La amistad y los 30


“Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una sola mano”, decía mi papá cuando era piba, y yo solo podía pensar que mi papá no había tenido mucha suerte. En ese entonces yo estaba en primaria y si bien tenía mi grupo de amigas – éramos 7- me consideraba amiga de todas las chicas de mi clase (no había varones). Tenía categorías para todas: mejor amiga, “amiga amiga”, “íntima”, y demás términos que configuraban una estructura tan compleja y confusa para los ojos adultos como la de los telares de la abundancia.

Toda esta energía se materializaba en la forma de pijamas party en donde siempre me dormía última y me despertaba primera – una desgracia absoluta-, días enteros en la casa de alguna afortunada que tuviera jardín, llamadas por teléfono de línea -sí, todavía se usaba – que duraban horas y cartas que intercambiábamos durante la hora de Lengua o Matemáticas, llenas de stickers y chistes que a la distancia son incomprensibles. No había dudas sobre la durabilidad de nuestra amistad ni guardábamos grandes secretos las unas de las otras. Nos contábamos la vida, y la vida en ese entonces era más bien chiquita.

Llegó después la secundaria y la masa uniforme de amistades empezó a dividirse en regimientos con características tan marcadas que parecía la Libertadores. Estaban las que salían y ya chapaban, las que eran más “tranquilas” – horroroso adjetivo para nombrar todo lo que no era símil Cris Morena -, lxs quilomberos, lxs rares, etc. Se nos atomizó la vida y esos secretos que eran casi un acervo cultural, sin dueños ni murallas, se transformaron en túneles oscuros y muchas veces dolorosos. Dejamos de compartir todo, la vida empezó a agrandarse y ganarnos las primeras batallas que dolieron de verdad. Los diarios íntimos se plagaron de traiciones, angustias y la constante sensación de no encajar en ningún lado a pesar de intentarlo con rabia.

Con la facultad llegó para muchxs el alivio de un comienzo fresco y una oleada de gente nueva. Rápidamente pesqué a quienes serían mis amigues y los incorporé al delicado entretejido de la intimidad. Salidas todos los jueves, amores que no fueron y algunas historias que todavía cuento de vez en cuando. Estas amistades son cualitativamente distintas a las que adquirí en mi época escolar. Son personas elegidas para hacer de ese collage que es la identidad propia, uno que se parezca más a lo que somos de verdad. Esas amistades vinieron a enseñarme algo nuevo de mi misma y me dejaron jugar de una forma que antes no estaba habilitada. Con los amigos de la facultad compartí noches estudiando sin parar, grupos de trabajo en donde la división de tareas era siempre injusta, presentaciones de Power Point con demasiadas animaciones y la sensación de estar transitando juntxs algo único que nos iba a marcar para toda la vida, el silencio antes de la tormenta.

Llegó el primer trabajo y los primeros rayos de sol de la adultez nos lastimaron los ojos. El espacio de la oficina y la jornada de 9 a 18  inauguró una categoría de amistad que no vi venir en mis épocas de estudiante exclusiva. Jamás pensé que un compañerx de trabajo podía convertirse en unx compañerx de vida, pero así fue. De a poco, las categorías se fueron borrando y todxs pasaron a ser “amigxs” sin importar la procedencia o la antigüedad. Una persona con la que compartí un trámite difícil, dos semanas en la costa, un amigo de la primaria o una compañera de la oficina; lo mismo daba, si pasaban a ser considerades amigxs entonces todo lo demás empezó a dejar de importar. Algunas personas son más rígidas con respecto esto, pero yo prefiero nombrar menos en este terreno. 

La amistad evolucionó para mí. Me torné más selectiva, menos careta. Entiendo lo que representa y sé también que no hay una sola sino varias maneras de vivirla. Están lxs que viven lejos, lxs que son vecinos, lxs que odian hablar por teléfono y otres que necesitan saberlo todo. La amistad es como un Pokemon, evoluciona; aunque más que atraparlos lo difícil en este caso es conservarlos y hacer que crezcan, potenciar a ese bicho y no caer en una colección superficial de 890 criaturas de colores.

