Historia de un primer beso que (no) fue


El recuerdo se me hace borroso. Más bien confuso. Sé dónde y cuándo, pero no mucho más… Era una noche ventosa de enero en Miramar. Tenía doce años y las hormonas disparadas para todos lados y un objetivo fijo. Aunque no me malinterpreten, el sexo no era todavía parte de mi vida y con lo máximo que podía fantasear era con ese primer beso que algún día daría. Se me pasaban muchas cosas por la cabeza sobre cómo podría ser: romántico en la arena mirando las estrellas con esa chica que me había partido la cabeza todo el verano; pegajoso después de invitarla a tomar un helado que vendían por ese entonces a un peso en Helarte o arrebatado de sorpresa después de tirar unas monedas en los fichines de la peatonal.

Seguramente si sos de mi generación habrás visto el clásico Mi Primer Beso donde Macaulay Culkin muere de una alergia mortal luego de darse ese primer beso y ser picado por abejas. Bueno, aunque lo mío intentaba ser más romántico, para mi cabeza era inevitable no recordar esa trágica escena cada vez que me imaginaba chocando labios con alguna jovencita que me hubiera robado el corazón.

Ese verano miramarense fue un punto de inflexión en mi vida: podría asegurar que fue el año en el que pasé de ser un niño a un adolescente. Aunque muchas cosas pasaron durante ese mes de enero de 2001, la última noche fue la que me marcó. Durante días había tenido mi primer histeriqueo amoroso con Maria, una chica a la que le había mentido mi edad para que me diera aunque sea unos segundos de bola y que poco a poco había “enamorado”. Ella, por su “madurez”, la tenía clara. Yo, lo contrario: mi cabeza era pura fantasía, estaba aprendiendo cómo relacionarme con una mujer por primera vez y llegar a darle un beso era algo que solo pasaba cuando apoyaba la cabeza en la almohada.

Esa noche en Miramar había conseguido que por primera vez me dejaran ir a bailar a un boliche. Se llamaba Mariachi -sí ya sé, nombre ridículo si los hay… – y estaba algo lejos de mi casa, pero nada que una buena pedaleada con amigos no pudiera solucionar. Era también mi última oportunidad para terminar con el histeriqueo con María y darle por fin ese beso que tanto anhelaba desde el primer instante en que la vi. Pero había un solo problema: ella, experimentada en el arte de besar, esperaba de mí no solo la iniciativa sino algún que otro malabar con la lengua que yo estaba imposibilitado de hacer. O, eso creía…

Entre tanto nerviosismo y adrenalina, la entrada a Mariachi se hizo algo extraña: empujones, gritos a los rrpps para pasar gratis, filas eternas y algunas botellas de cerveza de los más rebeldes de la zona. Pero después de varios minutos de espera al costado de la entrada, logré pasar por primera vez en mi vida a un boliche. María estaba ahí hace un tiempo largo. Era fiesta del dólar, y la gente se desesperaba por conseguir de los verdolagas y cambiarlos por algún que otro beso -un clásico de ésa época, que ahora mirando un poco a la distancia no puedo evitar pensar en lo equivocada que estaba la sociedad por ese entonces. 

Para mí, era todo nuevo. Aunque la idea de que por unos dólares pudiera darle un beso a una chica no sonaba nada mal. Y ahí fue cuando se me prendió la lamparita: ¿Qué pasaría si junto varios billetes, busco alguna chica con ganas de llenar sus bolsillos, y los cambio por un poco de experiencia a la hora de besar? La idea era perfecta, y me iba a dar ese empujón para después poder dejar perdidamente enamorada a María.

No hizo falta mucho tiempo para tener entre mis manos unos diez billetes. Pedidos a amigos, mi hermano y rebusques en el piso del lugar me facilitaron la tarea. Y con ese puñado de papeles emprendí mi búsqueda como lo haría cualquier cazador desesperado por encontrar una presa para comer a la noche. Dí vueltas, escuché cumbias como Pibe Cantina repetirse en mi cabeza y compré un vaso de Sprite -con plata de verdad- para darle algo de sabor a mi boca.

El momento se hizo esperar, pero cerca de las 11 de la noche encontré a la mujer que me iba a enseñar a dar un beso. Era rubia, algo rellenita y estaba sedienta por conseguir la mayor cantidad de dólares. Menemismo puro para mi “pequeño yo”. Una charla amistosa de pocos minutos sirvió para que pactemos el intercambio: 8 billetes verdes por un beso de unos 30 segundos. Y con lengua, obvio.

Fueron segundos que se hicieron minutos; donde saliva azucarada y pegajosa corrió entre nuestros labios. Donde paletas colisionaron entre sí y varias veces. Donde pelos largos y rubios se entrometieron entre movimientos tirabuzón de nuestras lenguas. Fueron minutos donde el niño pasó a ser un adolescente en muy poco tiempo. Donde hasta “el amigo” se sorprendió y creció sin pedir permiso. Fueron minutos de éxtasis para ése chico de doce años que soñaba con encontrar su primer amor de verano en Miramar y con María. Y que terminó dando su primer beso a una desconocida y por un par de dólares.

Tuve la suerte de esa misma noche volver a dar un beso. Esta vez sí fue a María. Pero el de ella fue el segundo y no el primero como tanto había soñado. Ese histeriqueo se materializó en un fugaz noviazgo de algunas semanas que terminó de disiparse una vez que se enteró de mi mentira. Hoy, quizás si está leyendo esto, se entere que la soñé mil noches pero que por el azar de la noche y los verdolagas la cambié por una rubia rellenita.

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