Mis muros y Berlín


Por Anna Preüs

Soy de esas personas que dicen más de una vez “nunca en mi vida haría tal cosa…”. Sí, ya sé, los prejuicios de antemano no son para nada buenos. Pero muchas veces los preconceptos que nos invaden y la lluvia de (des) información nos obliga a construir una especie de coraza o defensa contra las diferentes cosas (buenas o malas) que existen en la realidad que nos toca vivir. Y bueno, muchas veces terminamos diciendo que no a cosas por el simple hecho de juzgarlas y las dejamos pasar sin darles una verdadera oportunidad.

Sí, me puse un poco filosófica y parece que escupí palabras sin sentido; pero siento la necesidad de aclarar esto antes de poder contar cómo fue la “mejor noche de mi vida”.

Los primeros meses del 2019 me encontraron de viaje. En uno de esos momentos de “liberación” absoluta donde uno empieza a pensar qué hacer de su vida y a cuestionar todo lo previamente aprendido. Europa es un buen lugar para hacerlo porque, entre otras cosas, muchas de sus ciudades tienen una sociedad algo más abierta de mente a la que estamos acostumbrados nosotros. O por lo menos, eso me gusta pensar cuando estoy en otro país. Como si el aire vacacional, los nuevos paisajes y esa mínima despreocupación por no tener que poner una alarma o sentarme en el mismo escritorio todos los días; se le trasladase también a la gente en su día a día.

Las infinitas caminatas nocturnas por ciudades como Barcelona, Brujas, Ámsterdam y Praga me sugerían eso. Me llenaban de un aire liberador que me empujaba cada vez más a romper prejuicios y vivir algo más descontracturada. Aunque no fue hasta que pisé Berlín que ese sacudón de espontaneidad y rebeldía se me presentó de una forma inesperada que hasta el día de hoy, de tan solo acordarme, se me eriza un poco la piel.

Él me venía hablando hace unas semanas sobre lo excitante que era Berlín, una ciudad que según su descripción estaba en constante transformación. Y no era solo el lugar, su gente también. Una especie de submundo distópico donde el sufrimiento y la angustia quedaron a un lado -claro, ¿qué puede ser peor que someterse a un gobierno liderado por Hitler?- para darle lugar a un libre albedrío donde cada uno puede hacer lo que quiera -dentro de los conceptos ya establecidos de nuestra sociedad- cuando quiera y donde quiera, sin molestar al otro. Mujeres en corpiño caminando por la calle sin miradas perversas desnudandolas, travestis atendiendo cafés, hombres paseando de la mano y viejos de casi ochenta años con tatuajes hasta en la cara. Gitanos, musulmanes, judíos y ateos conviviendo en un mismo barrio.

Entre todo este contexto de imágenes visuales invadiendo mi inconsciente, se disparaba uno de mis mayores miedos y tabúes: las drogas. Creía que había visto todo -o casi todo- en Ámsterdam. Pero caminar por la capital alemana es también entender que lo de Holanda es un parque de diversiones creado para turistas que quieren romperse la cabeza por unos días y después volar a su triste realidad. En cambio, acá no existían esas miradas incómodas y cómplices, negocios absurdos -como venderte una remera con el nombre del coffee shop- o grupos de yanquis regodeándose en el piso por unos hongos alucinógenos. No, este era un mundo totalmente distinto al que estaba acostumbrada.

Me había pedido que lo acompañara en nuestra segunda noche a un boliche que se llamaba Watergate, según él, uno de los más famosos de Berlín. Ese día nos la pasamos caminando por la ciudad con uno de esos tours gratuitos que te muestran la cara más fotografiable de un lugar. Paseamos desde la Puerta de Bradenburgo hasta el famoso Checkpoint Charlie. Y aunque me había quedado con sabor a poco y con ganas de descubrir más de la capital alemana, él me pidió de volver temprano para poder descansar un poco para la noche. No le podía decir que no, sus ojos brillaban cada vez que me hablaba de las ganas que tenía de ir a bailar conmigo. Era una de las primeras veces que íbamos a salir en lo que iba del viaje y, aunque no se lo había dicho, yo también tenía muchas ganas.

Compramos unos vinos de pasada al hostel y unos fideos para tener la panza llena antes de salir. Me advirtió que en la mayoría de los boliches de Berlín se tenía que ir con ropa negra, lo menos llamativa posible, y sin celular porque adentro de los lugares no se podía sacar fotos ni filmar. No entendía muy bien de qué se trataba todo eso y hasta algo de miedo me daba la situación. No sabía qué esperar, pero de nuevo, las ganas de salir los dos juntos en Europa y ver el amanecer en alguna callecita alemana le ganaba por mucho al miedo y la incertidumbre.

Llegamos cerca de las doce después de cruzar un puente al lado de la famosa East Side Gallery, la parte del muro que hoy descansa como una galería de arte callejero -quizás la más famosa del mundo. Watergate estaba justo en una esquina sobre el río Spree y era mucho más chico de lo que pensaba. Eran dos pisos con un techo lleno de luces leds pero donde no entraban mucho más de doscientas personas. Ingenua yo, pensaba que me había invitado a un Tomorrowland o algo por el estilo.

