No vine a que me humilles


No vine a que me humilles

Cuando tenía 22 años entré a la Universidad Nacional del Arte a estudiar actuación. Era mi segunda carrera, me había graduado como comunicador y ya estaba trabajando en una gran empresa.

La vida corporativa a esa temprana edad me había asfixiado y entendí que necesitaba la dosis de libertad que solo se puede encontrar a través del juego que te permite el arte. 

A diferencia de lo que piensan muchos, estudiar actuación como carrera universitaria exige un nivel de disciplina tan grande como el de cualquier ciencia exacta. Además, implica sumergirte en lo más profundo de tu esencia para conocer la plasticidad de tu cuerpo, el ritmo de tu respiración, la profundidad de tu imaginario y el impacto en tu emocionalidad de experiencias que creías superadas.

No sé cómo son otras universidades artísticas, pero la UNA tiene algo mágico. Cuando estás ahí sentís que el tiempo se para. Todos los días interactuás con cientos de pibes y pibas de entre 18 y veintitantos entusiasmados por mostrar su creatividad. Gente que después de años de estar en colegios donde al arte no se le da un espacio por fin encuentra su lugar de pertenencia. 

Durante los primeros dos años que estuve ahí sentí que cumplía un sueño. Estaba estudiando en una universidad pública para perfeccionarme como artista, una locura. Me creía el protagonista de Fama o Flashdance.  

El año que me inscribí, elegí las cátedras exclusivamente por el horario. Desconocía por completo a los profesores, solo me importaba que las materias no se superpusieran con mi trabajo.

Tuve mucha suerte, caí en la cátedra de un profesor que, aunque tenía una gran trayectoria como comediante, supo cautivarme exclusivamente con su calidez. Además, me tocó un grupo de compañeros que hasta el día de hoy siguen siendo mis amigos.

En ese momento, compañeros de otros cursos y alumnos más grandes nos hacían notar que nuestra cátedra estaba bien para primer año pero que si nosotros queríamos ser verdaderos actores los próximos años teníamos que elegir mejor. Para ellos, cátedras como la nuestra eran para reírse y pasarla bien, como si eso fuera algo malo en la universidad. 

En la UNA había una especie de postulado implícito de que existían algunos profesores de élite con los que todos deberían querer cursar y que quiénes lo hacían iban a tener un currículum mejor que el resto.

Para entrar en estas cátedras era necesario tener un buen promedio (como pasa en casi toda universidad). La particularidad en el arte es que la evaluación en muchas materias parte de un juicio subjetivo, por lo tanto, si los alumnos quieren sacarse una buena nota es imprescindible que hagan cosas que le gusten al profesor.

Parece que estoy diciendo una obviedad, pero acá la necesidad de gustar se volvía muy fuerte. Para todo artista la crítica es importante y cuando esta viene de un profesor aumenta su valor.

Cuando me di cuenta de esto, la emoción del principio se empezó a pinchar. De a poco entendí que dentro de este mundo de aparente democracia artística había ciertas castas y que si querías formar parte de ellas tenías que bancarte lo que hiciera falta.

Este grupo de profesores tenía la potestad de demostrar con asco su desagrado y hacer sentir a sus alumnos de la peor forma. Estaban autorizados a faltarles el respeto diciéndoles cosas sobre sus cuerpos y su personalidad. Cosas que no empoderan a un artista sino lo contrario, lo hacen querer dejar todo y sentirse que es incapaz de generar una emoción (algo imprescindible en cualquier actor).

Hace pocos días, compañeras y compañeros que tuve a lo largo de los cuatro años que cursé en la UNA se animaron a contar algunas de sus peores experiencias. Frases como “nunca vas a ser protagonista porque no sos linda”, “para actuar bien deberías volver a nacer” o “estas gorda” se multiplican con sus testimonios.

Incluso, expusieron situaciones sumamente incómodas que en su momento a todos nos pareció que estaban bien.

Por ejemplo, una chica contó que en la cátedra de una de las profesoras más importantes de la institución todos tenían que participar de un ejercicio un tanto violento. Este consistía en que una alumna se fuera atrás de un biombo con dos chicos para que sus compañeros la toquen y besen con el fin de estimularla antes de salir a escena. Si se trataba de un varón, la situación se daba al revés. Oponerse a esto era no animarse a ser actor. 

Las víctimas de estos ataques y de los obligados ejercicios estimulantes, eran pibes que estaban empezando a conocerse a sí mismos. Para muchos fueron golpes fuertes en el autoestima que al día de hoy siguen doliendo. 

Lo peor, es que todo pasaba en el aula y nos tenían a otros chicos jóvenes como testigos. Todos creíamos que esa pedagogía estaba bien y hasta llegamos a repetirla. Yo mismo me encontré diciendo frases como “no entiendo qué hace este acá”, “al final entra cualquiera” o “que le deje el lugar a otro que realmente quiera estar”. También, me acuerdo que la mayoría de los alumnos evitaba hacer ejercicios con esos compañeros para que los profesores no creyeran que tenían su mismo nivel.

Hoy con treinta y un años, viendo lo que muchos compañeros sufrieron, me cuestiono el haber sido cómplice de esas situaciones. Entiendo que el status de los alumnos en el aula no es el mismo que el del profesor, pero creo que igual muchas de esos abusos se pudieron haber frenado.

Las universidades tienen que ser espacios que permitan el error, el intento, el autodescubrimiento. Qué importa si salís de ahí siendo Darín o un actor que pasa la gorra, lo único que debería importar es que en ese espacio te nutras para animarte a ser y hacer. 

Hay que terminar con el implícito de que hay un único modelo válido de profesional. La formación es eterna y las elecciones se toman hasta el último día. 

El estudio puede tener sufrimiento, pero sin dudas no puede ser consecuencia de los ataques de quienes deberían enseñarte. Porque justamente, si enseñan humillación las universidades pierden valor.

1 Commentario

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    Tomas cutler
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    curse en la emad y el iuna, tuve grandes peleas con compañeres e instituciones. Fui discriminado y mal tratado. Siempre visibilice estos métodos que no tienen Nada que ver Con el arte y menos con el teatro.

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