La juventud está perdida


La juventud está perdida. Escucho esa frase frecuentemente y cada vez más de personas que se peinan las canas con una mirada cínica e inquisidora. Que los pibes de hoy no tienen valores, no comprenden el esfuerzo ni lo costoso que es conseguir lo que uno quiere. Que son poco solidarios, que tienen ojos solo para sí mismos y que el futuro les importa poco y nada… Escucho eso muy seguido. 

Que ya no se ponen la camiseta de una empresa y que saltan de un lugar al otro sin importarles nada. Que no se bancan horas extras, quedarse hasta tarde y que se desmotivan muy rápido. Prefieren el home-office, solo piensan en las vacaciones y se gastan el sueldo en boludeces. Porque claro, comprar una casa o un auto nunca está en sus planes.. 

La juventud está perdida vuelvo a escuchar, y pienso en esos pibxs que deciden dejar de comer carne pensando no solo en los animales sino en el futuro del planeta. Uno más verde, más lindo y por sobre todo, más duradero. En las mujeres que a pesar de vivir en una sociedad patriarcal levantaron el puño verde en alto y cambiaron la realidad social de nuestro país para siempre. Del amor libre que se vive en la calle, donde no importa a quién le des un beso ni con quién estés de la mano, si te vestiste con ropa con género o sin, si te teñiste el pelo, te hiciste un arito o te escrachaste el cuello. El amor que por fin, de a poco -y se que todavía falta mucho-, respeta al otro sin detenerse en los prejuicios. 

En los que se matan por sus proyectos y laburan sin importarles un horario. Los que se arreglan con un sueldo de mierda y comparten un departamento con amigxs, porque claro, comprar una casa o un auto es imposible. En los que arman una mochila y se van, sin mucho plan o idea, a recorrer el mundo. A abrir la cabeza. Y los que esperan que lleguen sus vacaciones y se van con amigxs a donde les pinte. Porque juntos, es mejor. 

Las generaciones cambian. Para bien y para mal. Y esto no es noticia, es parte de la evolución. Y aggiornarse es un trabajo, pero también es una casi-obligación. Adaptarse a lo nuevo, a los cambios, a la transformación. Porque para entender lo que se viene, hay que primero ponerse en el lugar del que vive y construye este presente tan caótico pero tan hermoso. Porque la juventud está perdida, hoy y siempre. 

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