¡Perdón Mauro!


Desde un primer momento cada vez que lo leía o lo escuchaba me irritaba. El verbo era -y es- moneda corriente en nuestro país y hasta algún chistoso lo habría intentado incluir en el diccionario de la RAE: “Icardear” o, en criollo, cagarle la mujer a un amigo, se transformó en parte de nuestro lunfardo y hasta llegó al punto de ser una palabra usada para todos y todas (ya no bastaba con que su sinónimo sea lo ya mencionado sino que también muchos la empezaron a utilizar para cualquier tipo de comportamiento “garca”).

Tengo que aceptar que desde un principio me dio un poco de lástima el pobre Mauro. Enamorarse le costó un poco caro, ¿no? Su apellido, su nombre, su cara y su persona se asociaron inmediatamente con quizás uno de los actos más infames de la historia. Pero el pibe se la bancó… Le puso el pecho a la situación y aunque por todos lados lo mataron; decidió formar una familia con Wanda, tener dos hijos y hacerse cargo de tres más. Más de uno hubiese salido corriendo por la puerta de atrás, estoy seguro.

Fue el otro día, chusmeando portales de chimentos, que me topé con un pequeño párrafo de la autobiografía de Mauro que me hizo volver a pensar en él y en su “icardeada”. Quizás fue mi costado más romántico el que me puso a divagar e imaginar qué hubiese hecho yo en esa situación: ¿Me la jugaba por amor o me creía todo ese verso de los “códigos” entre hombres? ¿Me perdería la oportunidad de quizás encontrar la mujer de mi vida o seguiría de joda con Maxi en yates lujoso por Ibiza? ¿Me animaría a formar una familia con la mujer de un “colega” aunque estuviese hipotecando mi futuro? Seguramente el bueno de Mauro ni siquiera tuvo tiempo de pensar en todo esto. Es más, muchas veces pensé -aunque ahora lo lamento un poco- que por muy bueno que resultó ser, terminó siendo bastante boludo…

Y aunque nos parezca extraña esta reacción y su consecuencia, hasta el mundo animal, el más salvaje de todos, se desvive en este tipo de cuestiones. No es casualidad que National Geographic haya divulgado un video donde dos pingüinos de la misma colonia pelean ferozmente por el amor de una preciada “dama”. Demostrando que hasta en nuestro mayor estado de naturaleza, ese que muy bien describió Hobbes en su Leviatán, el amor puede llevarnos a situaciones extremas y hasta impensadas.

Por eso hoy escribo esta especie de “disculpas públicas populares”; haciéndome cargo un poco del tormento que quizás le hicimos pasar a un chico de 19 que no sabía donde metía la cabeza pero como cada vez que la pone para hacer un gol lo hizo con total seguridad. A quien para mi se la jugó por amor sin importar el famoso “qué dirán”. Porque el mote de “traidor” le quedó pintado, como cada traje que le ponen las principales marcas italianas de ropa, y no dudó en lucirlo aunque eso le costara su citación a la selección argentina -quizás el mayor anhelo de su corta carrera.

Porque el término “icardear” debería ser sinónimo de amor. De enamorarse. De jugársela. De perderte en la mirada de otro sin importar más nada. De hacerse cargo de algo que no es tuyo pero que para el otro, ese/esa que mirás encandilado cada vez que se te aparece enfrente, puede ser la vida. De tener huevos, dentro y fuera de la cancha, para dejar todo por otro.

Por todo eso, y seguro por algunas puteadas más que pueden llegar a venir cuando juegue en la selección: ¡Perdón Mauro!

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