Interrupciones


Por Tomás Fonseca Thorner*

 

Se enciende la pantalla del celular y veo que es una notificación de WhatsApp. Era el mensaje que estuve esperando toda la eternidad de la semana. Una solución, una respuesta, ojalá el principio del final que mi mente necesita. Lo abro con ilusión (¿se puede tenerla en momentos como este? ¿o tan solo es un anhelo de resolución con el disfraz de un buen sentir?)

“Hola Paula, soy la secretaria del Doctor.”

Escribiendo…

Desaparece la leyenda, aparece “en línea” y luego, tras un minuto, “última conexión”.

La ansiedad se me multiplica. Pasan cinco minutos que parecen horas. Ya no quiero esperar más nada. Todo es esperar en este tema.

Escribiendo…

“Me dice el Doctor que averiguó y que el sistema no da respuesta en casos como el suyo. Que lamentablemente en el país no hay solución legal para su situación.”

El “legal” me queda rebotando. La cólera y la decepción de que me haya avisado por WhatsApp, a través de un tercero y no ayudándome en nada, con nula empatía y sensibilidad, pierden terreno ante el pensamiento de que sí hay solución. El punto es cuál, cómo y dónde.

 

La bisagra 12

Cuatro meses sin menstruar. Me empiezo a sentir mal, muy mal, con dolores fuertísimos en el útero y con mucha debilidad. Necesito saber que tengo. Me hago un ultrasonido y para mi sorpresa, estoy embarazada.

Me empiezo a emocionar, a visualizar momentos. A soñar e imaginar. Me pensaba en diciembre ya con panza, cenando con mis seres queridos, en la que sería mi última navidad sin que Santa llegase a casa.

Fuimos con mi esposo al hospital de Alajuela a hacer lo rutinario. Ultrasonido, exámenes de sangre. Todo va bien, contémosle a nuestras familias y amigos. Llegó la felicidad y el ambiente de nuestro entorno empezó a ser bonito. Mi papá como por arte de magia se llenó de entusiasmo. El abuelazgo lo motivaba. Florecía la emoción en todos y en mí, la de ser mamá.

Pero no habíamos cruzado la tan temida frontera de la semana 12. Ese punto de inflexión donde prácticamente todas las cartas del azar de la genética y de la naturaleza se posan sobre la mesa.

Abro la puerta. No tiemblo al agarrar el picaporte. Es la cita de la semana 12 (o del tercer mes) y estoy, estamos, llenos de miedos e incertidumbre, tal vez lógicos como padres primerizos.

El gel frió en la panza me eriza la piel, los nervios me erizan la piel. El aparato se posa en mí y comienza a deslizarse suavemente. Lo veo en la pantalla. Es él o ella, con forma, con anatomía. Sus piecitos, sus piernas. El médico me habla, va explicándome todo, pero lo escucho lejano. Quedo atrapada en las imágenes, el monitor imanta mi atención. Aparece el tronco, su cuello y sigue la disertación galena como de fondo, casi como música funcional que acompaña el momento.

De repente, un silencio ensordecedor. El hombre vestido de blanco calla y mide, mide y calla.

Me azota la angustia. Busco los ojos de mi esposo para encontrar reparo, pero lo que veo es más angustia. Pregunto o no pregunto… pregunto o no pregunto… Pregunto.

“Doctor, ¿qué pasa? ¿todo está bien?”

“No”

Dos letras que parten el mundo, mi mundo.

“Hay una medida que no me cierra”

Cuando habíamos empezado con el ultrasonido, hubo un momento en que el bebé sacó la manita y parecía saludarnos. Quise que Pablo tomara una foto, pero el doctor dijo que tranquilos, que él después regresaba para poder sacarla sin apuro. No hubo después.

Cuando nos menciona lo de la medida, imprime dos fotos, apaga todo, se levanta de la mesa y me manda a cambiar. No me dice nada. En mi cabeza le exijo “dígame algo”, al compás de desgarrarme por dentro.

Nos sienta en el escritorio y dice: “hay una medida que no está bien, puede ser que no sea nada, pero puede que si sea.”

La vaguedad es un abismo desolador en estos momentos. Necesito precisión.

“En dos semanas deben ir a otro doctor. Manejen la ansiedad porque lo adecuado es que vayan en la semana 14.” Muy fácil decirlo. El tiempo se pone en cámara lenta a la vez que también no para. Dualismos temporales que erosionan el sentir y la salud mental.