Entramos y después de las dos primeras cervezas él me dijo que lo esperara unos minutos. Me quedé afuera, disfrutando de la postal impresionante que me regalaban el río, el puente y los edificios de Berlín. La ciudad me dejaba atónita y sin palabras, hasta que volvió unos minutos después. Yo me imaginaba a dónde había ido, pero prefería pecar de ingenua y preguntarle con cierta timidez. No necesitó muchas palabras, y de uno de sus bolsillos sacó lo que para mi era una yapa rosa. Un cuadradito del tamaño de una uña y de un color fucsia. “¿Probamos qué onda? Acá tienen que ser buenas, las venden en la puerta del baño sin problema y había casi una fila para comprarlas”, me dijo para darme cierta valentía.

Me hice la entendida, la que estaba segura de lo que iba a hacer y que quería disfrutar con él de esa noche como tanto me lo había pedido. Aunque por dentro un miedo indescriptible me invadía y la poca certeza de lo que iba a pasar una vez que me metiera eso en la boca me estaba carcomiendo la cabeza.

Había leído mucho antes de esa noche. Escuchado historias de amigas. Otras suyas. Sabía de los efectos, tantos los buenos como los malos. Me los había memorizado. Pero en ese momento mis manos empezaron a transpirar más de lo normal. Mi cabeza daba vueltas y repetía la información una y otra vez para autosatisfacerse de una seguridad inconsciente y silenciosa.

“Empecemos con un cuartito, y vemos cómo nos pega”, me dijo mientras mordía un pedazo de esa yapa rosa y me señalaba dónde tenía que morder yo. No quise pensarlo mucho porque sabía que si lo hacía, el “no” -tentado por mis miedos- podía llegar en cualquier momento. Cerré los ojos y le di un mordisco en el que casi le arranco los dedos.

Le dí unos tragos a la birra para tapar el amargor y con las burbujas todavía en la lengua le metí un beso, de esos que quedan en el recuerdo. Me dijo que aguantara un poco, que si sentía algo le avisara, y que no me preocupara que me iba a cuidar toda la noche. Sonreí. No sé cuánto pasó ni cómo, pero una electricidad me empezó a subir por todo el cuerpo. Desde los dedos gordos del pie, hasta la nuca. Un batallón de hormigas subiendo por mi piel y arrancando una fiesta de sensaciones que hasta ese día parecían solo dignas de una alegría imposible de conocer.

Cuando pude abrir los ojos nuevamente estaba bailando sin parar. Riendo sin parar. Hablando sin parar. Disfrutando sin parar. Lo miraba a él, y como esas luces del techo lo iluminaban y decoraban como a un arbolito de navidad. Los bajos se escapaban de los parlantes y me rebotaban en el pecho una, otra y otra vez. Una mezcla de adrenalina, felicidad y éxtasis me empezó a desbordar. La sonrisa me quedaba chica y los cachetes se me marcaban con dos hoyuelos inmensos. Me empecé a abrazar con personas que desconocía, pero que en ese momento parecían amigos de toda la vida. No sabía exactamente qué música era la que sonaba, pero parecía ser el soundtrack perfecto. Y las palabras, esas que a veces me cuesta tanto decir, desbordaban de mi boca sin pedir permiso. En español, inglés, francés y hasta en un inventado alemán. No importaba, en ese momento parecía entenderse todo.

Las horas pasaron volando, y cuando quise darme cuenta el sol empezaba a salir desde el río. Debían ser las seis o siete de la mañana, pero el sueño y cansancio habían pasado a un segundo plano. Pensamos en cómo seguir porque definitivamente ninguno de los dos tenía la cama como un plan. Empezamos a caminar por la calle que bordeaba el río y nos acordamos lo cerca que teníamos la famosa East Side Gallery. No lo dudamos. Con la misma energía, y el batallón de hormigas intacto, bailamos hasta lo que queda en pie del Muro de Berlín. Lo miramos y caminamos de una manera especial. Los colores de los graffities se entrelazaban entre sí y se movían en una sinfonía de arte callejero que nunca había visto hasta el momento.

Llegamos a la pared donde se ve el beso entre Breshnev y Honecker, los ex líderes de las mitades de Berlín, y los dos nos frenamos por unos minutos. Los rayos del sol nos pegaban de lleno en el pecho cubriéndonos de calor. Esa era la imagen perfecta para terminar la noche, el amor en su máxima expresión: un beso entre dos opuestos, el fin de una guerra, la libertad, la caída de un muro y la puerta a un nuevo mundo. Lo miré fijo una vez más, lo abracé y cerré los ojos. Todas las cosas que había leído durante años, lo que me habían dicho, se cayó por la borda en cuestión de segundos. Esos prejuicios y preconceptos se ahogaban en el río, esperando un rescate que, poco a poco me fui dando cuenta, nunca iba a llegar. Y esos cientos de “nunca haría…” se empezaron a transformar en interrogantes inmensos dándole lugar a bailes, risas y muchos más muros por derribar.

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