La eternidad


Un estruendo lo levanta de la siesta. Sus parpados se despegan haciendo lugar en la arrugada cara y sus pupilas se expanden sobre el iris celeste. Está asustado. Muy rara vez Emilio se levanta de buen humor, pero esta vez  hay algo más. 

Escucha gemidos que llegan de alguna parte. “¿Norberto?” pregunta en voz alta. Baja las piernas del apoyabrazos del sillón y en dos tiempos levanta el torso empujándose con el codo. ¡Norberto! Grita y después toma un poco de aire.  

Se pone los anteojos, levanta el bastón del piso y haciendo palanca con las dos manos, se pone de pie con esfuerzo. ¡Norberto! Vuelve a gritar mientras queda un segundo haciendo equilibrio y esperando a que se le pase el mareo. Ahora no se escucha nada. 

Su hijo está en el dormitorio sacando la ropa que él ya no usa. Emilio le dijo que no hacía falta cuando almorzaban, pero no hubo caso. A los noventa años se le hace difícil convencerlo de que puede hacer algunas cosas. 

Camina apurado haciendo crujir el parquet. Cruza el pasillo y dobla a la derecha para llegar a la puerta del cuarto. Se sostiene del marco y siente la agitación.  Mira para adentro. Hay ropa doblada por todas partes y del costado de la cama salen las piernas de Norberto que está tirado en el piso. El corazón le late aún más. 

Hace un par de pasos hasta donde puede verle la cara. Tiene la boca abierta buscando aire, la mirada apuntando a la pared y el cuello estirado y tieso. El brazo izquierdo  está recto al costado de su cuerpo y el derecho doblado, con la mano agarrando la camisa a la altura de la boca del estomago. Otro infarto. 

Emilio rodea la cama y se sienta en la cabecera. Agarra el teléfono de la mesa de luz y marca el 107. Mientras espera siente olor a muerte. Le pasó cerca tantas veces que ya lo conoce, le resulta inconfundible, como el de la mandarina. 

Alguien atiende del otro lado y él explica lo que pasa. Tiene 63, está inconsciente y ya tuvo dos infartos. “Ya mismo enviamos una ambulancia señor, no se desespere”, escucha salir del tubo y corta.

Vuelve a los pies de Norberto y lo mira desde arriba. Le empuja la punta del pie con el bastón, pero no hay respuesta. Hunde la punta en la panza y tampoco. Piensa en tomarle el pulso y se agacha un poco, pero no puede llegar a la muñeca ni al cuello. El espacio entre la cama y la pared es angosto. Al menos para él.  

Llora parado a los pies de Norberto. Deja caer algunas lágrimas en realidad, pero sin hacer ningún sonido.  Debería ser él que está tirado en el piso. Ojala fuera. Por lo menos alguien lo lloraría como corresponde. Dicen que no hay nada peor que la muerte de un hijo. Sí, la muerte de dos, de tu mujer y de tu hermano. Verlos ir a todos, a tus amigos y enemigos, y saber que tenés que olvidarlos para mantenerte un rato más lejos de ellos. 

Lo único que le queda es su nuera y sus nietos. La idea de ser una carga para ellos le resulta insoportable. Vuelve a la mesa de luz y arranca una hoja de un cuaderno.  Agarra una birome y escribe cinco palabras enormes en el papel. Camina al baño golpeando el piso violentamente con el bastón a cada paso. Sus ojos inyectados de sangre siguen goteando. 

Llega y se para enfrente de la pileta sin levantar la cabeza para no verse al espejo. Cerquita, a la izquierda tiene el inodoro. Deja la hoja a sobre la mochila y descarga el contenido de un vaso en el desagüe. Ve su dentadura dar un par de vueltas. Agarra el neceser de un cajón de abajo y saca cuatro blísteres sin fijarse de que son. Cada vez siente más bronca. Se da cuenta que la luz está apagada, se ve poco, pero piensa que tal vez es mejor así.

Saca un pañuelo de tela del bolsillo de atrás y lo extiende sobre la hoja. Todavía se notan algunos restos de sus iniciales bordadas.  Suelta los comprimidos arriba y se pincha un dedo con el pvc. Se lo chupa y se ve sin querer en el espejo. Sus rasgos apenas se distinguen en la oscura silueta. Cierra el pañuelo envolviendo el contenido y le da varios golpes con la base del vaso. Abre y mira. Solo pudo romper algunos. Cierra y golpea. Frena un segundo para descansar y suelta un sollozo. Mira para arriba buscando el cielo pero solo vez manchas de humedad. Vuelve a abrir el pañuelo. Piensa que puede servir. 

Suelta el polvo blanco en el vaso y lo llena de agua. Gira para verlo contra la luz que entra por la puerta. Es un menjunje blanco con pedazos de colores flotando. Saca los más grandes con los dedos. Una gota de sangre tiñe el agua, pero rápidamente se disuelve. Agarra el papel, se sienta en el inodoro y se lo pone en el pecho. Respira un par de veces para tomar envión y pega un trago largo. No llega ni a la mitad. El sabor amargo es insoportable y le queda un pedacito de laca en la campanita. 

Traga e intenta mantener el líquido adentro,  resistiendo las arcadas. Le lloran los ojos pero no de tristeza. Endereza la postura, clava la pera en la garganta para cerrarla y apreta el cartel contra el pecho. Gira la cabeza y vomita todo el bidet. Queda tambaleando en el lugar y putea al aire. Mira lo que hasta recién era el intoxicado interior de su estomago. Le tiemblan las piernas, pero se siente lleno de vigor.

Menea la cabeza y se limpia los labios con la manga. Respira dos veces de nuevo, suelta la hoja en su pecho y se lleva la mano a la nariz. Tapándose con dos dedos, le pega otro trago al vaso. Frunce el ceño y aguanta. Lo mira y todavía queda un poco. Va de vuelta y lo termina.  

Se recuesta contra la mochila y se acomoda el cartel. ¿Qué hora será? Se pregunta. A las cuatro jugaba Quilmes. Escucha música que viene de afuera y un perro ladrando. Siente otra vez olor a muerte.  Esta vez no está tan mal. Sueña que no existió nunca. Qué el departamento desaparece, nadie los encuentra y quedan ahí para siempre. Sonríe. Escucha el portero eléctrico. En cada repetición se oye más lejos. …Norberto, ¿vas vos?…    

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