Hallaca Online


Por Rommel Landinez

Hoy hay comida familiar y no faltó nadie. Desde que empezamos a salir del país, hace un par de años, las comidas familiares en diciembre se volvieron un evento fantasioso olvidado. Mi tía Yarvin desde Estados Unidos, junto con Génesis e Iscander. Luego, por otro lado y en México, está mi tío Jefferson junto a sus dos niñas y a su esposa. Desde Argentina estamos mi tía Yannibeth, mi tía abuela Noritza y Osmel su hermano; así como su hermana que también es mi tía Yanitza; Felipe, su marido y Mauricio y Victoria, sus hijos. Y en el núcleo original que es Venezuela, están mi mamá, mi abuela y mi hermano en San Cristóbal, y mi abuelo, mi tía Taily y tía Thaite en Barinas. El pequeño recuento anterior, más que para indicar el tamaño de mi familia, es para dar a entender el contexto en el que nos encontramos. Todos desperdigados por el continente y, sin embargo, todos juntos a través de una cámara y una pantalla, abriendo las hallacas y picando el pernil. 

No sé cuándo volveremos a estar en  una cena familiar tradicional, todos cara a cara, comiendo como marranos y criticando a la tía peor vestida de la familia a escondidas, pero ese anhelo sigue vigente. Mientras tanto las cenas seguirán siendo online. Todos, como es tradición, para comer tienen hallaca. Abriéndola por sus hilos unos con cuchillo, otros con tijera, uno que otro con los dientes. Pero todos con su hallaca. En los platos también se ve pan de jamón, exquisito, llenito de pasas y aceitunas — manjar para unos, cosas que se sacan para otros— , también está la ensalada de gallina, una especie de ensalada rusa con pollo y manzana; y el pernilcito al horno, ese cochino horneado repleto de almíbar y relleno con no sé qué cosas.

Estoy completamente seguro que todas las comidas en cada casa saben exactamente igual, porque bien que hizo mi bisabuela para transmitir esas recetas a cada persona que se haya criado bajo su seno. Jodemos y nos reímos, todos con la boca llena y los cinturones forzados. Mauricio no me deja de molestar en la oreja mientras mi hermano por la cámara grita mi nombre, diciendo que su primo, Mauricio,  no me deja quieto. Mi tía Yarvin discute con mi mamá sobre a quién se parece más Victoria mientras la nena se mete tremendo pedazo de aceituna del pan a la boca arrugando la cara. Siendo diciembre, para tomar hay curda, los mayores estamos jartando caña hasta quedar borrados, mientras los niños nos imitaban con un vasito de coca cola (muy mal ejemplo, pero es navidad y no creo que cambie mucho). Acá, siendo el ron tan caro, nos tocó solucionar con una ginebrita con jugo de naranja que sabía a Listerine. Qué envidia les tenía a los demás con sus tragos de ron Santa Teresa bien fuertes con coca, limón y hielo. No tengo idea de cuándo fue la última vez que tomé ron, pero sé que la primera vez fue con mi abuelo en Barinas hace como cinco navidades.

Y de repente, entre tanta conversación se hicieron las 12. Los platos medios vacíos y los ojos anegados en lágrimas, casi unánimemente. La navidad sin contacto, no significa navidad sin sentimientos. Quién sabe, si no hubiese existido la pandemia capaz algunos nos podríamos haber reunido. Pero no, estábamos todos llorando en navidad a través de una pantalla. Nostálgicos, cariñosos y sufridos por las circunstancias. Tengo a una familia internacional, interconectada, amorosa y navideña, pero sobre todo, somos una familia venezolana en el exilio.

 


Este texto surgió de los Talleres de escritura creativa de Revista Wacho.

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