Los Últimos Tres


Antepenúltimo: Ricardo Floresse.

-¿Doctor?…-

-Dígame…-

-El presidente ya está aquí.-

-Hágalo pasar…-  contestó el doctor y miró una vez más al paciente con cara de preocupación, a la espera del milagro. Su cabeza redonda asomaba por las sábanas de la camilla con los ojos cerrados. Era una esfera perfecta de color piel interrumpida solo por las cejas y el candado que rodeaba su boca. Solo el pitido de las máquinas que lo mantenían vivo desafiaban la tiranía de aquel silencio, hasta que ingresó la comitiva.

-Buenos días doctor, ¿Cómo está? – preguntó el presidente ni bien cruzó el umbral de la puerta giratoria. Venía escoltado por dos guardaespaldas vestidos con trajes de un negro impoluto, como sus gafas, que reboleaban hacia todos lados en busca de eventuales amenazas.

-Bien su señoría, un poco cansado, pero bien.-

-Mire usted, me alegro, pero… es que me refería a Floresse…-  deslizó el Presidente con sonrisa socarrona y un poco de ironía, mientras se sostenía de las solapas de su lujoso traje azul.

-Por su puesto señor… discúlpeme, es que traigo varios días de mucho estrés – acusó el médico mientras se ponía rojo como un tomate y se preparaba para explicar sacando las manos de atrás de la espalda. –Tengo la antipática obligación de serle sincero, el pronóstico no es bueno.  Tardaron mucho en encontrarlo desvanecido en su departamento luego del ACV y se acumuló mucha sangre en su cabeza, mucha presión. En la operación llegamos a salvarlo de milagro, pero perdió mucha sangre y el deterioro fue significativo. No creo que se vaya a despertar.-

-Que pesadilla, por el amor de Dios… justo tenía que pasarle a él y justo durante mi gobierno…- dijo el presidente luego de colocarse las manos en la cintura y mirar al cielo raso, como buscando auxilio en algún santo. -Es toda una paradoja…- siguió mientras llevaba su mirada a la camilla y se disponía a contemplar al paciente. -Cuando salió su primer libro mi padre lo compró y me lo regaló con la condición de que lo terminara, después de leerlo él mismo. Fue una revolución. Para mí y para todos los demás amantes de las novelas. En los diarios lo apodaron “El Titiritero”. Hacía lo que quería con los lectores. En una nota un periodista del diario Marca aseguraba que el hombre tenía un muñeco vudú que pinchaba para hacerte reír, llorar, llenarte el estómago de emoción o la garganta de angustia. Pensamos que su ejemplo inspiraría campos de nuevos escritores. Pero todo lo contrario, fue el último español que escribió algo decente. Y aquí está, muriéndose, frente a los ojos y la impotencia de una de sus más devotas víctimas- completó el presidente meneando la cabeza.

-Es toda una tragedia señor, pero nada tiene que ver con usted. Era algo que sucedería en algún momento.-

-Doctor…- dijo el presidente con voz quebrada y sin mirar al médico agregó. -Lo que le voy a pedir no me enorgullece en lo más mínimo, pero lo hago velando por la salud emocional de muchos lectores de todo el mundo.-

-Todo lo que esté a mi alcance señor presidente… –

-Si Floresse llega a recuperar el conocimiento, aunque sea por un rato, necesito que le pida por favor la contraseña de su disco duro. Me ha llegado el rumor de que tiene allí varias novelas inéditas y como el hombre no tiene más familiares que los tomos de su biblioteca, había pensado que sería justo donárselas al mundo. A través del Gobierno de España.-

-¿Eso es legal?…-

-Es una situación de emergencia doctor. Como una guerra, una epidemia. No me mire con esa cara… ¿Usted entiende como se pondrán los lectores cuando se enteren de esto? El único consuelo que puedo darles para atenuar su desesperación son esas novelas.-

-Pero señor…-

-Déjeme terminar doctor. Necesito una cosa más…- dijo el presidente apartando la mirada de la camilla y dirigiéndose a uno de sus escoltas. – ¡Ramos!-

-Sí señor…-

-Déselo.-

Ramos sacó del interior de su traje un sobre blanco con el membrete del gobierno español y se lo estiró al médico que lo agarró sin mucha convicción y con una cara de susto que no le permitía decir nada.

