Lo que nos hace mas fuertes


En una de esas largas lagunas de tiempo que tenemos en casa mientras esperamos una solución a esta pandemia, me pregunté: ¿Qué pensarán ahora los anti vacunas? ¿Los contamos para la del COVID-19?

En 2017 la diputada Paula Urroz presentó un proyecto de ley que proponía anular la obligatoriedad del calendario de vacunación y otorgaba a los padres de les niñes la potestad de rechazar este acto médico. Fue la única firmante y tras el repudio generalizado, su propuesta no prosperó. En ese momento había una especie de mini-corriente que apoyaba esta línea de pensamiento, de esas que reaparecen cada tanto por redes sociales y tienen tanto fundamento como el Terraplanismo.

Podríamos quedarnos en esa de acusar y señalar, que se ha vuelto uno de los pasatiempos más seductores en esta cuarentena, pero mejor es ir por reflexiones positivas y preguntas más inspiradoras.

¿Cuántas vidas habrán salvado las vacunas? ¿Más que los antibióticos? Estos interrogantes no tienen respuesta ni siquiera para Google (probé). Así que ante la falta de números o estadísticas y su contundencia, vamos a tener que recorrer un poco la historia de esta práctica médica.

El primo hermano de la vacunación y su antecesor en la cadena evolutiva, fue el Mitridatismo, que recibió su nombre del rey de Ponto (actual territorio de Turquía), Mitrídates VI (132 a.c. 63 d.c). Si bien hay poca información confiable, la leyenda indica que este hombre probaba distintos venenos en presos de su reino y después en él mismo, con el objetivo de alcanzar la inmunidad y encontrarse protegido frente a un eventual atentado. Al caer en batalla, Mitrídates habrá pensado que era su oportunidad y se quiso suicidar administrándose una gran dosis de veneno. Seguro que murió contento cuando el mercenario que contrató para terminar el trabajo le hundió la espada en el pecho, para convertirlo en un pedazo de evidencia científica.

En el siglo VII, civilizaciones budistas de la India adoptaron esta metodología utilizando todo tipo de venenos de serpiente, variante que resistió el paso de los siglos y que en la actualidad todavía se practica. El caso más famoso es el de William “Bill” Haast dueño de un serpentario en Florida que se hizo picar por todo tipo de serpientes consiguiendo la inmunidad contra las especies más toxicas que se conocen. Murió en el 2011 a la edad de cien años.

Los virus entran a esta historia de la mano de los chinos. Son ellos los primeros en practicar la Variolización. Tampoco se sabe exactamente desde cuándo, pero hay registros de que en el siglo X  esta cultura ya conocía los efectos de la inmunización contra la viruela. Preparaban una pasta con las pústulas (ampollas con pus) de los infectados y la introducían en pequeñas incisiones que abrían en la piel de los pacientes (una especie de inyección primitiva). Es más, aunque probablemente no lo supieran, introdujeron el concepto de atenuación del virus que usamos hoy en día para disminuir la virulencia y evitar una respuesta inmunológica desmedida que sea perjudicial para la salud. Solo que ellos lo ahumaban al fuego y hoy en día se utilizan métodos más sofisticados.

Como ya se estarán imaginando, la invención de la vacuna no tiene mucho que ver con grandes laboratorios y genios vestidos de blanco, tampoco con explicaciones complejas y palabras raras. De hecho, el gran mérito de Edward Jenner, conocido como el padre de la inmunología, fue estudiar toda la evidencia previa y confiar en que esta rama de lo que era entonces una práctica oriental, podía convertirse en ciencia. Uno de los trabajos  en los que también se basó fue el de su vecino escocés Francis Home quien había intentado inmunizaciones para el virus del sarampión con resultados menos concluyentes.

En 1796 Jenner, que era médico rural en Berkley, convenció a su jardinero para que le deje frotar el brazo de su hijo con el pus que salía de las ampollas de las vacas con viruela. Lo hizo explicándoles que las mujeres que ordeñaban, al tomar contacto con la variante menos virulenta que atacaba a las vacas, adquirían resistencia contra la cepa que contagiaba al humano. Como siempre les sucede a los pioneros, pensaron que estaba loco. Y no es para menos, en esa época, probar un medicamento en un niño sano no tenía ningún sentido.

Y la estupidez de Jenner no terminaba ahí. Además quería exponer al niño a infectados con viruela, para probar que su “vacuna” era efectiva. Supongo que se le habrán aflojado las patas cuando el pibe levantó fiebre,  pero también habrá inflado el pecho cuando se le pasó a las pocas horas sin ninguna consecuencia.

Edward no se quedó ahí. Buscó darle rigor científico a su experimento y sentar bases sólidas. Vacunó a otros 23 pacientes con resultados satisfactorios y documentó cada detalle. Presentó sus trabajos a la Royal Society, pero esta los rechazó inmediatamente. Recién en 1805, gracias a que Napoleón decidió probar el invento en sus tropas, Jenner consiguió su reconocimiento.

El impacto de este evento en la historia es impresionante. Miren si no será importante la inmunidad, que el contagio de la viruela y el sarampión inclinaron la conquista de América a favor de los españoles, colaborando al exterminio de la población indígena que no tenía anticuerpos contra estos microorganismos. La viruela se erradicó recién en el año 1980, gracias a una campaña de vacunación mundial que se organizó por los estragos que estaba haciendo esta enfermedad en zonas de África y Asia. Es la única enfermedad infecciosa que logramos desaparecer en la historia de la humanidad. El sarampión todavía se resiste, en los últimos años hubo un re brote en América Latina. Entre enero y febrero del 2020, Brasil registró casi 400 casos y Argentina  45. Esto se debe a que la población se descuida con la vacunación, muchas veces mal informada por las corrientes anti vacuna, o porque esta no llega a todos los estratos de la sociedad.

En Argentina hubo varias epidemias de cólera (una se cobró al presidente en ejercicio Marcos Paz) y dos de poliomelitis. El último brote de polio contó con la colaboración de otra patología que se resiste a desaparecer, al menos en nuestro continente, como son los gobiernos de facto, en este caso el de Pedro Aramburu.  Se contagiaron 6500 personas de las cuales el 70 % eran niños o lactantes, produciendo en muchos casos parálisis irreversibles o incluso la muerte. Los datos epidemiológicos para nuestra región son escasos ya que los dictadores eliminaron en ese entonces el Ministerio de Salud. El panorama no fue peor porque la vacuna del polaco Albert Sabin (que superaba a la versión de Salk porque se administraba por vía oral) llegó a nuestro país gracias a que se nos dio prioridad a nivel mundial.

En la actualidad se cree que las vacunas salvan más de dos millones de vidas en todo el mundo, mayoría de los cuales son niñes. La cantidad es imposible de calcular pero se sabe que el invento de Jenner fue la herramienta tecnológica que más muertes evitó en la historia de la humanidad. Por eso,  se sabé que, más allá de cualquier tratamiento que se pueda conseguir para los infectados de coronavirus, la clave está en el desarrollo de la vacuna.

Entiendo que la intención de los que se oponen a la vacunación obligatoria es fortalecer el estado de derecho y expandir las libertades. También es cierto que hay ciertas vacunas que aumentan la probabilidad de desarrollo de algunas enfermedades en muy baja medida (por ejemplo el autismo) y esto es una cuestión a revisar. Creo que la clave de esta discusión es abordarla desde el punto de vista del riesgo/beneficio. Nuestra decisión de no vacunarnos incide en la salud de los demás, todos somos vectores y de todos depende que no se desate al menos una epidemia. Creo que lo que está pasando ahora es un excelente ejemplo de todo esto.

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