Lunfardo querido


“Ciberlunfa”, es el espectacular nombre del newsletter que todos los meses publica una academia que capaz no conocés pero existe: la Academia Porteña del Lunfardo. En su página se definen como “Un instituto destinado al estudio del habla popular”, una frase tan linda que la digo en voz alta un par de veces.

Será porque me gusta la gente que se fascina por cómo decimos y cómo cambiamos nuestro decir; o será porque me alivia que haya quienes le presten atención a los detalles de nuestra existencia colectiva; pero este instituto se ganó mi interés.

En una entrevista publicada en su sitio, uno de sus fundadores, José Gobello, explica de dónde viene el lunfardo, ese conjunto de palabras y sentires del que se valió el tango para cantar sobre amores perdidos y malos hábitos.

Para Gobello, que lo estudió y escribió al respecto, el lunfardo es una mezcla de lenguaje carcelario, inmigración y prostitución; como un combo de Mc Donalds pero agrandado. Los inmigrantes que llegaron a Buenos Aires eran jóvenes y muchos no hablaban español. En aquel entonces, el lugar de diversión eran los prostíbulos y Buenos Aires era la meca de la prostitución. En esos antros entraron en contacto los recién llegados con los jóvenes porteños, generando así la combinación explosiva que llevaría más tarde el nombre de lunfardo.

Una vez que la inmigración cesa y el tiempo pasa, explica Gobello, es la imaginación de la gente la que va incrementando el universo léxico del lunfardo; son los recuerdos, la herencia y la siempre viva- e inagotable- creatividad popular.

Veamos un ejemplo concreto y en agenda: la palabra GATO. “Eh, gato!”, “Alto gato”, “Macri gato”, “gatienzo”, y podría seguir varios renglones más jugando con el vocablo felino.¿De dónde viene y qué quiere decir?

Resulta que durante la década del ’30 en Buenos Aires, si ibas al teatro era común ver un grupito de tipos vestidos de gala y con algún regalo en mano parados en la puerta (yo no estuve ahí pero me contó una amiga). Los galanes no hacían más que esperar a que salieran las actrices para intentar conquistarlas con algún ramo de flores y llevarlas a cenar para que los vieran bien acompañados, si tenían suerte la cosa daba para más. A estos tipos los empezaron a llamar “gatos” porque eran, ni más ni menos, los que “gatillaban”, es decir, los que ponían la tarasca —> $$

Con el correr del tiempo, por esas cosas de la lengua popular, los gatos pasaron a ser las actrices, es decir las que recibían el dinero o regalo, y de ahí que lo relacionemos con la prostitución. Pero resulta que en el mundo tumbero la historia del gato es otra. En la cárcel, el gato es el pichi del jefe, el mulo del poronga, el esclavo del que manda. Pero frente a los demás, el pichi tiene poder, un poder que no es de él pero explota y abusa, un poder que usa para recaudar y cobrar trabajos para el jefe. El gato tumbero aprovecha hasta el extremo su falso poder y lejos de querer librarse de su jefe, lo que más anhela es tener sus propios esclavos. Así que ya saben, la próxima vez que lean “Macri gato”, ya saben de qué va el piropo.

Muchas palabras del lunfardo desaparecieron y otras tantas se incorporaron. El bajón, el afano, la matina, la jermu, la guita, el bondi, el laburo, la truchada; y tantas otras enriquecen nuestras conversaciones de todos los días, adornan nuestros insultos y nos dan un touch aporteñado que algunos adoran y otros miran de reojo. Polisémico y refranero, igual que nosotros, el lunfardo está metido hasta en la sopa.

1 Commentario

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    Lucas Benjamín
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    El poder, según Foucault, no se tiene, se ejerce (lo digo por el ejemplo del gato carcelero). El resto de la nota excelente
    Saludos!

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