El presidente lo miró a los ojos procurando llegar al fondo y quedar grabado en su temblorosa retina. -Ahí tiene sus honorarios… y un contrato. Si el hombre está en condiciones de levantar una birome le tiene que hacer firmar esa conformidad, ¿me entiende? La humanidad y yo le vamos a estar eternamente agradecidos doctor…- completó mientras le apoyaba las manos en los hombros y le daba un sacudón final, a modo de autoritaria arenga.

Dijo “vamos” y salió por donde había entrado. El doctor quedó ahí, parado en la sala de terapia intensiva al lado de su codiciado paciente al que tenía que timar en el caso de que ocurriese un milagro. Ya no sabía que prefería. En la mano sostenía el peso de  su juramento hipocrático, prolijamente doblado.

Anteúltima: Margot Jennsen

Luego de probar con todos los objetos de la casa, Maggie logró que su nietita se entretenga con unas piezas de Ajedrez. Por primera vez en la hora y media que llevaba despierta se mantenía sin llorar por un rato. Masticaba una reina de plástico que había reducido a un hilo blanco en la parte del medio y sangraba espesos chorros de saliva que llovían sobre la alfombra de su habitación. Se convertirá en una gran jugadora.

Abrazada por el silencio fue hasta la cocina para hacerse un café. La humedad de la mañana le apretaba las rodillas y caminaba ubicando cada paso en el suelo, como si estuviese resbaloso. Mientras esperaba el agua, agarró el diario y un pan tostado con manteca y miel, que dejó su hijo antes de salir para el trabajo. Volvió con su nieta y se sentó en el escritorio. Tomó un trago de la taza y mordió la tostada, que estaba más dura que la reina. Desplegó el “New York Times” y vio en la portada:

Ricardo Floresse is dead. Only two left

El corazón le subió a la garganta. Aquel día el mundo amaneció peor. Se paró y se acercó a la ventana, para ver la manifestación que hacía meses se concentraba en la vereda de su edificio. Eran más que de costumbre y ahora el rumor alcanzaba su segundo piso. Ah, los odio. Se creen que pueden presionarme para que escriba y son la horda más inofensiva que jamás haya visto. Bibliómanos con la camisa abrochada hasta el cuello y pancartas sin faltas ortografías ¡Por favor!

Sonó el timbre y fue hasta la puerta, arrastrando su cara de culo. Miró con un ojo cerrado por la mirilla y vio, parado en el centro del círculo, al hombre de traje gris. Un representante de la editorial Gibbons que nadie entendía cómo llegaba hasta su piso. Cada vez iba más seguido, pidiéndole que le venda los derechos exclusivos de sus novelas en inglés y ofreciendo una millonada por nuevas publicaciones. Ya le había explicado que solo escribía para su nieta, pero el tipo no entendía ningún idioma. Aun así, se armó de paciencia, tocó el botón y lo intentó una vez más:

I won´t even listen, you´re losing your time– dijo y sacó el dedo automáticamente, para ni esperar la respuesta.

Giraba para volver a su habitación cuando escuchó que algo se deslizaba por debajo de la puerta. Se agachó con esfuerzo, fucking rodillas, y agarró una tarjeta que tenía una cifra escrita a mano. Suspiró sin levantarse,  la rompió y la devolvió por donde vino.

Una vez en su cuarto, le aconsejó  a su nieta que no se dedicara escribir, pero la niña no se dio por aludida. Tenía asuntos más importantes, buscaba un flanco por donde abordar al caballo que tenía orejas puntiagudas y le pinchaban la encía. Maggie agarró su café ya tibio, se paró al lado de la ventana de al lado del escritorio y se quedó mirando a la muchedumbre ¿No tienen nada que hacer? Vio al hombre de la editorial cruzando la reja y saliendo del edificio. Lo vio hablándoles, mientras señalaba con el dedo hacia su departamento. La gente se apretaba alrededor suyo como si fuese una multitudinaria charla técnica.

De repente, todos se volvieron locos a la vez, como monos provocados en una jaula. Gritaban, saltaban en el lugar y se dispersaban para buscar objetos contundentes. Maggie se quedó congelada unos segundos, hasta que sintió el primer proyectil pegando a un metro de su ventana.  Dejó la taza en el escritorio y se fijó que la niña estuviese fuera del alcance. Adentro se escuchaba la batería de impactos que hacían vibrar la pared. Para cerrar el postigo, recostó su torso sobre el marco y estiró su mano para alcanzarlo. Justo en ese momento, recibió un piedrazo en la frente que la derribó al medio de la habitación. La sangre se expandía reptando por la alfombra. El llanto explotó en la garganta de la niña. Su abuela yacía junto a las demás piezas.

