresa a comer. Le gusta dormir la siesta en el tobogán. Cuando estoy horas fuera de casa y llego, todos me reciben menos ella. Se queda atrás ladrándome, como preguntándome dónde estaba y por qué no le atendía el teléfono. Después viene y me pellizca los dedos con sus dientes.

Brick

Brick era divino. Se parecía a un salchicha. Pero la genética le llegó y le comenzaron a salir mechones marrones y rojizos. Adoptó la costumbre de tirar sus orejas hacia atrás y mirarte fijo con la cabeza gacha. En ese momento soy capaz de entregarle una bolsa entera de alimento, todas mis contraseñas, mi virginidad anal o cualquier otra cosa con tal de que sus orejas recuperen su posición habitual y mire con la cabeza alta. Al estar Cuando está alegre molesta a la madre. Va y la empuja, le muerde el cuello. Por unos días quiso convertirse en el hombre de la casa, sin embargo, todavía no sabe orinar con una pata levantada. Por las mañanas y a la noche, subo y bajo, respectivamente, las persianas de mi pieza y él lidera la jauría que viene a gritar a la ventana. Talvez le molesta el ruido que produce. Prefiero creer que tiene miedo de que sea la última vez que las vea subir o bajar.

Juntos son complementarios. Llevan ocho meses conviviendo y aunque alguna vez discutieron y hasta llegaron a tirarse un tarascón cuando uno le quiso sacar un hueso de asado a otro, nunca se pelearon. Mientras les cambio el agua suelo contarles algo disruptivo que me sucedió durante el día. Les comento que están muy lindos para subirles la autoestima. Nadie quiere perros deprimidos. Una sola vez les tuve miedo a todos juntos. Me encontraba en el fondo, una noche despejada y oscura, fumando sólo. Vita estaba hipnotizada por el cigarro, al lado mío, como pidiéndome que le convide una seca. Ni pestañaba. Los demás observaban de lejos. Ella retrocedió, esperó que El Pepo comenzara a ladrarme y arrancaron todos en coro. Mi corazón empezó a latir bailando un perreo intenso, como si una afrodescendiente se moviera al ritmo del twerking en mi pecho. No estaban enojados como para atacarme ni advirtiéndome lo nocivo del humo en mis pulmones, se pusieron así por la imagen mía fumando un porro, sólo y de noche.

Comencé a escribir para darles una historia individual y grupal. Para que los conozcan aquellos que sientan ganas de adoptarlos. Abiertamente, no tengo ganas de dejar de verlos todos los días, pero es lo mejor para ellos. Son muchos y no hay un espacio para que estén cómodos. Dejo mi egoísmo de lado un rato, buscando su bienestar. Me encantaría leerles este texto a ellos, pero presiento que me van a ladrar en coro. No para atacarme ni tampoco para advertirme sobre lo nocivo de darlos en adopción; se pondrán así por la imagen mía extrañándolos, fumando un porro, solo una noche cualquiera.

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