La procrastinación de mi vida


Se sentó con la hoja en blanco por un par de minutos y vio como el titileo del documento de Google lo desafiaba. Esa barrita negra, entrando y saliendo de la pantalla, lo incitaba a volcar palabras y darle forma a eso que tanto había esperado escribir, pero que le había llevado años. ¿Qué era? Por un momento se olvidó y se refugió en el jazz de fondo que lo seguía en sus pensamientos. El contrabajo golpeando con sutileza las bases lo devolvió a la realidad, a la carta que quería escribir explicando eso que pasó el nueve de junio de 2017 y que nunca le contó a nadie. Ese, su secreto mejor guardado y por el que había arrastrado años de sufrimiento y vergüenza en silencio. Ese que lo perseguía en sueños y que afloraba, sobre todo, los días de lluvia como este. Ese jueves de junio llovió. Esas gotas filosas eran todavía hoy un estigma que lo acompañaba en la almohada.

Sirvió un whisky y se sintió listo para encarar esos renglones sin miedo. El sabor fuerte y picante del fondo de la botella le agudizó los sentidos y le encendió una chispa que venía necesitando. Se sintió fuerte como hace mucho no se sentía, y con la valentía justa para desafiar al abecedario sin ayuda de un diccionario.  Empezó a darle forma a ese primer párrafo, el que iba a servir para atajarse un poco, para poner en contexto a ese remitente que por primera vez iba a enfrentar su más crudo secreto y sin siquiera haberlo pedido. 

Recordó a David Martín, ese misterioso y solitario personaje de El Juego del Ángel de Zafón, y cómo ahogó sus secretos y miserias sumergido en una profunda soledad. En ese constante debate interno entre dejar aflorar los sentimientos o reprimirlos para siempre. En hacer carne su tristeza, su llanto, sus deseos más prohibidos y poder dejar atrás los tormentos. Hubiésemos sido buenos amigos, pensó con el dejo intenso del whisky todavía en su lengua. 

Releyó ese primer párrafo y no se encontró en ninguna de las palabras. Sintió que le faltaba alma y vida para poder ser la introducción perfecta a su más sentida confesión. La conexión entre sus elegidas no era más que un intento banal para explicar el porqué de ese texto, pero no alcanzaba siquiera a poner en situación a cualquiera que lo leyese. Seleccionó todo, apretó el borrador y volvió a tener en frente a la hoja en blanco. 

La barra negra titilando buscando un rescate volvió a cero. Un océano blanco esperando ser decorado con eso que tanto lo persiguió y que por fin había decidido expulsar de su ser. Pero algo mucho más profundo seguía evitándolo. No importaba muy bien cómo ni porqué, pero ese nueve de junio de 2017 seguía incrustado en su cabeza queriendo salir de la Mátrix y no encontraba a dónde caer. 

Apretó con fuerza la letra A y dejó una mancha negra y profunda en el documento. Una marca como la que lo venía persiguiendo, una de esas que tienen más carácter y bravura que un toro a punto de salir en la Maestranza. Esa mancha intensa lo desafió varios minutos hasta que la botella quedó sin una gota y la excusa de tener al whisky como fiel compañero en esta contienda se fue esfumando. 

Pensó en esa noche de lluvia y recordó con finos detalles todo lo que pasó. Sus manos, su cuerpo desnudo, su voz entrecortada, seca, muerta. La pensó y la sintió como nunca. Vio sus ojos apagarse. Escuchó su nombre, el frío de junio y la luna iluminada. Apretó con fuerza una vez más el botón para borrar el documento y vio como la mancha negra desaparecía. Igual que ella. Igual que ese nueve de junio de 2017. Igual que sus ganas de vomitar en palabras ese secreto que seguramente necesite muchas más botellas de whiskys y recuerdos para poder terminar en una hoja en blanco.

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