 

Último: Rómulo Muñoz

Rómulo se levantó por el ruido del despertador y salió de la cama con el mismo impulso. Seleccionó una camisa y un pantalón de la ropa que colgaba en la silla y se metió en el baño. Dos minutos después, salió de su departamento semidormido. Repetía esa rutina todos los días, porque prefería desayunar en su búnker, para ponerse a escribir apenas terminara. Si hubiese sabido lo que le esperaba, hubiera manoteado algo para el camino.

Bajó por el ascensor, peinándose con la mano mientras se miraba en el espejo. No está tan mal, eh. Aunque algunos años atrás, con esta pinta, me hubiesen confundido con un mendigo. Se abrieron las puertas y en lugar del  palier, se encontró con un gran caño negro delante de sus ojos.

-Yo que usted, no intentaría nada Muñoz. Si no Rubén va a tener que limpiar el enchastre cuando logre soltarse. Y créame que ya tiene mucho trabajo…-

-Quedará así hasta el lunes, porque Rubén los viernes…- sintió el contacto del metal frió apoyándose sobre su frente, justo en dirección a la glándula pineal.  – Mejor vamos…-

Los escoltas del pistolero lo agarraron, uno por cada brazo, y lo empujaron hasta la puerta de calle. Era invierno y todavía era de noche. Sobre la rampa de la vereda esperaba una Fiorino blanca de culata, con las puertas abiertas de par en par. Lo arrodillaron en la cabina, le sacaron sus pertenencias, le ataron las manos atrás de la espalda con un precinto y le pusieron una capucha de tela en la cabeza. Uno de ellos se subió con él y el otro salió al asiento del conductor. El utilitario emprendió su marcha.

-¿Contento Muñoz?… Ayer a la mañana se convirtió en el último de su especie… Felicitaciones.-

-Puff…  No puedo estar más feliz… En un par de días perdí a las únicas personas con las que compartía mi pasión, que además eran viejos amigos, y ahora estoy viajando, en la camioneta de andá a saber quién, a una muerte segura…-

-Ehhh viejo… Qué falta de optimismo… A ver… De una editorial no somos. Hacemos negocios no tan honestos, pero ancestrales como los libros. Digamos que nos estamos expandiendo…-

-Me quedo más tranquilo entonces…-

-Y lo de la muerte es el plan B… A mí me gusta más el A, el de la guita, pero eso depende de usted… Aunque matar al último escritor del mundo… Hojaldre eh… Creo que me haría bastante famoso, ¿o no? Tipo el loco que mató a John Lennon. –

-Igualito… te falta nomás El Guardián entre el Centeno…-

Luego de esa charla, Rómulo pidió algo de comer. Le dieron mate en la boca y dos medialunas de manteca. Él mismo se sorprendió de su tranquilidad. Agradeció el desayuno con ironía -las facturas eran de Gula y estaban buenas- y dijo que estaba encantado, ni siquiera tenía que cebar. Incluso durmió un poco, con la cabeza colgando cual perrito de remisero. El viaje le pareció eterno, pero no tenía idea de cuánto duró.

En un momento, la cabina empezó a balancearse y dedujo que estarían andando por un camino de tierra. El amortiguador derecho rechinaba con cada piedra y el huesito dulce de Rómulo chocaba contra las estría del piso produciéndole un dolor que le sacaba el aire. Poco después, la camioneta se frenó.

Escuchó que la puerta se abría y sintió que lo agarraban de los brazos. Lo bajaron con cuidado y de un tirón le sacaron la capucha. A medida que sus pupilas se contraían y sus parpados se lograban separar, se iba dibujando en su retina, una gran extensión de nada. Giró la cabeza a la izquierda y vio el casco de la finca, a unos treinta metros. El resto, era un infinito manto de pasto con dos o tres eucaliptos separados por kilómetros. Imposible que no te vieran si tratabas de escapar.

Los escoltas se fueron caminando para la casa y dejaron a los dos hombres solos.

-Impresionante… ¿O no, Muñoz?… No me diga que no lo sorprendimos… Desde acá tenemos la mejor vista – dijo el pistolero contemplando el horizonte y meciéndose sobre sus talones.