Nos entregó una foto de la cabecita y nos dijo que lo que no estaba bien era “ahí”. Su dedo la señala y se veía como incompleta. El ojo de una publicista no permite saber la gravedad del asunto, pero la pulsión humana nos entrega sentires prácticamente inequívocos.

Fueron dos semanas que no podía parar de llorar. ¿De dónde me sale tanta agua? Estoy en el trabajo y quiero gritar, estoy en el carro y quiero gritar, estoy en mi casa y quiero gritar, y grito. Nada me desahoga. No podía casi hablar, no quería mirar a nadie a los ojos.

 

 

Why do stars fall down from the sky
Every time you walk by?
Just like me, they long to be
Close to you.

 

Cada noche antes de la semana 12, semana parteaguas, dolorosa semana, te cantábamos y te hacíamos una oración. No somos muy creyentes pero el nexo espiritual lo tendíamos a diario y lo mixturábamos con meditación. Vos, Pablo y yo, en ese ritual maternal-paternal de conexión.

Pero después de la doceava, ya no cantábamos. La alegría se había evaporado y la meditación se volvió petición.

“Que no sea nada, cúrate, un error, algo leve”.

Y a pesar que en el Spotify ya no sonaban los acordes, en mi cabeza igual Bob cantaba, me cantaba, te cantaba.

 

Don’t worry about a thing
Because every little thing
Is going to be all right

 

Y luego, el pedido cambió. Necesitaba que fuera blanco o negro, no la opacidad del gris. No por mí, no por nosotros, sino por vos. No quería que sufrieras, que nacieras y que no pudieras salir a correr, jugar, andar en bicicleta, como los demás.

 

60 segundos y una decisión

Entré al consultorio y la espera de 20.160 minutos se disipó en uno.

“Tú bebé tiene acrania parcial con exencefalia”

Los huesos de arriba del cráneo no se habían formado y el cerebro estaba expuesto al líquido amniótico. Solamente una suerte de gelatina cubría su cabeza. O al menos así lo entendí yo. Sin pretensiones explicativas médicas ni científicas, comprendí que mi bebé tenía una anomalía congénita poco frecuente.

“Es una condición 100% incompatible con la vida.”

“¿Qué va a pasar entonces?”

“El embarazo puede llegar a término, pero como el cerebro está expuesto, va a comenzar a golpearse con el líquido amniótico y con las paredes del saco, ocasionando que la gelatina que funciona como cobertor no cumpla su tarea y el cerebro se degenere hasta desaparecer. Otra opción es que muera en cualquier momento de los próximos meses, pero no se decirle cuando.”

Me levanto de la camilla y siento que me toman de la mano. Hago contacto visual con el médico y me dice algo que nunca olvidaré: “esto no va a volver a pasar, no crea que usted hizo algo malo, son cosas que pasan, como la lotería, no tenga miedo que esto no se va a repetir.”

El pronóstico era completamente desfavorable y cuando terminé de escuchar al especialista, ya sabía lo que iba a hacer. Apenas salí de allí, entendí que estaba a contratiempo.

Los primeros días a pesar de mi seguridad, seguía pensándolo. Lo social es una presión que opera a la hora de tomar esta decisión. No somos ajenos al contexto y el ambiente en el que vivimos y una carga con la mochila de la ilegalidad que existe en Costa Rica cuando se plantea el tema.

Al salir de la cita, llamé a mi doctor, pero me respondió la secretaria. Necesitaba respuestas ya, así que llame a otros médicos. Uno de ellos me dijo que lo mejor era no avanzar con el embarazo y otro coincidió con la apreciación de ponerle fin, pero agregó algo. Hizo énfasis en que no era conveniente seguirlo por un tema psicológico, ya que mentalmente es duro caminar un embarazo cuyo corolario inevitable es la muerte. Eso era lo que quería, que termine ya.

 

Primeros pasos 

Doy vueltas en la cama. Me tapo, me destapo, doy una vuelta a la derecha, me pongo boca arriba. Miro el celular, son las 3:03 AM. La cabeza no me frena. No estoy pecando, no te estoy cometiendo ninguna falta Dios, pero las instituciones y la sociedad al parecer sancionan más que lo divino y depositan en mi conciencia una carga muy fuerte. Si tan solo hubiera un 15% de posibilidad de que vivas… o un 1% de probabilidades donde nosotros pongamos el 99% restante de fe… pero no. Es un 100% incompatible con la vida y al margen de porcentajes matemáticos, el sentimiento y lo que íbamos a hacer, estaba claro.

