Mi amigo el transa


“I’m just lookin’ for a dear, dear friend of mine
I’m waiting for my man”

The Velvet Underground

“¿Viste lo del Operativo Albuquerque?” me preguntó Sofía, la secretaria de mi jefe.

“Si, zarpado”, le contesté haciéndome el desinteresado mientras seguía completando planillas de Excel. Ni ella ni ninguno de mis compañeros de laburo se imaginan que yo era cliente y amigo del tipo que aparece encapuchado y esposado en los medios y al que la policía denominó con el nombre de la ciudad donde transcurría Breaking Bad. Aunque sé que es verdad, me cuesta pensar que ese, al que describen como un temible narco, sea él.

Albuquerque no se llama así. Yo lo conocí como Silly, Manuel y Juan, aunque supongo que tampoco esos son sus verdaderos nombres. Empezó siendo mi transa, pero terminó siendo mi amigo.

Bah, no sé si amigo es la verdadera palabra, pero fue una persona con la que alcancé un grado de sinceridad y profundidad que con pocas personas tengo. 

Llegué a él de casualidad, como se llega a los transas. Quería comprar porro para un fin de semana largo y ninguno de mis dealers habituales tenía. 

Empecé a mandar mensajes desesperados a todas las personas que sé que fuman. Todas respuestas negativas hasta que un amigo, de un amigo, de un conocido me pasó su teléfono. En ese momento se hacía llamar Silly y tenía como foto de Whats App a un Bart Simpson con la gorra para atrás. 

La primera vez que nos encontramos fue en el Havanna que queda en Rodríguez Peña y Arenales. De entrada me gustó el lugar donde me citó. Me dió seguridad. Nadie se imagina que en un bar así alguien se junta con un transa. 

Con café y havanette de por medio, le compré 55 gramos de porro que me dio adentro de un sobre de papel madera que repartí entre varios amigos. Pasó casi un mes hasta que el arsenal se acabó y le volví a escribir.

Los encuentros se hicieron cada vez más seguido. Aunque yo tuviera porro me ofrecía a comprarle a cualquier amigo que necesitara. La adrenalina de estar haciendo algo prohibido a plena luz del día se volvió más adictiva que cualquier droga. 

La secuencia era siempre igual. Nos encontrábamos en la puerta del Havanna y caminábamos un par de cuadras por Recoleta. Cuando estábamos seguros de que nadie nos veía, intercambiábamos el porro y la plata. Después yo me tomaba el subte hasta mi laburo y él volvía a su oficina. Los dos a nuestra aburrida rutina.

Lo normal cuando uno hace este tipo de transacciones es hablar poco y separarse rápido. Con él siempre pasó lo contrario. Nos quedábamos hablando del laburo, amores, música, salidas, malas experiencias con drogas y hasta vacaciones. Todo lo que uno habla con un amigo.

Un sábado me desperté con un mensaje suyo que decía: “Amigo voy a desaparecer por un tiempo. Se pudrió todo. No me escribas, ni me llames. Dejo de usar este número”.

“Qué pasó?” le contesté, pero el mensaje nunca llegó.

Me preocupé pero no tenía forma de averiguar que le había pasado. No teníamos amigos en común y, aunque sabía que era despachante de aduana y laburaba por Tribunales, no tenía idea dónde quedaba su oficina. 

Pasaron meses hasta que volví a tener noticias suyas. En el medio aparecieron nuevos transas, pero ninguno se le parecía. Mercadería chota, poca variedad, precios con inflación y encuentros en lugares oscuros. Cosas que con Silly no pasaban. Además, ninguno se tomaba el tiempo para preguntarme cómo estaba, qué planes tenía a futuro, qué cosas me gustaban o me dejaban de gustar.

Un día recibí un whatsapp que decía: “Amigo, soy yo. A partir de ahora soy Manuel. Este es mi nuevo teléfono”. No hizo falta que me dijera nada más. Entendí que era él. 

A la semana nos volvimos a encontrar. Me contó que un día cuando volvía a su casa, lo interceptó un auto, bajaron tres tipos y lo metieron adentro. Le dijeron que eran policías, sabían todas las movidas que había hecho, le hicieron darles guita, drogas y hasta un televisor. Me dijo que aunque no sabía quien podía ser, era obvio que alguien lo había entregado.

Me asusté y por un tiempo dejé de verlo. Cuándo nos volvimos a encontrar me contó que se enteró que los que lo habían secuestrado no eran policías, sino chorros y que a uno lo habían matado en un asalto. 

Ahora que su foto recorre los portales de los diarios y un grupo de policías sonríe junto al gran botín de drogas que encontraron en su casa, me pregunto si los chorros realmente lo eran. 

Las noticias dicen que en su departamento encontraron “estupefacientes por un valor de 75 millones de pesos”. Capaz que la cifra es un poco exagerada, pero no dudo que Silly hacía buena plata. 

En diciembre había empezado un tratamiento carísimo para implantarse pelo. Le sacaban pelos de la nuca y se los ponían uno por uno en en la frente. En semanas pasó de ser un casi pelado a un tipo que podía elegir varios peinados. La última vez que lo ví tenía un look medio flogger. 

Creo que eso era en lo único que gastaba la guita. En el lugar donde los canas encontraron todo Silly ya no vivía, apenas tenía un televisor y una cama. Como no le gustaba estar solo, cuando la novia lo dejó (porque se enteró que era transa) volvió a la casa de sus viejos. 

Es gracioso, todos se imaginan que una persona que se dedica a vender drogas tiene que ser un copy/paste de Pablo Escobar. 

Lo mismo deben pensar de sus clientes. Por obvias razones no voy a firmar esta nota con mi nombre. Pero nadie se imagina que yo, el que siempre llega puntual a las reuniones, saluda a todos con un beso, separa la basura, da tan buenos consejos y hasta le dejan al cuidado sobrinos, fue durante años un habitual consumidor de ese que aparece esposado y encapuchado.

Es que como le dije una vez a Silly: “se me hace muy aburrida la rutina”. 

 

Leé la primera parte: Mi transa y yo

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