Las redes sociales te ponen pelotud@


Por Facundo Mesquida

Me veo en la obligación de aclarar ciertas cosas para que este escrito tenga algo de sentido, o al menos puedan comprender el argumento del mismo. La primera de ellas es que por la razón que sea, la tecnología siempre me abandona. Sí, así de simple. Haga lo que haga, se va de mi vida y me deja ahí tirado puchereando sin voz de reclamo.

¿Por qué digo esto? Corría el año 94 cuando mi viejo, en un arrebato de capitalismo loco, decide que es el momento de comprar una computadora para que la familia evolucione. Así llega una mañana a casa con mil cables, el mouse, el teclado, los parlantes, el cpu de gabinete horizontal con disquetera de 3,5 y el monitor de tubo que pesaba lo mismo que la heladera.

El hombre de familia infla el pecho, conecta todo y siente como el futuro lo abraza desde la mesa del living. Sí, dije living; porque antes las computadoras se conectaban en la sala de estar, porque se usaba en grupo. Todos reunidos y felices de ver como andaba el buscaminas. Pero… He aquí mi primer gran contratiempo.

Resulta que papá se fue a trabajar, y quien escribe no tuvo mejor idea que jugar con una perillita que la compu tenía atrás. Que sí que no, que no que sí; y así muchas veces hasta perder la noción de cuál era la posición inicial. ¿Qué pasó? Le cambié el voltaje a la computadora de 220 a 110, lo que generó que ocho horas después de su primer inicio, el invento tecnológico se prendiera fuego como quien no quiere la cosa.

Y más allá de que todos estén recordando en este preciso momento esa famosa escena de Zoolander, donde Ben Stiller y Owen Wilson lucen como primates, yo agradezco que mi madre haya salvado al menor integrante de la familia.

La segunda gran batalla con la tecnología la tengo hoy en día con 30 pirulos encima, es decir, 22 años después de haber escapado de las garras de mi viejo. ¿Por qué? Porque hace 5 meses Edenor decidió que todo el edificio en el que vivo quede sin luz. Y como diría el Diego, LTA.

A partir de ese fatídico día soy un nómade que va de aquí para allá con celular, computadora, tablet, cargadores portátiles, luces de emergencia, zapatilla, un centenar de cables, adaptadores de los adaptadores por las dudas, y todo lo que me entre en la mochila. Así que si ven venir por la esquina a un individuo con un caparazón como el de las tortugas ningas, sepan que no corren ningún riesgo, soy yo y mi mochila entrada en kilos.

Ese “pequeño” inconveniente anacrónico con el siglo XXI está generando que mi utilización de las redes sociales aumente de manera notable. No sean malos, convengamos en que es una necesidad vital evitar mi propia alienación e indigencia domiciliaria. Así que mientras todos están mirando la nueva serie copada que estrenó HBO, o un capítulo repetido de Walking Dead, yo ando como un gilastrún mirando las pavadas que sube la gente.

Primer gran problema: no entiendo nada. Vamos a poner un ejemplo sencillo de Instagram. Yendo de acá para allá como perro rabioso descubro que se puede ver qué le gustó a cada uno de los que seguís. Pero no solo eso, sino que además podes saber qué dijo y hasta a qué hora lo dijo. ¿Por qué taaaaanto? Me pregunto una y otra vez.

Entonces, el procedimiento es el siguiente: subo algo que creo copado, que en realidad es siempre la misma gilada; en el mismo lugar, con igual mensaje. Deduzco que mi escueto público recibe todo eso como una idiotez, pero por piedad o cariño me corazonean igual. Después miro a quién le gustó. Listo, la lista termina rápido, así que abandono.

Me leo un capítulo de “Gusano de Seda” a la luz de las velas, vuelvo a las redes y arranco a mirar lo que le gustó a los demás. ¿Por qué me transformé en una abuela chusma que saca la reposera a la vereda después de la siesta y mira qué hacen los vecinos? No tengo respuesta lógica, pero de repente estoy persiguiendo gente por celular, creyendo descubrir cosas y relaciones secretas. Que si le gustó  a este, aquel, la otra, aquello o esto. Que comentó aquello, o compartió eso. Bastaaaaa!!!

¿Se puede ser tan tarado, tener conciencia de ello y no hacer nada para remediarlo? Creo que sí.  Porque elegir la opción “no redes sociales” requiere de un desgaste de energía muy grande. Y quien escribe da fe de ello, dado que aún me mantengo lejos del Facebook, pese a haber caído en la telaraña de Instagram. Decir que no, en épocas de sí fácil, y autocensurarse para mantener la sensatez sería una resonante represión del ser.

Que la estupidez es más accesible y fácil de practicar, es sabido. Que la cordura es una montaña casi imposible de escalar, también. Pero quizás lo que no sepas vos, Wacho, es que no todas las REDES son para todos. Así que primero lee el prospecto, y fijate cuánta diarrea social te puede agarrar.

¿Alguien me puede explicar cuántos me gusta significan “te quiero untar en dulce de leche y…”?

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