Estoy mal ¿está mal?


Hace una semana me detectaron coronavirus. Les prometo que no voy a hablar de esta enfermedad, pero sí les quiero compartir algunas cosas que en este tiempo de reposo me puse a pensar.

¿Por qué es tan difícil estar mal?

El día que me dieron los resultados del hisopado llamé a mi familia para contarle la noticia. Lo primero que les dije fue “estoy bien” y me aseguré que el resto de mis oraciones se dijeran sin indicios de angustia. Ese día había tenido fiebre, dolor de cabeza y la garganta inflamada, pero no quería que lo supieran. 

Mis viejos tienen más de 60 años y pensé que esto los podía preocupar. Probablemente, muchos hubieran hecho lo mismo que hice yo. El problema es que esa no fue mi única mentira. Al otro día, les dije lo mismo a mis amigos, a mis compañeros de la facultad y a los del trabajo:

¡Estoy bien!

Es verdad que no me caía al piso, no volaba de fiebre y no me faltaba la respiración, pero me sentía mal. Sin embargo, no dejé de participar de las reuniones de Zoom del laburo, ni de las clases online de la facultad y tampoco dejé de atender el teléfono cada vez que alguien me llamaba y me despertaba de una siesta.

Siempre demostré que, pese a todo, yo estaba bien.

¿Por qué?

¿Tenía miedo de que mi jefe me eche? 

No, sé que es imposible que me despidan por una semana de reposo justificado. 

¿Miedo a quedarme libre en la facultad?

Tampoco, hasta el momento tengo asistencia perfecta, me sobran los días para faltar.

¿Entonces?

Creo que mi mayor miedo era darme cuenta que soy débil y que hay momentos en la vida en los que no doy más.

Justo antes de que me diagnosticaran el virus, leí un libro que sirve para explicar porque personas como yo caemos en este comportamiento. Se llama “La sociedad del cansancio” y es del filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Según él, el gran mal de nuestra época es el exceso de positividad y esto se debe a que vivimos en una sociedad de rendimiento.

¿Qué quiere decir esto?

La sociedad del rendimiento se caracteriza por la idea de “poder sin límites”. Es decir, desde chicos nos enseñan que podemos hacer todo lo que nos proponemos, que solo es cuestión de querer: el que no puede es porque no quiere. Esto, obviamente, implica una constante autoexigencia. 

Según Han, en el mundo moderno nosotros somos nuestros propios explotadores. Somos los que nos autoexigimos estar bien para poder rendir. 

En nuestra sociedad el “no puedo” está mal visto. Porque todo vaso tiene una mitad llena, porque toda moneda tiene dos caras y “porque no te vas a la mierda”, tengo ganas de contestar a veces pero, en cambio, sonrío y repito “está todo bien”.

Desde chicos escuchamos slogans que nos mienten diciendo que solo es cuestión de querer. Coca-Cola nos dice “enjoy”, Nike nos alienta con “just do it” y su némesis Adidas nos asegura que “impossible is nothing”. 

Todos sabemos que nada de esto es así. No es fácil disfrutar todo, hay cosas que cuesta mucho hacer y hay otras que son totalmente imposibles. 

Siempre va a aparecer la prima del tío del hijo de una amiga que frente a toda adversidad consiguió hacer algo difícil. ¡Qué bien por ella! La felicito, pero, ¿por qué me tengo que torturar sabiendo que hay muchas cosas que yo no las logré?

Byung-Chul Han dice que “es una ilusión pensar que mientras más activo es uno, más libre es”. Justamente, él dice que nos la pasamos haciendo cosas para demostrar que podemos y no porque realmente queremos. 

Conecto esto con lo que me pasó durante el transcurso de mi enfermedad. Yo quería estar tirado en la cama esperando a que el dolor se me pase, pero, en cambio, estuve enfrente de la computadora demostrando que era capaz de transitar un virus sin despeinarme.

¿Alguien me pidió que haga eso? No, pero tampoco me pidieron lo contrario.

