La misa de verano


Misa de domingo

Los veranos los pasábamos casi enteros en Azul, en lo de mis abuelos. Dependiendo del año y las fiestas, tenía más o menos unas diez misas por temporada. Una decena de veces por año entrando en la Iglesia de San Antonio, custodiado por esas voces amateurs del coro del barrio. Todas mujeres. No había un solo hombre capaz de pararse al frente a entonar algún salmo. La capilla no era gran cosa y, la verdad, no tenía nada que la hiciera diferente de las demás. Era tan impersonal como una oficina estatal. No había ni cúpulas, ni vitrales flasheros, ni guitarras. Apenas un coro de señoras, un cura viejo y un par de estatuas de madera de algunos santos difíciles de identificar.

Recuerdo que ese verano, Papá Noel o alguno de los Reyes, me habían traído un reloj amarillo que tenía muchos más números de los que necesitaba. Yo casi ni lo miraba. El tiempo durante el verano se dilataba y a mí me encantaba perderlo en la pileta hasta que ya no quedaran rastros del sol o jugar con mis primos arriba de algún árbol esperando que nos llamaran a cenar. Pero llevaba el reloj con orgullo, me gustaba mucho el color. Además, entre las once y las doce de cada domingo, se convirtió en un compañero fiel e indispensable. Cada parte de la misa la cronometraba y memorizaba para poder compararla con la próxima. Una manera de matar el rato. Además, jugaba con mi hermano a ver cuánto duraba el Padrenuestro. El que ganaba le tenía que comprar al otro un Hamlet con maní en el kiosco al que nos llevaban como premio después de haber soportado una hora de nuestras vidas en esa oficina estatal, sin colores ni gárgolas. Enero fue casi todo para mí. Solo me ganó el último. Le dije que me había dejado, que no quería sufrir un empacho. Para Febrero, ya nos habíamos aburrido.

Mi diversión, durante ese mes, fue contar el tiempo que la gente tardaba en confesarse. Apenas podía me escapaba al fondo de la iglesia y ponía el reloj en marcha. Jugaba contra mí mismo. Un señor pelado con la nariz hinchada y con pozos batió el récord absoluto. Casi diecisiete minutos adentro. Cuando pasó al lado de la fila, miró al resto de la gente desde arriba, como si estuviera presumiendo de la calidad y cantidad de sus pecados. Todos lo envidiaron. El tipo que entró justo después, mucho más peludo y aburrido, salió al minuto. Me deprimió un poco, así que giré rápido como para volver al banco de mis viejos, pero me choqué con alguien, reboté y caí al piso. Los dos nos caímos. Yo arriba de ella. El tipo aburrido y sin pecados vino al rescate, pero no le dimos bola. Nos levantamos de un salto. Violetas por la vergüenza, cada uno se fue para su lado corriendo. Ella se sentó en la otra fila de bancos, pero a la misma altura.

La misa siguió, pero todos los intentos para no girar la cabeza fueron en vano. Al principio, nos cruzamos con los ojos un par de veces y volvimos a mirar al frente, al cura viejo. Pero cuando fue el momento de darse la paz con el prójimo, nos miramos durante unos segundos casi eternos, deformes, de otro tiempo y espacio. Los números extras de mi reloj deben ser para eso, pensé, mientras la mano de ella se agitó de un lado a otro y me dedicó una sonrisa, mucho más grande que la edad del coro de señoras y mucho más rica que los chocolates que le gané a mi hermano. Por primera vez, en mis siete años de vida, sentí la paz. Fue un milagro. Algo que desentonaba en el sopor de una capilla de pueblo una mañana de domingo. Como si ese pequeño cuerpo les hubiera robado la alegría a todos y la intentara contener, pero se le salía por los ojos, por las orejas y por esa sonrisa de dientes separados. No sé si era la chica más linda que había visto en mi vida. Tampoco supe si había caído aquel día de casualidad. No tenía importancia. Lo único que supe, mientras me fui caminando por el centro de la iglesia unos pasos detrás de ella, fue que toda esa semana me la iba a pasar mirando ese reloj amarillo lleno de números, rogándoles que pasaran más rápido. Suplicando a Dios y a la Virgen que llegara otra vez el domingo.

1 Commentario

  1. Avatar
    Susana
    Responder

    Excelente!!!!

Responder a Susana Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *