Manos Marcianas. Más Ecuatorial que Guinea, Parte III.


Si todavía no leíste la Parte II, ponete al día por acá.

Me aburren los relatos cronológicos detallados así que intentaré evitarlos. Voy a elegir las cosas que más grabadas quedaron en mí y empezar por ahí. Son momentos, conversaciones y personas que conforman el collage de esos dos meses y pico en Malabo, Guinea Ecuatorial, en la Isla de Bioko.

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Entre las personas de las que nunca me voy a olvidar está Pedro. Pedro es ecuatoguineano y nos ayudaba con los trámites cuando estábamos allá. Fue una persona clave para que pudiéramos sobrevivir y adaptarnos, aunque sea un poco, a la cultura local.

Pedro solía decirme indignado que era imposible que no estuviera casada ni tuviera novio a mi edad; e insistía en preguntarme si planeaba ser monja o algo por el estilo. Yo contestaba que no, y él se reía; porque estaba convencido de que, en secreto, planeaba seguir el camino de la castidad. De lo contrario, desde su punto de vista, mi “situación” era inentendible. En ese momento yo tenía solo veinticuatro años, pero en Guinea ya era demasiado tarde para todo.

Nuestras conversaciones también giraban en torno a si me animaba a matar una gallina con mis propias manos o a cuántos hijos planeaba tener cuando por fin consiguiera un hombre; una sobremesa de ensueño.

Un día, Pedro nos invitó a su aldea para celebrar una fiesta local cuyo motivo jamás me quedó del todo claro. Nos metimos en el medio de la selva ecuatoguineana, bordeando el mar  y parando a comer mariscos, hasta llegar al lugar que le había dado a Pedro la bienvenida al mundo.

Una mesa de señores importantes y poco propensos a recibir visitas nos recibió con feroz indiferencia. Fuera de ese cuarto VIP el resto de la gente nos saludó amablemente y nos invitó a tomar una cerveza.

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Tres cosas me acuerdo de esa visita.

Una, la lluvia torrencial; el olor de la vegetación húmeda y el barro por todos lados. Dos, el museo de la aldea que constaba de una construcción muy chiquita hecha de madera y paja en donde se exhibían objetos  de generaciones pasadas, y que tenía además su propio guía. Tres, la nena a la que hice llorar.

Parados en una galería, tomando cerveza y charlando con la gente; mirábamos la lluvia un poco preocupados pensando en cómo íbamos a salir de ahí con el auto. Me acuerdo de que entonces vi a una nena de aproximadamente dos o tres años con un vestido rosa. Suelo tener buena onda con los niños así que me acerqué a decirle hola porque me di cuenta de que me estaba observando. Caminé tres pasos hasta donde estaba y me agaché para conversar. Apenas quedé a su altura se puso a llorar como si yo  acabase de decirle las cosas más horribles. Lloraba a gritos, con angustia, aterrada.

Me paré entre avergonzada y alarmada; y enseguida vino el papá a alzarla a upa. Me miró y un poco incómodo, pero sonriendo, me dijo lo que yo no esperaba escuchar: “Nunca vio a alguien como vos”. Alguien como yo. ¿Alguien de tauro?¿alguien alto?¿alguien con el pelo largo? Alguien blanco. En Guinea empecé a darme cuenta por primera vez de lo que significa el color de mi piel y del impacto que eso tiene en un montón de aspectos, pero ese es otro tema.

Después de calmarse en brazos de su papá, Rosa volvió al piso y quedó de nuevo parada frente a mí, el monstruo ocasional. Como cuando los chicos se aproximan a un perro por primera vez, su papá intentaba demostrarle que yo era confiable y no la iba a morder. De a poco, Rosa se fue acercando con pasitos vacilantes hasta que se animó a agarrarme las manos; nunca sabré si para sostenerse o por valentía.

Entonces me regaló un momento increíble. Dio vuelta mis manos una y otra vez, las miraba de un lado y después del otro, estudiándolas. Tardé unos segundos en darme cuenta de que estaba buscando el lado oscuro que, evidentemente, no encontraría nunca. Estaba desconcertada y se le notaba en la cara; pero de a poco su desconcierto mutó en fascinación y eso pude verlo también.

Verla a Rosa descubrir una realidad nueva a través de mí fue impresionante. No tanto haberla hecho llorar y asustarse, pero supongo que así son todas las revelaciones que te vuelan la cabeza. Fui para Rosa una introducción a un capítulo larguísimo. Fue un encuentro puro y divertido, que me hizo sentir marciana por primera vez.

Volvimos a Malabo a la noche. La vuelta es otra cosa que nunca me voy a olvidar. Manejaba yo e íbamos con las ventanas bajas. La ruta estaba bordeada de pura selva de ambos lados, no había iluminación y el camino estaba lleno de curvas. Íbamos escuchando música guineana y oliendo la vegetación que ardía y se evaporaba después de la tormenta tropical. Recuerdo haberme sentido inmensamente agradecida por haber estado ahí ese día, recuerdo haberme sentido tremendamente viva manejando de vuelta al hotel.

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Seguí con la IV parte por acá!

3 Commentarios

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