La ruta del infierno


Por Tomás Taussig

Para ir a Etiopía desde Uganda había dos opciones. Cruzar por el norte de Kenya, o volver por el centro a Nairobi, la capital, y desde ahí encarar para la frontera. Mirando el mapa, la primera alternativa aparentaba ser más corta. Hicimos nuestras averiguaciones y nos dijeron que el Norte de Kenya además de ser peligroso, prácticamente no tenía rutas y el tráfico era cuasi inexistente. Para hacer mas de mil quinientos kilómetros a dedo, no parecía ser una buena opción. Finalmente elegimos el camino más largo, pero más rápido. Y hacia allá fuimos, Churex, Raúl y yo.

Nuevamente hicimos varios dedos. Ya del lado de Kenya, en Eldoret, nos levantó un local de unos 30 años, trabajador, de clase media. Cuando uno se sube a un auto de un desconocido hay algunas preguntas típicas que sirven para entrar en confianza y generar un poco de charla. “Somos argentinos, te gusta el futbol?, Messi y Maradona”. “De que trabajas? Cuantos años tenés?”. Todo muy normal. En el viaje, de no muchos kilómetros, se habló poco. Por nada en especial, simplemente a veces se habla más y a veces se habla menos. Nuestro nuevo amigo, Joseph, tenía cara de cansado, ojos caídos, la voz nostálgica. En un momento, uno de nosotros le preguntó si tenía familia, otra típica manera de romper el hielo. En África la gente se casa muy joven, por lo que en general siempre tienen mujer y varios hijos. Hasta se sorprenden cuando les contamos que Raúl y yo estamos solteros teniendo veintiséis años. “Mi mujer se murió hace dos semanas”, fue la totalmente inesperada respuesta. Silencio triste y pesado en el auto. No supimos como reaccionar, hay cosas para las que uno no está ni nunca va a estar preparado. Los tres, sin hablarnos, sentíamos lo mismo. Dolor, impotencia, angustia. Aun sin prácticamente conocernos, hicimos nuestro duelo con Joseph. Me dieron ganas de abrazarlo, de poder ayudarlo, de decirle que de alguna manera todo iba a estar bien. Pero las palabras no salían de mi boca, solo me salía mirar por la ventana y llorar en mi interior. Los tres teníamos ganas de llorar, y creo que Joseph también. Cuando nos dejó, ya de noche, en el medio de la ruta, nos invitó a que vayamos a dormir a su casa. Le preocupaba dejarnos solos en la noche kenyana. Con una hija a quien cuidar y habiendo perdido a su mujer hace solo dos semanas, todavía tenia corazón para tres argentinos desconocidos. Dudamos en aceptar, pero teníamos mucho camino por recorrer, asique nos separamos y nos fuimos tristes. Muy tristes.

Conseguimos llegar a Nakuru bien entrada la noche. Nos alcanzó un loco que manejaba como el orto. Alguien nos dijo cuando decidimos venir a África que las únicas dos maneras de morirnos en este continente eran por enfermedad o por accidente de tránsito. Me acordé de esa frase durante todo el viaje en ese maldito auto. Nos alegramos cuando nos bajamos sanos y salvos. Pasamos la noche en Nakuru y a la mañana siguiente arrancamos temprano. Nos costó salir de la ciudad, siempre es lo mas difícil. De a poco logramos avanzar unos kilómetros hasta el siguiente pueblo, ya encarando en dirección norte. Pasaron dos blancos en una Toyota Hilux y nos levantaron. Resultaron ser dos curas franciscanos y polacos que vivían en Uganda. Fue una linda charla y hasta rezamos el rosario en un rejunte de idiomas. Algo de inglés, un poco de polaco y también español. Seguimos avanzando con varios dedos más. Dos somalíes que andaban en algo turbio, una camioneta taxi que nos llevó gratis y una camioneta de policía que nos acercó a un pueblo a solo unos cientos de kilómetros de la frontera con Etiopía. Desde ahí, no más dedo, solo un bondi. La zona ya era peligrosa por lo que la policía nos alojó por unas horas en el destacamento del pueblo.

Estábamos en el medio de la nada. Un pueblo de 4 cuadras de largo por dos de ancho. La única calle era de tierra. Nosotros sentados contra una pared de la comisaría al aire libre. Todo el pueblo se acercaba a ver la novedad de tener tres blancos perdidos en su tierra. Churex y Raúl se pusieron a jugar al fútbol con los chicos del pueblo. Siempre el fútbol, ese idioma universal. Yo me quedé cuidando las mochilas y haciendo lo que tanto me gusta hacer. Mirar. Simplemente mirar. Churex y Raúl eran los actores principales de la obra. Unos veinte chicos corrían atrás de la pelota mientras Raúl hacía de referí, con silbato incluido, y Churex era su cómplice. El resto del pueblo era la audiencia. Y se reían. Se respiraba alegría. Después de un rato, se mudaron al “estadio” del pueblo. Otro pedazo de tierra con algunas rocas menos. El sol se ponía cada vez mas rápido pero el tiempo pasaba cada vez mas lento. A lo lejos el atardecer, un viejo molino y una torre de electricidad. En el pueblo, la gente caminaba, aparecía y desaparecía. Las casas tímidamente empezaban a prender las luces y la música. La luna y las estrellas iluminaban el cielo ya oscuro. Todavía se escuchaba el eco de las risas de los chicos. Y yo seguía sentado, en el mismo lugar.

