Lo que guardamos las que callamos


Por Carla Andriossi

Las mujeres vivimos atadas por el patriarcado, por la cultura de la violación y la cultura del cuidado y el aguante. No todas nos animamos a denunciar formalmente, no todas nos animamos a denunciar socialmente, porque estamos acostumbradas a aguantar, a cuidar al agresor o abusador de un escrache y a cuidarnos a nosotras mismas, porque denunciar significa ser juzgada y excluida, ser tratada de mentirosa, de exagerada y lo que más o menos ya sabemos que podemos escuchar: “ella se lo buscó”, “no supo frenarlo”, “no parecía llevarse mal con él”, “él es muy agradable y respetuoso” y un sinfín de comentarios por los que otra vez nos encontraremos violentadas, avergonzadas y con culpa. Porque la sociedad sigue sin perdonarnos que hagamos pública la intimidad, pero ya lo dijo Carol Hanisch allá por la segunda ola del feminismo: “lo personal es político”, porque cuando una sufre un abuso, hay un montón de otras víctimas por el mismo agresor y si yo hablo, otras mujeres se pueden cuidar de él. Entonces no sólo cargamos con la mochila del abuso, sino con la vergüenza de exponernos, la angustia de exponerlos y la culpa por no poder alertar a otras mujeres. Y duele, duele físicamente, duele en las palabras, en las noches, duele todo el tiempo.

Las veces que hablé, hablé muy bajito y me fue muy mal sino se trataba de compañeras. Recibí palabras vacías, comentarios sin ningún tipo de reflexión, me han usado en grupos de amigos como una medalla a la deconstrucción: han contado victoriosos que me pidieron disculpas mintiendo y minimizando los motivos por los cuales se “disculparon”. Después de esas situaciones, de negadores compulsivos frente a mis palabras, de modos de actuar completamente cínicos ante a una mujer que se anima a hacerle frente a su propio agresor, de haberme enfrentado a situaciones médicas con mucho terror, de callar y explotar, de callar y llorar, de llorar e intentar sanar, de trabajar arduamente en mis dolores más profundos para transformarlos… sinceramente no estaría dispuesta a encontrarme con un pedido de disculpas públicas en una red social, porque sé que va a estar vacía de reflexión, porque si yo tardé años en hablar, no me entra en la cabeza cómo un par de días les alcanzan para pronunciarse, porque sé que van a tener personas ayudándolos a tratar de quedar lo mejor parados que puedan, porque sé que se siguen protegiendo entre ellos y que, lamentablemente, tienen mucha banca, porque también muchos hombres, aunque bienintencionados, no se animan a cortar el círculo.

El feminismo avanza, cada vez somos más compañeras, cada vez parecen ser más los tipos que se quieren deconstruir, pero al fondo a la derecha, pocas cosas han cambiado de verdad, de raíz. Muchas mujeres seguimos guardando cosas, muchos hombres nos siguen violentando de formas muy visibles y otras no tanto. Últimamente noté muy en vigencia el iceberg de la violencia de género, pero creo que nadie que no lo haya vivido termina de entenderlo. Lo que está debajo del agua no duele menos, no marca menos, no es una escalera de la que algunos tipos se bajan antes de la cima y entonces no son agresores ni victimarios. No. Aguantar cada situación de violencia machista no sólo nos daña, sino que nos aliena, nos acostumbra a vivir aguantando, nos pone en un lugar pequeño y cada vez nos debilita un poco más, cada vez nos hace odiarnos un poco más.

Por último, me siento con la responsabilidad como comunicadora y militante feminista de volver a recalcar que ninguna mujer se queda en lugares de violencia porque quiere y me repudio también a mí misma por juzgar a otras mujeres antes de despertar, antes de informarme y antes de encontrarme en el mismo lugar. Retomando a Luis Bonino en una de sus acepciones sobre el término, Laura Latorre explica que el poder “es el de quien ejerce la autoridad, se usa la tenencia de los recursos para obligar a interacciones no recíprocas, y el control puede ejercerse sobre cualquier aspecto de la autonomía de la persona a la que se busca subordinar” (sic). Y este poder, es el que tienen los hombres cis-heteronormativos, ya sea porque tienen los recursos económicos en una pareja, porque se encuentran en una relación de jefe-empleada, músico-seguidora, jugador de fútbol-hincha, o bien, por el simple hecho de ser varones, porque en este mundo machista y patriarcal portar un pito entre las piernas pareciera significar ser superior a quienes no lo llevan y a los géneres no binaries.

Quisiera poder darle un mejor cierre a este texto, quisiera poder encontrar una conclusión, una frase de valor que acompañe semejante relato que escribí muy agotada, con mucha ansiedad y con mucha tristeza. Pero no tengo ya más palabras. Quiero decir que no lo escribí (ni lo quiero compartir) desde un lugar de debilidad, lo escribo desde mi mayor convicción, desde mi lucha y desde mi enorme fuerza, lamentablemente impulsada por el enojo. La frase final será de quien lea y le sirva.

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