Apostar la dignidad


Año 2008- 19 años- mes de febrero ¿Responsabilidades? Ninguna. Los finales de la facultad todavía no se asomaban y veníamos de pegar terrible gira de 15 días en la costa 20 locos juntos en una casa.

Era sábado y llovía. Me puse una campera y me tomé el 60 con destino a lo de mi amigo Sotana. En su casa no había nadie. La familia estaba de vacaciones y yo ya era prácticamente un almohadón más del sillón de su hogar. Normalmente mirábamos partidos de fútbol, pero ese día no había nada interesante, seguramente jugaba Arsenal contra Olimpo o algo así, y faltaba mucho para salir a reventar la noche.

El segundo paso a seguir si no había un buen partido, era prender la Play Station 2 y jugar un par de fichines, pero esta vez lo quisimos hacer un poco más especial. Agarramos papel y lápiz y armamos un torneo de Winning Eleven que iba a durar todo el día, hasta que llegara el resto de la banda a tomar unos whiskys.

Anotamos 10 clásicos del fútbol mundial y teníamos que jugar ida y vuelta. Por ejemplo, él jugaba con el Real, yo con el Barcelona y después al revés. Cosas que hace uno a esa edad para ponerle un poco más de color al asunto.

Éramos bastante parejos jugando a la Play y de hecho cuando se armaban partidos dos contra dos, no recuerdo haber perdido jugando junto a Sotana; aunque los duelos con los Monines eran bastante ásperos. Pero la realidad era que nos gustaba más jugar el uno contra el otro que hacer un dúo. En casi todo nos enfrentábamos a pesar de nuestra gran amistad. Así, sin darme cuenta bien en qué momento, decidimos hacer una apuesta.

¿Qué apostamos? No hubo plata de por medio, ni un fernet Branca, ni la entrada al boliche. Apostamos la dignidad. Quien ganara esa serie de 20 partidos, debía decir por el resto de su vida que el otro era mejor que él jugando a la Play.

Wacho, a vos te puede parecer una pavada, pero como dije antes, aunque éramos y somos grandes amigos, también éramos contrincantes y esta timba no era una más, ya que los demás de los pibes también sabían de nuestra rivalidad.

Como siempre las cosas eran bastante parejas pero los goles se gritaban más fuerte que nunca sin ningún tipo de respeto y el clima era muy tenso. Hasta creo que el vecino de al lado se vio un par de partidos por la ventana sintiendo nuestra pasión y nuestro temor por perder la apuesta.

Llegó el momento. Partido número 20. Sotana: diez partidos ganados. Yo: nueve. Ni un solo empate. Creer o reventar…

Si yo ganaba empatábamos y había que definir con una nueva serie, pero si él me ganaba mi vida iba a cambiar. Sus descansos y los del resto del grupo me iban a llover. No había margen de error, tenía que ganar.

Porto vs Benfica. Yo era el Porto. Parecía que se acercaba el primer empate, todo muy trabado. La igualdad a mí no me servía y teniendo en cuenta eso, Sotana planteó un esquema muy mezquino, 5-4-1. No puedo decir nada, en esa situación yo hubiese hecho lo mismo. Igualmente faltaban 30 minutos del segundo tiempo y meterse atrás no siempre es sinónimo de mantener el resultado.

Llegó la noche y cayeron los pibes. Un Old Smuggler de litro, dos cocas y seis birras. Éramos cinco. La previa iba a ser larga. Comenzamos a charlar de banalidades, hasta que el victorioso de los dos se alzó de orgullo y tiró la pregunta fatal:

¿Che wacho quién es el mejor jugando a la Play de nosotros dos?

Vos Sotana, sos mejor que yo y siempre lo vas a ser.

 

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