Pasantía en Almaty


Por Aranza Hernández

 

¿Cómo están, amigas?

Yo todavía no logro apropiarme de este lugar que hoy me habita. Es cierto que la distancia de los afectos termina por sentirse, más aún en una cultura tan diferente y sin poder expresarme. Apenas capto algunas señales, pero resulta imposible comunicarme, bastante le debo al traductor del teléfono.

La gente es muy cerrada y todavía me impacta la mezcla de rasgos y dialectos que conviven, igual, siempre dicen que los primeros días suelen ser los más difíciles. Aún así, Almaty es un lugar sorprendente, no dejo de fascinarme por los contrastes que emergen ante mis ojos.

Cada vez que salgo de mi casa, paso horas deleitándome con las construcciones, los edificios y los diseños que se mezclan en la ciudad. Las famosas torres amarillas, el fuerte Verni, el centro comercial, las calles y autopistas que convergen en un mismo plano y en el fondo, la cadena de montañas bañadas en nieve perpetua, que me recuerdan que la naturaleza siempre es más imponente.

Hacia cualquier lugar que gire con mi cámara, puedo detectar una captura majestuosa. Y en todas las esquinas cierro los ojos al escuchar la música que sale de los negocios, la fusión de las melodías clásicas con el folclore nacional me transporta al vals de la película Anastasia y de a ratos me siento parte de un baile en un castillo encantado, pero con jeans y ojotas.

Si me alejo un poco del centro, no dejo de maravillarme con innumerables ríos y lagos cristalinos que fluyen en distintas direcciones, las líneas de pinos en escalas de verdes me recuerdan mucho a Bariloche, aunque acá la humedad te atraviesa los huesos. Las superficies varían en pocos pasos, del desierto a la selva, de lo llano a la altura, del cemento a la naturaleza. Aún me queda mucho por conocer y fotografiar, mientras tanto, me conformo deleitándome con los albaricoques, una fruta muy parecida al durazno que se consigue en todos lados.

La gastronomía es bastante particular, cuando visitas los puestos de comida, las especias y los frutos secos se te impregnan en la nariz. Estos días me divierto pidiendo los menús y eligiendo alguna imagen al azar esperando tener éxito. Probé cosas riquísimas hasta que el martes pasado me intoxiqué con una leche picante. Nada que tres días de diarrea y mucha hidratación no pudieran curar, pero reconozco que me asusté bastante. Por suerte, mis compañeras de cuarto estuvieron super atentas y me hicieron sentir acompañada en todo momento. Las dos son españolas así que aprovecho para hablar con ellas. Desde que arranqué esta pasantía, es el único momento en que no tengo que recurrir a los gestos para transmitir algo y es tan liberador.

Espero terminar la bitácora lo antes posible, así la presento y disfruto más el último mes en este lugar tan ambiguo. El premio ya lo gané al conocer una ciudad que no sabía ni que existía, pero ojalá logre plasmar la “visión de una occidental” perdida en Asia Central. Otro dato de color es que muero por la bandera de esta metrópoli, imagínense que en el centro tiene un felino, flores, montañas, y colores. Tal vez les lleve alguna remera, que luego, claro, usarán para dormir. Lo cierto es que esta experiencia es la puerta a un mundo incierto, y si bien extraño mucho, me entusiasmo más con cada nuevo recoveco conocido.

¡Deseo que estén muy bien, las quiero y espero sus novedades!

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