Mientras tanto


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Campo de refugiados improvisado en Francia- Jungla de Calais

Hace poco, la canciller argentina, Susana Malcorra, le daba la bienvenida al país a tres mil refugiados de origen sirio. La ONU nos felicitó, los diarios escribieron sus artículos y sumamos algunos porotos en el Monopoly de la escena internacional. Pero, casi siempre, tocamos el tema de los refugiados de oído. Es algo que pasa allá, lejos. Un montón de gente toma medidas desesperadas con tal de salir de su país  y otro montón se espanta por el aluvión de extranjeros a quienes acusan de todo tipo de fechorías. Casi como en una película.

Acá, en la democrática y “pacífica” Argentina de los últimos 33 años, no sabemos de qué se trata eso de los edificios bombardeados, los tanques en la calle, los detectores de metales en la entrada de los shoppings, los soldados armados en todos lados y el daño físico y psicológico de una constante guerra que no respeta escuelas ni hospitales. Tenemos muchos líos por acá, sí. Suceden tragedias cotidianas que tenemos que solucionar y que nos marcan, sí. Pero la guerra no nos vino en el combo.

¿Cómo es que tu ciudad se vuelva escombros? ¿Que tus amigos queden atrapados y mueran entre paredes derrumbadas? ¿Ver a tu papá asustado cuando pasa un avión? ¿Cómo es elegir pagar miles de dólares para subirte en un barco inflable y ver si llegás vivo a Europa, en donde no tenés nada? ¿Cómo es dejar tu país porque si no te matan? ¿Que todo lo que un día conociste se desarme y tu vida entera consista en sobrevivir? ¿Cómo es?

Asociamos la crisis de refugiados con Europa, pero el mayor campo de refugiados del mundo está en Kenia y se llama Dadaab. La mayoría de los que lo habitan son de origen Somalí y tuvieron que huir de su país por la cruenta guerra que todavía lo azota. Quienes viven en el campo no pueden circular libremente por el país y están en una situación de confinamiento y absoluta dependencia de la ayuda humanitaria (Volver a Somalia muchas veces no es una opción por obvias razones).

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Campo de refugiados Daadab// Créditos: The Guardian

Mientras estuve en Kenia, tuve la oportunidad de escuchar a Octopizzo, hiphopero keniata, activista y embajador de la juventud para ACNUR (la agencia de la ONU para los refugiados). Octopizzo colabora en los campos de refugiados de Kenia y hace diferentes actividades relacionadas con la juventud, como por ejemplo, competencias de canto y baile, y torneos de fútbol. Nos contó de los talentos que encontró en Daadab, de cómo logró sacar a algunos del campo para trabajar con él – con previa autorización del gobierno-, de las ganas que hay ahí adentro y de cómo los pibes le decían ¨I want to be like Messi, man¨. Parece que, después de todo, los chicos y adolescentes de un campo de refugiados en Kenia y millones de pibes argentinos tienen un sueño en común.

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Hace algunos meses, el gobierno de Kenia anunció que a fines de este año planea cerrar Daadab (si efectivamente lo harán, es otro tema). ¿Por qué? Porque Creen que representa una amenaza para la seguridad nacional y acusan filtraciones del grupo terrorista de origen Somalí, Al Shabab. Muchos, serán obligados a volver a un país en guerra y si eso no les gusta, que se arreglen.

Mientras tanto, Donald Trump gana las elecciones y promete construir un muro para evitar que los mexicanos, ese colectivo de violadores, dejen de ingresar a su país poblado de ángeles. Mientras tanto, México no sabe qué hacer con los migrantes (¿refugiados?) centroamericanos, muchos de ellos menores de edad, que atraviesan su territorio para llegar a Estados Unidos, huyendo de la pobreza y la violencia de las Maras. Mientras tanto, Francia desmantela la Jungla de Calais, un campamento de refugiados improvisado por quienes esperan para cruzar a Reino Unido, y a cuyos habitantes no sabe a dónde reubicar. Algo así como “el lobo no quiere sacar a la chiva, la chiva no quiere salir de ahí…”. ¡¿Qué onda?! ¿Qué historia nos contaron? ¿Qué cosas nos creímos? ¡No podemos jugar al “tú la llevas” con personas!

Mientras tanto, en Argentina, no vemos barcos llenos de gente llegando a la costa ni tenemos campos de refugiados. Sin embargo, la xenofobia asoma por muchos lugares y de formas variadas: en informes de programas de televisión, en comentarios de sobremesa, en miradas, en cierta concepción de la belleza, en quejas desinformadas, en una clasificación invisible de inmigrantes de primera y de segunda categoría, y la lista sigue. Ojo, que estar al final del mapa no nos protege de las peligrosas corrientes que se empiezan a visibilizar en elecciones presidenciales, resultados de plebiscitos y exabruptos policiales. Cuidado, que a veces las cosas que nos indignan y nos horrorizan cuando las vemos en CNN, son las mismas que validamos y cristalizamos cuando, en el preboliche del viernes, nos reímos de ese comentario con gustito a xenofobia.

Cuando el sistema está podrido, la reflexión necesita ser constante porque nadie, pero nadie, está a salvo. Nadie dice que sea fácil, ni justo, ni obvio. Es difícil, requiere trabajo y también un cambio de paradigma que nos da miedo. Pero aferrarnos a nuestro “juguete” como si tuviésemos cinco años no va a llevarnos a ningún lado. Alegar que “nos sacan el trabajo”, solo va a generar más miseria. Regulemos, hablemos, busquemos la manera de hacer que funcione; pero no nos mandemos mutuamente a la hoguera, porque la historia ya nos spoileó el final de esa película. Y si bien puede parecer imposible, hay que tener presente una cosa: las fronteras modernas las inventaron un grupo de hombres hace muchos años, con un lápiz y un papel.

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