Nos empezamos a mover para ejecutar nuestra decisión. Nos pusimos en contacto con cuatro doctores y uno decidió ayudarnos.

Y comenzamos a caminar la delgada línea entre lo permitido y la clandestinidad. El primer paso fueron las pastillas.

Suena tres veces y me atiende del otro lado una voz robótica. No hay ningún saludo como preámbulo.

“Por el tema de las pastillas, tenemos que vernos en un lugar público y la hora que yo te diga. La plata en efectivo y exacta. Te llamo más tarde para combinar los detalles.”

Pum, me colgó.

La Cytotec en la farmacia del barrio, de cualquier esquina, con la receta de un especialista para un tratamiento gastroenterológico, cuesta 38 mil cólones costarricenses (alrededor de 65 dólares) las 14 pastillas. Pero a través del mercado negro, cada una sale 12 mil cólones (22 dólares aproximadamente) y necesitaba 4 pastillas por dosis y al menos 3 dosis para llevar adelante la única opción que tengo para no perder la cabeza. Cerca de 150 mil colones (265 dólares) las 12 pastillas. Es un privilegio tener disponible ese dinero. Lo económico marca con fiereza sus barreras.

Al rato, otro llamado. El metálico sonido desde el auricular del celular me da las coordenadas. Hablamos sin decir las cosas por su nombre, pero nos entendemos. Y finalmente, logré comprarlas.

El nivel socioeconómico planta sus fronteras y reclama sin excepciones determinado tipo de pasaportes. Si no lo tenés, no pasás.

¿Cuánto le cuesta al Estado (cuanto nos sale a todos) un embarazo a término para un bebé que va a morir? ¿Cuánto le saldría suministrar las pastillas para que la mujer pueda ponerle fin a un embarazo que por su condición no puede salvarse? Son interrogantes economistas que suelen ser respondidas desde otros tópicos, desde otros credos.

En todo este proceso, desde que me dieron el diagnóstico, no estuve yendo a trabajar. Corrí con la suerte de que en mi trabajo me apoyaron y entendieron la situación. Me dieron un permiso especial.

Pero, ¿qué sucede con una persona de una clase social baja, donde su estabilidad laboral pende de un hilo puesto que el servicio público de salud de Costa Rica no te reconoce la incapacidad con goce de salario por un caso como el mío, ya que la vida de la mujer no está en peligro? ¿Cómo se concentra uno en el quehacer profesional sabiendo que cargás con un bebé que no va a poder vivir? Es un duelo tener a tu hijo dentro sabiendo que no tiene final feliz.

Tengo contracciones. Ya van diez horas de labor de parto y nada. El cuerpo se me estremece, pero no sucede. Quiero, necesito, deseo que sea espontáneo, no quiero recurrir a algo más.

Basta. Que sea ya.

Las pastillas no sirvieron. Ni en el primer intento, ni el segundo. La tercera no sería la vencida porque no hubo. No funcionó y con ello supe que, en mi país, ya no iba a poder hacer nada más.

 

Decisión tomada 

Te lloro.

Cada noche mis lágrimas son vos. No te dejo, no te suelto, pero trato de bloquear el puente que tenemos. Te quiero, te amo, necesito salvarme, cuidar mi sanidad mental, salir adelante.

No te vi más en los ultrasonidos.

No te puse nombre.

No quise saber tu sexo (tal vez ahora me arrepiento).

Te amo.

Agarro con firmeza el teléfono y marco el número que nos facilitó un ginecólogo amigo de un amigo que estudió allá.

+ 00 1 786 90…

“Hello…”

En inglés y con naturalidad, sin tapujos ni eufemismos, nos dieron toda la información que necesitábamos y concertamos una cita. 16 de octubre. Dos mil dólares el procedimiento, los medicamentos no están incluidos, a lo que había que sumarles los pasajes aéreos, los traslados en un carro alquilado y la comida (el alojamiento nos lo cedió una conocida).

