La vecindad: me trajeron un hurón y casi lo mato


Te voy a dar un consejo que a mí nadie me dio cuando decidí mudarme con un amigo: no digas a todo que sí simplemente por creer que sirve para la convivencia. Si pensás que algo no suma animate y decí que no, por más que quedes como un ortiva… ¿Se entendió? Bueno, ojalá alguien me lo hubieses dicho a mí el día que Marcos vino y me dijo: “Che, tengo ganas de comprar un hurón para la casa, ¿me bancás?”. La respuesta inmediata fue “sí claro, es tu casa, podés hacer lo que quieras…”.

Error. Grave error decir esas palabras con tanta tranquilidad y esperando que nada malo pueda venir de esa ingenua pregunta. Aunque la aclaración existió (“Mirá que no pienso hacerme cargo de nada y tampoco darle bola”) en esos primeros momentos creo que ni mi cabeza ni mi cuerpo sabían con certeza a lo que se estaban enfrentando: un hurón. Una especie de rata larga que puede llegar a medir un metro con una cara simpática y ganadora. Pero no te dejes conquistar por esa mascarita… No, no lo hagas, porque después de unos días su olor, sus ruidos y su desorden pueden llegar a ser tu perdición como lo fueron para mí.

Para empezar, me dijeron que o uno se acostumbra a su olor o el mismo se va después de varios días de tomarle costumbre a la vida doméstica. Ni una ni otra cosa pasaron. Ese fuerte perfume a roedor sucio y salvaje llegó para quedarse e impregnarse en todo lo que pase cerca suyo. Y si ese no es un motivo más que suficiente para ya querer despedirlo o dejarle la puerta abierta “sin querer”, sus extremos y exagerados cuidados pueden llegar a serlo. Como por ejemplo la pequeña gripe que hizo que nuestra casa se transformara en una “zona de emergencia ” donde no se podía abrir ventanas por miedo a enfermarlo y los ruidos de invitados se llevaban a bajos decibeles para no despertarlo ni molestarlo en sus horas de descanso…

Y si todo esto no fue suficiente para convencerte de que tener un hurón en tu casa no es una buena idea, sería bueno que sepas que su jaula es casi del tamaño de mi cama. Sí, más de un metro de comodidades y recreaciones para una rata que duerme el ochenta por ciento del día. ¿Nada mal no?

Bueno ahora creo que sería momento de explicar lo que pasó esa fatídica noche de domingo de septiembre. Ese día donde el hurón al que llamamos Fridha casi pasa a una mejor vida en el paraíso de los roedores con amigos como Mickey, Jerry y Stuart Little. El día que casi comemos hurón dorado al horno con papas españolas…

Tener un animal en tu casa que poco te importa y al que igual tenés que prestarle atención es más difícil de lo que uno puede creer. Entonces, por ejemplo, boludeces como dejar puertas abiertas se transforman en una tortura, y dejar comida en algún lado puede terminar en una escena del crimen perfecto. Pero esa noche de domingo acepto que mis neuronas ya para poco servían. Venía justamente de una larga reunión con mis compañeros de Wacho y sólo esperaba llegar a casa para comer algo y dormir.

Eran cerca de las 22:30 hs. y una amiga aprovechó para venir a comer con nosotros. Mi cabeza no daba más, pero me la jugué y decidí ser yo quien iba a preparar la comida. Aunque el cuerpo me pesara y las ganas fueran casi nulas, no había mucha opción y ya me había comprometido. Así que sin esperar más decidí prender el horno para comer unas muy ansiadas milanesas (a veces nos gusta hacernos los sanos…) y terminar el día de una vez por todas.

