La estafa de crecer


Por Carla Andriossi

Metro diez de altura, corte carré con flequillo recto y pantalones negros producto del rechazo a los vestidos y el rosa. Cuando era chica jugaba a ser adulta, creía que crecer era fenomenal, pero me estafé a mí misma perdiendo la oportunidad de imaginar sin restricciones. Jugaba tanto a ser adulta que lo lograba, aún más que hoy, que tengo treinta. Me aguantaba festejar mi cumpleaños año por medio cuando no había plata. Ahora, si no lo festejo como lo planeo, me angustio. También me hacía respetar, me paraba de manos si me ofendían y hoy me meo encima si me miran un poquito mal.

Era tan adulta que tuve adicciones desde que nací. No largué ni el chupete ni la mamadera hasta primer grado y me retiraban del colegio una vez al mes por vomitar los mil chocolates que había comido la noche anterior. Esto último la verdad no cambió, en lugar de mamadera ahora son puchos y en lugar de chocolates, birra barata.

Calle de tierra, banco de cemento en la esquina, almacén en el fondo y un parque que me  parecía infinito, eso era para mí el Barrio Sarmiento de San Miguel, donde pasaba mis vacaciones y fines de semana.

Recuerdo los días en la casa de los nonos como si fuese hoy. Levantarme tarde, bañarme poco y meterme a la pileta. Las golosinas a escondidas y la hamburguesa a media tarde. Jugar a ser cualquier cantante de los 90 con mi hermana y creer que era verdad, salir a la vereda y encontrarme con unos cuantos más. Visitar a los primos, esconderme o hacer travesuras sin grandes consecuencias.

Desando caminos y me encuentro con pequeñas diferencias, pero sigo siendo yo aunque tenga 20 años más.  Me siguen atrayendo las mismas cosas, cada tanto juego a ser Britney Spears y a veces me porto mal pero ahora las consecuencias me despiertan a los gritos a la mañana siguiente.

Con tantas similitudes, es difícil darse cuenta cuándo creciste. Pareciera que sin matrimonio y sin hijos los límites de la adultez se desdibujan y son tan confusos como intentar ver qué colectivo se acerca sin usar anteojos teniendo miopía y astigmatismo. De pronto te ves armando una casa sin los regalos de una lista de casamiento ni la seguridad que parecían tener tus viejos cuando te criaban, aunque en realidad te criaban como podían y escondían muy bien sus temores.

Entonces, repasando tu vida una y otra vez, te das cuenta de que ese límite no es una línea recta sino un par de momentos. Como la vez que rescaté a alguien del infierno en el que yo estaba cuando tenía su tamaño, o cuando me arrebataron la inocencia camino al colegio con tan sólo un manotazo. Algún día, mi destino empezó a depender de mí y no de lo que imaginaba por las tardes con una mochila en la mano y los ojos cerrados observando un paisaje inventado.

Me di cuenta que había crecido cuando me vi como una más de los que caminan ciegos por Microcentro con ropa incómoda pensando en las cuentas que hay que pagar, cuando los adultos de la familia no sólo se peleaban entre ellos sino también conmigo, cuando quedarme sin trabajo significaba adelgazar y no dormir durante días, semanas o más.

Crecemos en cuotas y las pagamos durante años, o eso creo en este momento mientras escribo. Observo el paso del tiempo a cada momento, recuerdo sin parar y me doy cuenta de que soy adulta cada vez que mato un poco más mi libertad.

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