Mi amigo me dice que soy mufa


“El hombre puede soportar las desgracias que son accidentales y llegan de fuera. Pero sufrir por propias culpas, ésa es la pesadilla de la vida.”
OSCAR WILDE

No soy de creer mucho en las cábalas. De hecho, salvo por contadas excepciones, no recuerdo haber encomendado mi suerte a una remera vieja para rendir un parcial ni una de esas pulseritas rojas para atraer cosas buenas. Nunca actué en un teatro, pero creo que no me jodería ponerme algo amarillo y en año nuevo evito esas ridículas tradiciones como comer doce uvas o estrenar un calzoncillo. Sí, lo sé, quizás con todas estas cosas camine sobre una fina línea entre creerme inmortal y ser un pelotudo. 

Pero hace unas semanas la vida me dio un giro inesperado. De esos que son difíciles de volver. El Gordo Juampi insinuó que yo indirectamente había creado mi propia cábala y que me tenía que pegar a ella si quería ser realmente feliz. En realidad hablaba por ambos. Si los dos queríamos ser felices. Se había dado cuenta, algo tarde para mi, que cada vez que River ganaba algo “importante” yo estaba fuera de Argentina. Y aunque sé que quiso disfrazar con sutileza y algo de amor su comentario, por lo bajo también quiso decirme que era “mufa”. 

La cosa es que yo venía pensando esto hace un tiempo, pero no me animaba a decírselo a nadie por miedo a que también quisieran tildarme de “eso” -prefiero ni decirlo y te recomiendo tocarte el huevo o la teta izquierda. 

Hace cuatro años había decidido irme de viaje por un tiempo, no sabía ni cuánto ni cuándo iba a volver. Y esa sensación de incertidumbre me generaba mucha satisfacción salvo por una cosa: iba a ser un tiempo largo, muy largo, sin poder ver a River. Una boludez, mucho más teniendo en cuenta que veníamos de años complicados y después de volver a salir campeones en mucho tiempo echaban al gran Ramón y llamaban a Gallardo, que hasta ese momento había estado dirigiendo en Uruguay, para que se haga cargo de mi único amor. Decidí que nos tomábamos un tiempo. Yo iba a estar muy lejos, en lugares donde quizás internet no llegara o en los que los partidos fueran en horarios incómodos, y él iba a arrancar una nueva etapa que -según mis cálculos- iba a tomar un tiempo largo para dar sus frutos. 

Me equivoqué. Desde que ese primer avión en agosto de 2014 salió de Ezeiza, el Muñeco devolvió a River a lo más alto del fútbol mundial y yo me tuve que conformar con verlo pixelado en páginas llenas de virus y porno, de madrugadas con ojeras hasta el piso y por radios como si todavía fuera la década del ‘80. Pero no me importó, la alegría de mi gran amor estaba por encima de todo y lo disfruté como nunca. Pensando que quizás en mi regreso iba a tener revancha…

Pero me equivoqué de nuevo. Casi tres años en Argentina y River siguió haciendo de las suyas: varias copas argentinas, supercopas y algunos clásicos. Ninguna internacional. Ninguna digna de una de esas promesas locas como un tatuaje en la frente o caminar a Luján. Y ahí estaba yo, rememorando por YouTube momentos felices que no pude ver en vivo en el Monumental. Escuchando historias del Gordo Juampi sobre esa proeza épica que fue ganarle a Tigres bajo una cortina de agua. O del abrazo de mis amigos Cooki y Gato cuando Barovero le atajó el penal a Gigliotti. Ahí estaba, esperando que la vida me diera revancha.

No aguanté mucho más en Buenos Aires, y sin indicios de una nueva alegría de mi gran amor, me volví a Ezeiza con planes de vivir un tiempo en el Viejo Continente. Era principio de 2018, época de Mundial y amarguras por doquier. Pero me quedaba una sola esperanza: ver al River del Muñeco dar alguna vuelta. No hace falta que te explique lo que pasó ese año, el gol agónico contra Gremio del Pity Martínez que grité en algún lugar de Oceanía y el tres a uno histórico que me hizo llorar una semana. Aunque, de nuevo, lejos de casa y del Monumental. 

La realidad es que el Gordo Juampi algo de razón tuvo cuando me hizo ese comentario. Yo en el afán de defender mi “inmortalidad” se la retruqué y le confié que es más una cábala que otra cosa. Que fui a la cancha toda mi vida y que la suerte de un equipo no depende de un boludo como yo. Que con esa teoría cualquier cosa que pasara “buena” o “mala” mientras no estuviera debería depender de mi. Que mi omnipresencia no da para tanto… 

Pero sus palabras fueron mucho más fuertes que mis excusas. Esa sensación de ser la “piedra” que puede terminar con el imperio de Napoleón se quedó hirviendo en mi cabeza. Y ahora que mis ganas de reencontrarme con Buenos Aires son muy grandes, el dolor de sus dichos se hicieron carne viva. Esa frase hizo que me lo cuestione, que quiera aguantar unos meses más, darle un poco más de vida al Modo Oso y soñar con algo grande. Poner en práctica mi nueva y única cábala, y darle sentido a esa extraña sensación de creerme más importante que una pelota de fútbol. Y, sobre todo, darle una nueva alegría al Gordo. Por más que a veces se me formé un nudo en el pecho cuando hablo con mis viejos o que se me caiga una lágrima cuando escucho a mis amigos en un asado, creo que por ahora el pasaje puede esperar…

PD: si sos de Boca y querés hacer una vaquita para mi pasaje podemos charlarlo por privado…

1 Commentario

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    Martu.
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    Que grande que sos Pabli.

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