-Podrían invertir un poco más en logística, o al menos prestarme un marcador… ¿Sabe cómo me quedó el orto?-

-Sí discúlpeme… tiene razón, pero quédese tranquilo que ya está. De ahora más va estar muy cómodo. En la casa tiene un dormitorio con baño en suite, una barra con las mejores botellas y un plasma de 42 pulgadas. Películas, libros, juegos de mesa, lo que se le ocurra. Si necesita una acompañante, me la pide… Le voy a deber el internet, sepa entender…-

-¿Y hasta cuando me va a dejar acá?… Digo, ¿se puede saber cuál es el plan?-

-Mmhhh… El tiempo lo decide usted Muñoz… Lo que se demore. El plan es simple: me deja la mejor novela que haya escrito y nosotros lo devolvemos al ascensor del que lo sacamos… ¿Qué dice? –

-¿Y yo le tengo que creer que me van a dejar vivo?… ¿Por qué lo harían?… Si el libro va a ser mucho más rentable cuando yo esté muerto…-

-¿Pero qué se cree?… ¿Qué soy un insensible?… todo lo contrarío, esto lo hago porque soy un romántico, un lector empedernido y un gran admirador suyo. No es que me quite el sueño, pero por mí que siga vivo. Solo quiero ser el primero en leerla y que sea la mía. Mi regalo del último escritor.- Se apoyó las palmas de las manos en el pecho y miró hacia el horizonte. Después frunció el ceño y completó. – ¿O piensa que esta es la forma más segura de hacer guita?… Yo acá me estoy arriesgando para que hagamos algo grande… Le digo más, usted me tendría que agradecer…-

-Claro… Tiene sentido…- contestó Rómulo levantando la ceja derecha.

-Aparte, usted no sabe nada de nosotros Muñoz… No sabe ni mi nombre… Aunque vaya a la policía no nos encontrarían jamás. Les puede describir mi cara, cosa que no creo que sirva de mucho y se arriesgaría a que le mate a su mujer, a su abuelita y todas esas cosas que tanto le gustaba decir a Pablo Escobar… No me haga repetirlas, por favor, que queda feo…- tomó aire y siguió. -Y aunque le dijera que lo vamos a eliminar cuando termine, ¿no preferiría estirar su vida un rato y hacer eso que tanto le apasiona una vez más?… –

-Bueno, supongamos que le creo… ¿Qué le hace pensar que puedo escribir mi mejor novela ahora? Acá, para usted ¿Cómo está tan seguro que me va a salir algo?… Nosotros no dominamos las ideas. Más bien, le diría que ellas nos dominan a nosotros… Nos levantan a cualquier hora de la noche camufladas en los sueños, se disfrazan de recuerdos para que creamos que son nuestras o nos pudren por adentro hasta que las dejamos escapar… Solo somos un portal… Y para que nos elijan tenemos que tratarlas bien. Maquillarlas con palabras delicadas, exhibirlas en versos pintorescos y mandarlas a volar en las historias más emocionantes…-

-Ahhh… Usted es un poeta Muñoz… La pluma no se mancha… Con razón ya no quedan. Menos mal que yo no lloro, sino me hubiese arrancado una lágrima… No es para menos, mire a donde lo traje… fíjese lo que es este lugar… y eso que todavía no vio el atardecer… Si no consigue inspirarse acá, es un problema suyo… récele a las ideas, las palabras y los versos… lo que quiera… Y sino récele a Dios… –

-Ahora que lo dice, me siento más motivado… –

-Además, Muñoz… Esta historia está casi cocinada, no me diga que no se la serví en bandeja… Piense que yo, con la facha que tengo, podría ser el protagonista, ¿o no?… Y no me lo diga dos veces que sino vamos por el plan B y la novela la escribo yo mismo. Cada vez estoy más tentado… Es más, me voy a la casa a ver si está ese libro… Qué encima ya se está poniendo fresco-

-¿Qué libro?…-

-El Guardián entre el Centeno.- dijo y enfiló para el lado del casco.

Rómulo lo vio alejarse y meterse dentro de la casa. Después, volvió a mirar el horizonte, que ya tenía algunas notas de rosa. Sonrió y asintió con la cabeza. Unos meses después se publicó La novela “Los Últimos tres”.

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