Ya tenía suficiente panza como para sentirme incómoda con el pantalón, pero no había sentido que te movieras. Me aterraba eso, porque percibirte en movimiento, hubiera llevado el vínculo a otro nivel. Pero nunca pasó, jamás pateaste, giraste, te sacudiste. Nunca llegué a percibir tu movimiento.

“Welcome to Miami. Bienvenidos a Miami” dice rutinariamente el piloto por los altoparlantes. Ese día antes de viajar, cuando me había levantado, estaba muy débil. Una infección que arrastraba, aunada a los nervios, el estrés, la ansiedad, el miedo, la preocupación, la tristeza, la carga social, y podría seguir la lista, todo, absolutamente todo, le pasan la cuenta a uno. No tenía hambre y durante el vuelo pude dormir solo de a ratos.

Sin escalas, del aeropuerto nos fuimos directo para la clínica.

En el camino, pensaba que la gente me iba a mirar feo por lo que iba a hacer, pero nada de eso pasó.

Cuando llegamos, observé que era una clínica normal. Pequeña, donde atendían diversos temas y había varios doctores. Estaba en un edificio grande, frente a la playa, nada oculto, nada de velos distorsionadores. Tenía su sala de espera como cualquier otro consultorio médico y allí convivíamos mujeres como yo, que venía a practicarme un aborto, otras que venían a revisarse sus embarazos y a hacerse sus chequeos normales y también estaba la que quería quedar embarazada.

Me dominaba la verborragia. Preguntaba todo. Que cada cuando hacen abortos, si lo hacían siempre, cuantas semanas tienen las mamás que acuden a este lugar, si hay otras mujeres que vienen con tantas semanas como tenía yo.

¿Quién se practica un aborto en un estado tan avanzado? La respuesta me abrazó. Me dijeron que ahí no iban mujeres a realizarse un aborto con las semanas que yo llevaba por deseo. Que van por situaciones extremas, donde no hay una forma para que el bebé pueda sobrevivir. Nadie va ahí porque se arrepintió. Eso no pasa. El arrepentimiento habitualmente sucede cuando se dan cuenta de inmediato, es decir en la semana 5-6. Cuando tuvieron un atraso en la menstruación, se hicieron un test y salieron embarazadas.

En la primera cita no me hicieron la intervención propiamente. Me colocaron unas placas, que son como algas secas, para dilatar el cuello del útero y así poder tener mi cuerpo listo para el día siguiente.

Me fui para la casa y tuve lo común, dolores y contracciones. Ellos a través dé WhatsApp estuvieron en contacto permanente con nosotros y disponibles toda la noche. Que gratificante es sentir empatía, en este caso médica, y no sentirse juzgada.

 

Adiós

Recuerdo el mensaje en mi celular que decía “Me dice el Doctor que averiguó y que el sistema no da respuesta en casos como el suyo. Que lamentablemente en el país no hay solución legal para su situación.”

Y acá estamos, a punto de concretar la solución. La encontramos, hallamos el cómo y el dónde, a miles de kilómetros de mi hogar, de mi país.

Son las 9 de la mañana en punto y me atienden. Empieza la cuenta regresiva.

Cycotec en las encías. Se deshacen y de inmediato las contracciones. Los parpados se me cierran, el cuerpo se afloja…

Cuando logro abrir los ojos, veo a Pablo que me sujeta la mano. Todo salió como estaba planificado dice desde la puerta de mi habitación el médico. Nos da el alta a las 11:30. Todo el lento recorrido dado en Costa Rica, con idas y vueltas, sin claridad en el asunto, dubitativo, trabado legalmente, acá fue resuelto de forma rápida y eficaz.

Doy mi primer paso fuera de la clínica. Siento gratitud en cómo me trataron y se manejaron. ¿Estoy triste? Sí, la tristeza nunca me va a dejar. Pero también siento alivio. Hay un momento donde el cuerpo entra en modo supervivencia y las reservas ya se me estaban agotando. Para salvarme, necesitaba hacerlo.

Liberé el peso que tenía, me volvió el color a la cara. Fue una Paula la que entró y otra la que salió.

Y la que salió era la Paula de siempre. Me reconozco nuevamente. Soy yo. Y siempre te amaré.

 

 

*La historia es un hecho real, el autor cambió los nombres para preservar la identidad de las personas protagonistas.  Thomás Fonseca Thorner es argentino y reside en Costa Rica.

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