¿Ya les dije que estaba cansado no? Bueno, quizás me atajo un poco porque lo que sigue quiero dejarlo bien en claro: no fue a propósito… O por lo menos no fue consciente. Entre charla y charla, algunos vasos de cerveza e idas y vueltas para controlar si el horno ya estaba lo suficientemente caliente para poner las milanesas surgió la gran y aterradora pregunta: “¿Dónde está Fridha? ¿La vieron por algún lado?”. La respuesta la sabíamos todos, pero ninguno se animaba a decirla. La apertura de la puerta de la cocina era suficiente indicio para decirnos que se había metido adentro y las posibilidades de que estuviera con vida eran menores a las de encontrar el vuelo de Malasyan Airlines.

La desesperación nos inundó a los tres. Aunque acepto que a Marcos mucho más y con cierto miedo de no volver a ver a Fridha. Yo no podría decir que me regocijaba, aunque quizás una parte de mí festejaba por dentro haber perdido en tan poco tiempo a nuestra nueva compañera. El horno hervía y, aunque lo primero que hicimos fue apagarlo, el calor se concentraba de manera incontrolable. Unos ruiditos de uñas patinando entre el suelo y el techo del infierno se escuchaban dando cuenta de que la lucha por sobrevivir recién había empezado.

Las ideas que fuimos teniendo para sacarla de ahí abajo eran varias: acercarle comida (cada tanto veíamos su nariz escapar para buscar un bocado pero al instante volvía a esconderse), bolsas que le divierten para morder, el ruido de llaves para aturdirla… Pero nada hacía efecto. Fridha seguía atrapada. Fridha seguía luchando por su vida.

Marcos caminaba. Iba y venía. Su cara, como creo nunca la vi, denotaba ira y tristeza al mismo tiempo. Se recriminaba en voz alta no haberla cuidado bien. Aunque yo en el fondo sabía que quería putearme a mí por colgarme y dejar la puerta abierta. Pero de nuevo seguro una voz le decía “él te avisó que no iba a cuidarla” y sus palabras tenían que atragantarse entre tantos nervios.

Aunque por más de un momento pensé que la vida del pobre hurón no era tan importante como para romper el horno, ver su cara de desesperación me obligó a recapacitar y tuve la idea de levantarlo lo más alto posible sin importar si un caño se rompía o si la puerta terminaba fuera de su eje (como terminó pasando). Había que recuperar a Fridha, viva o muerta, y terminar con esta tortura.

Me hice de todas mis fuerzas, me puse verde como Hulk, y lo levanté esperando que la pobre Fridha saliera corriendo a los brazos de Marcos y la pesadilla se hubiera acabado. Pero eso no pasaba. Seguía escondida, atrapada o inmóvil por una quemazón. Pero lo cierto es que no se acercaba. Parecía no haber manera de recuperarla.

La última opción y el momento de la redención llegó mientras mis manos pedían un descanso y casi con el último respiro levantaba el horno lo más alto posible. Un palo de escoba en la mano de nuestra amiga rescató del infierno a Fridha que volvió a los brazos de su padre sin siquiera un rasguño. La adrenalina, el miedo, los resquemores, la ira… Todo eso había pasado. O bueno, iban a pasar con el correr de los minutos. Fridha ya estaba a salvo. Vivita y coleando. Lista para un baño, para dejar de oler mal y darnos aunque sea a nosotros una alegría.

Esa noche dormí profundo. Aunque con una pequeña molestia en mi cabeza. Una que me generaba preguntas sin parar. Una que me hizo cuestionarme si toda esa voluntad por ayudarla fue en parte por el amor que le tengo a mi amigo, o porque poco a poco esa rata larga y peluda se estaba ganando un lugar en casa. ¿Merecido? No lo sé, pero es el día de hoy que mientras escribo esto y disfruto de aunque sea unas horas solas en mi casa, decido dejarla libre para que juegue cerca mío y me haga compañía. Quizás ese momento que pasamos entre la vida y la muerte hizo que un poco más amigos nos hiciéramos. Igual, vuelvo a lo mismo, la próxima vez que me pregunten si me jode traer una mascota a mi casa lo voy a pensar dos veces. Y seguro termine diciendo que no …

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