Finalmente apareció el bondi y después de negociar un rato, nos subimos. Estaba hasta las manos. Nos sentamos en la última fila que estaba vacía. El colectivo era grande, los asientos aceptables. Había solo una chica blanca además de nosotros tres. Mochilas, bolsas, bebes y hasta algún animal eran nuestros nuevos compañeros. El chofer manejaba rápido y la ruta era una mierda. De ripio, pero ese tipo de ripio que sufrió mas de una lluvia y nunca más lo alisaron. Un constante vibrar y algunos pozos muy grandes. En seguida me di cuenta que no iba a ser un viaje cómodo. Pero estábamos de buen humor y la idea de cruzar a un nuevo país nos mantenía entusiasmados. La noche estaba impecable, el viento frío era agradable y las estrellas adornaban el paisaje. Miraba pensativo por la ventana. Con el correr de los minutos el entusiasmo y el buen humor se fueron diluyendo. El chofer manejaba cada vez mas rápido, los pozos eran cada vez mas grandes y la ruta cada vez peor. O al menos esa era mi sensación. Cada tanto, por culpa de algún gran pozo, salíamos disparados de nuestros asientos hasta casi tocar el techo. Empezamos a sufrir. A sufrir enserio. Lo que empezaron siendo chistes y puteadas en joda se transformaron en cosa seria. Cada uno sufría a su manera, pero los tres la estábamos pasando como el orto. Churex se consolaba sabiendo que yo era el que peor la estaba pasando. Raul puteaba ante cada salto. Yo trataba de aguantar, de ser paciente, de curtir mi carácter. Cada tanto había pequeños tramos de asfalto que eran un descanso. Igual cada metro de asfalto lo sufría pensando que podía volver el ripio. Y volvía. Y era peor. Después de haber viajado bastante por África uno aprende a bancarse muchas cosas. Hambre, frío, calor, sed, incomodidades. Pero esto ya era demasiado. Pasaron las primeras 3 horas y yo ya estaba de mal humor, todavía seguía callado. Y siguió pasando el tiempo. Era el infierno. Porque una hora así te la bancas, dos también, tres ya te querés cortar las pelotas pero haces el último esfuerzo. Pero cuando ya van 5 horas que te la venís aguantando callado, y cada pozo te chocás con el techo, y las bermudas las tenés por el piso pero el calzoncillo por la nuca de tanto saltar, y entra tierra que se te mete en los ojos, y hace frío, y tenés hambre, y sueño. Y no te podes quedar dormido por miedo al próximo pozo. Y llega un momento en el que decís, BASTA. Basta de este continente de mierda, de la pobreza y el subdesarrollo. Porque todo tiene un limite, y el mío hasta ahí había llegado. Pero no te queda opción. Porque en el momento en el que explotás y largás todo lo que venís acumulando, y puteas al chofer en español, ingles y swahili, y la bronca te sale sin parar, te enteras que todavía no llegaste a la mitad del viaje. Y ahí literalmente te querés cortar las pelotas. Y lo más loco de todo es que nadie se queja. Todos los locales viajan como si estuviesen en el coche cama de Vía Bariloche. Yo no se si es que ya están acostumbrados y no lo sufren, o si están acostumbrados a sufrir y no dicen nada. Yo no se si se mueren de ganas de putear y quejarse pero no lo hacen o si ya son años y décadas de estar sometidos a los blancos, a los mismos negros, y están rendidos. No se si admirarlos o sentir lastima. Lo único que se es que el chofer es un hijo de puta.

Pero el hombre aguanta. Y cuando pensás que es imposible, no te queda otra, y el hombre aguanta. Llegamos después de más de 10 horas de infierno a Moyale, el pueblo fronterizo. Ya era de día. Y con todo el mal humor que teníamos, cuando nos bajamos todos se nos tiraban encima para tratar de sacarnos plata. Los mandamos a todos a la mierda y fuimos directo a la frontera. Yo caminaba adelante y los chicos frenaron a charlar con la otra blanca del bondi que habia resultado ser italiana. Y Churex me grita a lo lejos, “Tomy, no lo vas a poder creer”. Esperaba que me diga, “lo conoce al Bati”, o “estuvo en Buenos Aires” o “conoce a los Redonditos de Ricota”. Pero no. “Teníamos que sacar la visa en Nairobi, no vamos a poder pasar”. Pasaron varios minutos hasta que me di cuenta que no era una joda. No era una joda. Hicimos un intento de que nos dejen pasar y sacar la visa en la capital de Etiopía pero no hubo caso. Técnicamente pisamos suelo etiopí, pero duramos diez minutos. Estábamos los tres decepcionados, cansados, de mal humor, tristes. Vencidos. No se como, pero no nos peleamos. No había ni ganas de eso. Quisimos intentar alquilar una camioneta y volvernos el mismo día a Nairobi. No íbamos a volver a Etiopía, Egipto se convertía en nuestro próximo destino. Pero las camionetas eran carísimas. Tuvimos que pasar la noche en Moyale para levantarnos a las 5 am y, claro que si, volvernos a tomar el bondi. Pero no te queda otra, tu único camino de salida es pasar de vuelta por el infierno.

2 Commentarios

  1. Avatar
    Facundo Bulacio
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    Muy bueno! Quiero conocer el continente y todas estas historias inspiran aún más, jaja. Éxitos!

  2. No habia visitado tu blog por un tiempo, porque me pareció que era aburrido, pero los últimos articulos son de buena calidad, así que supongo que voy a añadirte a mi lista de blogs cotidiana. Te lo mereces amigo. 🙂

    Saludos

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