Jujuy, la “gran” elección


Por: Facundo Mesquida

¿Se puede decir que los argentinos siempre queremos cagar más alto de lo que nos da el culo? No sé, pero en mi infancia era la frase de advertencia que me repetían siempre. Ojo, no era que mis viejos se esmeraban en cagarme todos los sueños, solo buscaban que por un minuto dejara de imaginar una vida paralela donde las bicicletas volaban.

¡E.T. y la puta que te parió!

Aprendí así a tener ambiciones pequeñas, intereses mundanos, vuelo bajito. Así que a la hora de pensar un viaje de vacaciones no iba a mirar el globo terráqueo.

Circunscripto a los límites políticos de la Argentina, la gran elección fue Jujuy. Y lo de “gran” no es casualidad, pero dejemos eso para más adelante.

Una semana después de esa importantísima elección llegó el cumpleaños de mi cuñada de aquel entonces. Cruzo la puerta de entrada dando saludos y recitando lindos deseos de cumpleaños. Me pide que me saque las zapatillas por una cuestión de limpieza. Me río. Insiste. Me las saco. Miro a los comensales. Todos en patas. El mundo es una locura, pienso. Me integro al ritmo del saludo general y noto por primera vez en la noche que soy el único ser humano en la sala que tiene pene y testículos. Muy mal indicio.

La charla era laboral. Me sumo. Agrego detalles innecesarios que a nadie, o mejor dicho a ellas, les importaba un carajo. Me callo y busco la mejor manera de quedarme ocupado sin prestar atención a la conversación grupal. ¿Cómo? Tomando toda la cerveza que había en la mesa. Minutos más tarde mi cuñada insiste en integrarme nuevamente a la charla, pero no tiene mejor idea que preguntarme dónde compro mi ropa. ¿Quién mierda pregunta eso? ¿Le digo que la mitad de mi vestuario es herencia de mi hermano porque no crecí un puto centímetro más desde los 12 años, o le digo que la otra mitad de mi placard lo compré en la calle? Miento. Tiro marcas. Desaprobación general y miradas cómplices entre ellas.

Vuelvo a la cerveza y me pregunto para mis adentros quién jugaba y cómo habrán salido los partidos. Comienzo a enumerar los equipos que ya jugaron intentando adivinar los que faltan. Estaba entretenido deduciendo que Banfield seguramente tenía que jugar con Arsenal y me sacan a bailar otra vez. ¿A qué te dedicas vos, Facu? Digo la verdad: “Periodista agropecuario”. Y mientras lo voy diciendo pienso que tendría que haber mentido. Noto un montón de ojos pestañando y no pudiendo creer lo que dije. No hay repregunta, así que vuelvo a la cerveza mientras imagino la escena de película en la cual tiro la mesa a la mierda, las re puteo una por una y me voy en patas a mi casa.

El termómetro de la infelicidad estaba desbordado. Resignado me pongo a escuchar su conversación, mientras le tiro unos besitos cortos a la cerveza para que no se ponga celosa. Y ahí comienzo a comprender dónde estaba. Ellas, las lobitas con piel de cordero eran altas empleadas de Techint y sus charlas iban y venían de país en país. Países que yo solo sabía que existían porque Hitler los invadió en la Segunda Guerra Mundial. Hacían la conversión de Euros a Dólares en segundos, digno de cualquier economista consagrado. ¿Qué mierda hago acá?

Después de escuchar unos cuarenta minutos sobre indumentaria femenina, lo que para mí fueron dos días, se dieron cuenta de que estaban en presencia de un hombre. Bueno, en realidad ellas no me tomaban en cuenta como hombre, pero mi pene las contradecía. Y aquí nace el último baile. El de graduación. ¿A dónde te vas a ir de vacaciones, Facu? Pienso en mentir y decirles que voy a conocer Madagascar y a surfear con delfines salvajes africanos. Que cuando este aburrido voy a salvar ballenas con mi moto acuática mientras me beso con una sirena. Pero no. Les digo la verdad y respondo “Jujuy”. Y, de vuelta, todos los ojitos al pelotudo.

Resulta que mi provincia elegida sí les despertó interés, pero no de ese en el que uno comienza a preguntar cosas sin parar, sino al revés. Se pusieron a charlar entre ellas recordando lo mal que la habían pasado cuando fueron. “Era todo de tierra y tenías que caminar como mil cuadras para llegar a algún lado”, “patético encima la gente como vive”, “te mandan a mirar una montaña y no podés ni sentarte”, “no puedo entender cómo viven en esas condiciones de pobreza”, “un calor insoportable y te morís de frío a la noche”, “si, es verdad, siempre hay un tipo tocando la guitarra en cualquier lado”, “horrible”, “fue el peor cumpleaños de mi vida”.

Me llené el vaso de cerveza. Me levanté y caminé hasta el extremo de la sala mientras sentía cómo se clavaban los ojos en mi espalda. Abrí la puerta y salí al balcón. Saqué el Philip común y el Mini Bic del bolsillo. Cigarrillo a la boca y le tiré fuego con la derecha mientras me hacía carpita con la izquierda. Le dí una gran pitada al cigarrillo mirando cómo pasaba la gente caminando por Jean Jaures. Tomé un trago largo de cerveza y me dije “Este va a ser el mejor viaje de tu vida”.

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