Pe!otu2s


Hoy me entrevistó un pelotudo. No sé qué cara se les pone ni cómo se procede, nadie me lo enseñó. En mi cabeza tenía tal remolino de indignación, apatía y fobia a su pelotudés institucionalmente avalada que no pude prestarle demasiada atención al contenido de la entrevista. Articulando frases con jerga progre adquirida en algún blog fantasma hace cinco minutos, se desvivía por explicarme de qué se trataba el puesto por el que iban a pagarme un sueldo volátil, pero no lo logró; claro.

Esgrimía con notable esfuerzo, y con lastimada cadencia, algunos conceptos pelotudísimo sobre que esto “está recién empezando” y que “pueden llamarme en cualquier momento”. Gracias, pensé. Volveré a mi casa y le diré a mi madre que me mudo, que me voy de casa, que fiesta, que alquiler, que muebles porque “en cualquier momento me llaman” porque “esto recién empieza”. ¿Qué se supone que hay que contestar? ¿Que decirle eso a alguien que busca trabajo es ridículo, irrespetuoso, insuficiente, inútil? ¿Soy yo la que tiene que explicar?

Me despido desanimada. Me pregunto por qué él tiene trabajo y yo no. Me victimizo sin pudor y repaso mis pequeños hitos. De inmediato ahí están: un millón de frases de autoayuda y liderazgo me regañan -uno ya no puede ni pensar libremente- y me dicen que esa no es la actitud, que todo hay que ganarlo, buscarlo y crearlo. Él lo habrá hecho. El pelotudo ese. El que me pregunta pavadas y no lee mi currículum porque la pereza lo tiene abombado. Salgo afuera y el calor me pega la trompada final después del traumático episodio de ping pong de preguntas mal formuladas.

Después de tanto odio y expuesta al sol caliente y el aire húmedo de Constitución, me miro los pies que sufren en unos tacos hechos mierda y pienso si la pelotuda, en realidad, no seré yo. ¿Estaré juzgando de más? Tal vez es un profesional calificado, hábil en la gestión y concreción de proyectos que articulan políticas sociales e iniciativas con asociaciones barriales. Le mejora la vida a la gente. Ese pelotudo. Ese que tiene una oficina linda y un puesto en spanglish. Capaz lo juzgo, lo prejuzgo. Soy mala mina.

Las ampollas que los zapatos me formaron en los talones me arden como nunca. Me detengo en la parada del 130 y me abrazo a mi cartera esperando al bondi que más me gusta de todos los bondis. Llega rápido, encuentro la sube rápido. El minuto a minuto repunta. Voy sacándome de encima la mala sensación que me dejó la entrevista. Llega mi turno en la fila y subo al colectivo. Uno, dos escalones. Tiene aire acondicionado. Me pega en la cara transpirada y me siento en la gloria. Paso la sube, pip. Escaneo el colectivo con la vista, hay lugar, camino chueca por mis talones sangrientos, me siento. Aleluya. Ya con el colectivo en marcha miro por la ventana y no puedo evitar llegar a la conclusión inevitable; no prejuzgo ni odio de más, el pelotudo es pelotudo, y eso también está bien.

1 Commentario

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    Emiliano
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    Estoy en la misma. Desde agosto de 2017 no consigo trabajo. Mi cruz? Un juicio laboral a un empleador que no me indemnizó, y haber cambiado de empleo 3 veces en un año; no confian en que me quede mucho tiempo en su empresa de mierda (y quizás tienen razón).

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