Varias personas me dijeron “si podés, trabaja”. Algunos me lo sugirieron para que distraiga la cabeza y otros para que en momentos de incertidumbre laboral muestre fortaleza. También me dijeron que me siga conectando a las clases de la facultad porque otros alumnos con la misma enfermedad lo hicieron.

En su momento no tomé mal estos consejos, porque quizás yo hubiese dado los mismos. El problema es que tenemos instalada esta idea de que no podemos mostrar debilidad.

Antes nos enseñaban que los hombres no lloran. Ahora nos dicen que ni siquiera las mujeres pueden lagrimear. Pareciera que está mal estar mal, que es una pérdida de tiempo.

El mayor problema es que no reemplazamos mal por bien, reemplazamos mal por mal, solamente que no podemos expresarlo y transitarlo. 

Para Han, esta idea de poder hacer absolutamente todo nos impide disfrutar nuestros pequeños logros. El día que te ascienden a gerente sabés que ahora querés ser director. El día que conociste las playas de Brasil sabés qué querés conocer las del Caribe. El día que tenés un hijo sabés que no es tan lindo como Mirko.

Y esta sensación de insatisfacción se potencia con las redes sociales. Siempre hay un sorete que la está pasando mejor que vos: viaja tres veces al año (incluso cuando hay cuarentena), tiene amigos re copados, muy buen gusto para decorar su casa y, además, su sonrisa es tan encantadora que no te deja odiarlo. 

Han te diría que esa persona en realidad no la está pasando bien. Vive agotada pensando en cómo mantener esa imagen que creó porque esa persona se convirtió en un producto que necesita ser vendido una y otra vez.

¡Me fui de tema! 

Sé que es medio deprimente leer esto porque todos sabemos que esta actitud positivista no es tan fácil de cambiar. De hecho, como les dije, leí este libro antes de enfermarme y en su momento pensé “este tipo tiene toda la razón, no quiero ser más así” y a la semana estaba haciendo todo lo contrario.

Estamos subidos a un tren que va a mil por hora y nadie nos preguntó si queríamos viajar, nos subieron y no nos dijeron cómo bajar.

Casualidad o no, mientras estaba escribiendo esto me llamó un amigo para preguntarme cómo me sentía. Por primera vez me animé a responder: MAL. 

Lo gracioso, es que él no supo qué responderme. Estamos seteados para escuchar “bien”. De hecho siempre preguntamos “¿cómo estás?” sin que nos importe la respuesta.

Aunque cueste, a veces hay que decir “mal”. Y cuando una persona nos dice que se siente así, no hay que mirarla raro si, en definitiva, ese estado emocional nos convierte en humanos.

Hay que hacer un esfuerzo por escucharse a uno mismo y pensar si realmente estamos haciendo lo que queremos. Tenemos que entender que no está mal equivocarnos y, sobre todo, convencernos de que no está mal estar mal.

8 Commentarios

  1. Avatar
    Hernán
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    Magistral Tomi.

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      Silvina
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      Me encantó! Por experiencia vividas, lo que no se expresa , te enferma y si no paras, la vida te para de un saque!

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    Agustina
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    Es tan real, que asusta. Muy buena

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      Alejandro
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      Linda verdad Tommy. Con los años tb lo vas aprendiendo. Lo difícil es incorporarlo rompiendo con actitudes automatizadas en nosotros y siendo auténticos demostrando y expresando lo que sentimos aunque nos clasifiquen de débiles.

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    Aldana
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    Me encantó, y comparto. Es algo que me planteo siempre, me lo cuestiono y sigo diciendo “bien”. Gracias por la nota!

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    Pau
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    Creo que todos nos sentimos demasiado identificados, y tampoco nos cae bien cuando nos dicen que podemos estar mal porque incluso en ese acto de empatía nos negamos a admitirlo🙃

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    Ivana
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    Muy cierto. Yo no temo decir que estoy mal cuando lo estoy, pero por lo general la respuesta del otre que escucha es: “bueno, pero mirá fulanite”. Comparando situaciones por lo general más miserables que la mía.

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    JUAN JOSE BRETON
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    Muy bueno Tomás , te felicito por el artículo, fuerte abrazo

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