Con los 30 la amistad también trajo novedades. Ya no tengo la necesidad impulsiva de comentar cada detalle de mi existencia con mis amigxs. Con la mayoría hablo poco; pero cuando hablo les digo la verdad de lo que me pasa. A algunos no los veo hace años. Tengo amigxs a lxs que recurro para hablar de amor y otres con quienes hablo de alquileres y temas de trabajo. En las dos cosas se dirime lo mismo, la intimidad de la vida compartida. Tengo amigos con proyectos propios, otrxs que me entienden rápido, amigos que me sacaron de los escombros y otros que recuerdan versiones de mí misma que ni yo misma recuerdo. Encontré amigos nuevos que sé que van a durar y hay amigos viejos que veo alejarse de mí de a poco. No sé cómo revertirlo y tampoco sé si quiero. Aunque me duela, no sé cómo se sostiene algo que fue genuino y ahora solamente es difícil.

Los cuento con más dedos que los de una sola mano y soy afortunada, pero ahora entiendo más a mi papá. La amistad para mí es íntima; expansiva pero chiquita. No tiene por qué ser para siempre, ni ser juzgada por su longevidad. Como en casi todo, la duración no habla necesariamente de su calidad. Hay amigos que duraron un verano y fueron revolucionarios. Amigxs de internet, que nos muestran un mundo de compañías sutiles y pactos secretos. Amigues de la noche, que nos esperan para cantar a los gritos y saltando. No estarán en los momentos más difíciles pero hacen de los buenos, mejores, y eso también importa. Hay amigxs con los que podemos quejarnos catárticamente; otros que nos hacen reír y nada más pero… ¿Qué más pedir?

Algunes me dirán que esos no son amigos, y sacarán su lista de requisitos obligatorios y compromisos “hasta que la muerte nos separe”. Algunos me advertirán sobre las traiciones, la soledad de la vida, la falsedad, las peleas de socios, los casadxs vs. los solterxs. A los 30 esas advertencias te respiran en la nuca y ya te anotaste un par de fracasos estrepitosos en materia de amistad. Ya hay lista de traidores, decepcionadores seriales, fantasmas, panqueques y demás categorías circenses. Pero también hay pequeños actos de lealtad que rescataron en el momento justo, promesas cumplidas, sorpresas sólidas. Hay momentos ordinarios compartidos y celebrados con un mate y una anécdota inflada, un cumpleaños de a pocos y sin un mango, confesiones extraordinarias y transformaciones que siempre fueron urgentes. A los 30 todo te respira en la nuca: los finales, los comienzos y, sobre todo, los “Continuará”.

4 Commentarios

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    Juli González
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    ¡Coincido mucho! Y desde muy pequeña que me rompen los ovarios esas listas de requisitos para la amistad, así como las exigencias de hablar todos los días de absolutamente todo o ‘vivir’ en la casa del otre para fortalecer el vínculo, juntándose todos los días. Calculo que también por eso nunca pertenecí a un “grupo de amigues”. Todxs mis amistades son tan distintes entre sí que resultaría imposible incorporarlas en un solo grupo.
    Disfruté la nota, gracias. Me sentí acompañada en esa soledad elegida.

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    Monica
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    La amistad fue un gran tema de divan, tal como vas describiendo a medida que se avanza en la vida se busca pertencer , casi contando en cada etapa de la vida ah en tal lugar pude hacerme de amigos como si en ese tal lugar asistiera nada mas que para poder ser incluida y no por la actividad en si ( colegios, deportes, univ, trabajos y barrios) de cada grupo que integre siempre observe que habia un lazo que prevalecia como fulana siempre siempre estar con mengana siempre, pasando cada etapa juntas niñez adolesc adultez incluso ser madres juntas, asi en cada grupo que frecuente. Pues recien ahora puedo ser amiga de eso de amigarme con que no soy de tales vinculos, amigxs si y contados con los dedos de una sola mano a los cuales les deseo lo mejor del mundo.

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    Marcos Sarquis
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    Me encantó Lula.

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    Niko
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    “A los 30 todo te respira en la nuca” gracias por tanto!

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